{"id":153483,"date":"2026-09-19T09:58:02","date_gmt":"2026-09-19T16:58:02","guid":{"rendered":"https:\/\/ovelanalista.com\/?p=153483"},"modified":"2026-09-19T09:58:02","modified_gmt":"2026-09-19T16:58:02","slug":"el-dia-que-un-terremoto-cambio-a-la-ciudad-de-mexico","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/ovelanalista.com\/?p=153483","title":{"rendered":"EL D\u00cdA QUE UN TERREMOTO CAMBI\u00d3 A LA CIUDAD DE M\u00c9XICO"},"content":{"rendered":"<div><strong>BIT\u00c1CORA INQUIETA<\/strong><\/div>\n<div><\/div>\n<div><\/div>\n<div>El 19 de septiembre de 1985, la tierra derrib\u00f3 edificios, sepult\u00f3 familias y dej\u00f3 al descubierto la insuficiencia del gobierno. Pero entre los escombros surgi\u00f3 una ciudadan\u00eda que aprendi\u00f3 a organizarse, exigir respuestas y salvarse con sus propias manos.<\/div>\n<div><\/div>\n<div><\/div>\n<div><strong>Jes\u00fas Octavio Mil\u00e1n Gil<\/strong><\/div>\n<div><\/div>\n<div><\/div>\n<div>Son las 7:19 de la ma\u00f1ana.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La Ciudad de M\u00e9xico se est\u00e1 cayendo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>No es una met\u00e1fora. Los edificios se doblan, chocan, crujen y finalmente se desploman. Los cristales revientan sobre las banquetas. Los postes se inclinan. Se interrumpe la electricidad. Las l\u00edneas telef\u00f3nicas dejan de funcionar. Una nube espesa comienza a levantarse sobre el centro de la capital.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Es jueves 19 de septiembre de 1985.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>En las cocinas hab\u00eda caf\u00e9 sobre la estufa. Los ni\u00f1os se preparaban para ir a la escuela. Los autobuses recog\u00edan pasajeros. Los m\u00e9dicos cambiaban de turno. En los talleres de San Antonio Abad, cientos de costureras llevaban horas trabajando.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Entonces se movi\u00f3 la tierra.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El temblor parec\u00eda interminable. Los focos se balanceaban. Las puertas no abr\u00edan. Las escaleras desaparec\u00edan bajo los pies. Quienes alcanzaron a salir llegaron a la calle sin comprender todav\u00eda que la ciudad que conoc\u00edan hab\u00eda dejado de existir.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Despu\u00e9s vino el silencio.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Un silencio extra\u00f1o, pesado, interrumpido por alarmas, fugas de gas, sirenas lejanas y nombres gritados frente a los escombros.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>\u2014\u00a1Mam\u00e1!<\/div>\n<div><\/div>\n<div>\u2014\u00a1Aqu\u00ed estamos!<\/div>\n<div><\/div>\n<div>\u2014\u00a1Hay alguien vivo!<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La Ciudad de M\u00e9xico despert\u00f3 aquella ma\u00f1ana convertida en una transmisi\u00f3n sin estudio, sin guion y sin final conocido.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Jacobo Zabludovsky recorri\u00f3 las calles y narr\u00f3 la destrucci\u00f3n desde el tel\u00e9fono de su autom\u00f3vil. No hab\u00eda im\u00e1genes suficientes para abarcar la tragedia. Hab\u00eda que contarla calle por calle: un edificio derrumbado en Tlatelolco; un hospital destruido; personas atrapadas en el Hotel Regis; viviendas ca\u00eddas en la colonia Roma; f\u00e1bricas convertidas en tumbas en San Antonio Abad.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La radio se volvi\u00f3 los ojos de millones.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Los reporteros no describ\u00edan una noticia. Caminaban dentro de ella.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La televisi\u00f3n y la prensa fueron construyendo, fragmento por fragmento, el primer inventario del desastre. Desde el radiotel\u00e9fono de su autom\u00f3vil, Jacobo Zabludovsky recorri\u00f3 durante horas las calles y transmiti\u00f3 para Televisa lo que encontraba: edificios abiertos, hospitales derrumbados y ciudadanos escarbando con las manos. Exc\u00e9lsior registr\u00f3 la b\u00fasqueda de \u201cuna voz bajo los escombros\u201d del edificio Nuevo Le\u00f3n; otros diarios nacionales llenaron sus p\u00e1ginas con fotograf\u00edas, listas de desaparecidos y direcciones donde todav\u00eda se necesitaba ayuda. Las agencias y los peri\u00f3dicos internacionales mostraron al mundo una capital devastada, pero tambi\u00e9n una multitud que se organizaba antes de recibir instrucciones. M\u00e1s tarde, Elena Poniatowska reuni\u00f3 en Nada, nadie las voces de sobrevivientes, costureras, rescatistas y familiares; Carlos Monsiv\u00e1is encontr\u00f3 en aquellas brigadas algo m\u00e1s que una reacci\u00f3n ante la emergencia: el momento en que una sociedad acostumbrada a ser gobernada desde arriba descubri\u00f3, entre el polvo y los muertos, que tambi\u00e9n pod\u00eda organizarse desde abajo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El terremoto se origin\u00f3 frente a las costas de Michoac\u00e1n, a cientos de kil\u00f3metros de la capital. Actualmente se calcula con una magnitud de momento de 8.0, aunque durante d\u00e9cadas fue difundido como de 8.1. Las ondas s\u00edsmicas encontraron en el antiguo suelo lacustre del Valle de M\u00e9xico una superficie capaz de amplificar el movimiento.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La fuerza hab\u00eda llegado desde el Pac\u00edfico. El subsuelo de la capital la multiplic\u00f3.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Cayeron partes del Hospital Ju\u00e1rez, del Hospital General y del Centro M\u00e9dico Nacional. Se desplom\u00f3 el edificio Nuevo Le\u00f3n, en Tlatelolco. El Hotel Regis qued\u00f3 destruido. Edificios de departamentos, oficinas, escuelas y talleres textiles se convirtieron en monta\u00f1as de concreto.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La Ciudad de M\u00e9xico ya era una de las urbes m\u00e1s grandes del mundo, pero aquella ma\u00f1ana pareci\u00f3 quedarse sola.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Las comunicaciones fallaban. Las autoridades desconoc\u00edan la magnitud del desastre. No exist\u00eda todav\u00eda un sistema nacional de protecci\u00f3n civil con las capacidades actuales. No hab\u00eda protocolos suficientes para coordinar una operaci\u00f3n de aquella dimensi\u00f3n. Tampoco exist\u00eda una cultura generalizada de simulacros, evacuaci\u00f3n y rescate urbano.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El gobierno del presidente Miguel de la Madrid tard\u00f3 en aparecer con claridad frente a la naci\u00f3n. La respuesta institucional fue insuficiente, centralizada y confusa. Al principio, las autoridades sostuvieron que M\u00e9xico contaba con los recursos necesarios y mostraron resistencia a recibir ayuda internacional; despu\u00e9s, ante la dimensi\u00f3n de la tragedia, esa posici\u00f3n tuvo que modificarse.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>No todos los servidores p\u00fablicos permanecieron inm\u00f3viles. M\u00e9dicos, enfermeras, bomberos, soldados, polic\u00edas y trabajadores de distintas dependencias se incorporaron a las labores de auxilio. Pero la estructura gubernamental avanzaba con la lentitud de sus procedimientos, mientras debajo de los edificios cada minuto decid\u00eda entre la vida y la muerte.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La tragedia no pod\u00eda esperar un oficio.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La ciudadan\u00eda tampoco.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>En las calles comenz\u00f3 a suceder algo que ning\u00fan decreto hab\u00eda ordenado. Los vecinos salieron de sus casas. Unos llevaban palas. Otros consiguieron picos, cuerdas, l\u00e1mparas, cobijas, alimentos, medicamentos o cubetas. Los taxistas trasladaban heridos. Los radioaficionados comunicaban lugares incomunicados. Los estudiantes formaban cadenas humanas. Las amas de casa preparaban comida. Los comerciantes repart\u00edan agua.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Nadie preguntaba por qui\u00e9n hab\u00edan votado los atrapados.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Nadie exig\u00eda una credencial para salvarlos.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Hab\u00eda que guardar silencio frente a los escombros. Bastaba que alguien levantara el pu\u00f1o para que decenas de personas permanecieran inm\u00f3viles. Se apagaban motores. Se deten\u00edan las conversaciones. Se conten\u00eda la respiraci\u00f3n.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Entonces se escuchaba.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Un golpe.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Un gemido.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Una voz debajo de toneladas de concreto.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Y todos volv\u00edan a trabajar.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Las cubetas pasaban de mano en mano. Los pedazos de muro eran retirados uno por uno. Hombres y mujeres se introduc\u00edan por huecos estrechos, conscientes de que una r\u00e9plica pod\u00eda sepultarlos tambi\u00e9n. No ten\u00edan uniformes ni preparaci\u00f3n suficiente. Ten\u00edan miedo, pero tambi\u00e9n una decisi\u00f3n que result\u00f3 m\u00e1s fuerte que el miedo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>De aquellas brigadas surgieron los grupos de rescate conocidos como Los Topos. Eran voluntarios dispuestos a internarse bajo estructuras inestables para buscar sobrevivientes. Con los a\u00f1os se capacitaron y llevaron la experiencia mexicana a terremotos y desastres ocurridos en distintos pa\u00edses.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Nacieron bajo tierra.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Desde entonces, cada vez que una ciudad se derrumba en alg\u00fan lugar del mundo, el casco y el uniforme de un rescatista mexicano recuerdan aquella ma\u00f1ana.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Pero si el terremoto revel\u00f3 la solidaridad, tambi\u00e9n dej\u00f3 al descubierto la injusticia.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>En los talleres textiles de San Antonio Abad trabajaban miles de mujeres. Muchas cumpl\u00edan jornadas extenuantes, recib\u00edan salarios bajos y carec\u00edan de seguridad laboral. Algunas f\u00e1bricas operaban en edificios deteriorados. Al derrumbarse las construcciones, numerosas trabajadoras quedaron atrapadas entre m\u00e1quinas de coser, rollos de tela, vigas y losas.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Cuando comenzaron los rescates, apareci\u00f3 una escena dif\u00edcil de olvidar: mientras las familias buscaban a las costureras, algunos propietarios mostraban prisa por recuperar maquinaria, cajas fuertes, mercanc\u00edas y documentos.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Las m\u00e1quinas parec\u00edan tener due\u00f1o.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Las trabajadoras, no.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El sismo no cre\u00f3 aquella explotaci\u00f3n. Solamente arranc\u00f3 el muro que la ocultaba.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Las sobrevivientes comenzaron a reunirse. Denunciaron la negligencia de los patrones, exigieron indemnizaciones y reclamaron condiciones dignas. De esa lucha surgi\u00f3 el Sindicato Nacional de Trabajadoras de la Industria de la Costura, Confecci\u00f3n, Vestido, Similares y Conexos \u201c19 de Septiembre\u201d.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Las costureras hab\u00edan sido invisibles mientras produc\u00edan.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La tragedia las volvi\u00f3 visibles cuando comenzaron a exigir justicia.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Tambi\u00e9n los damnificados dejaron de esperar pasivamente. Se organizaron por edificios, calles y colonias. Elaboraron censos, abrieron albergues, defendieron viviendas y presionaron para participar en las decisiones sobre la reconstrucci\u00f3n.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El 24 de octubre de 1985, numerosas organizaciones confluyeron en la Coordinadora \u00danica de Damnificados. La CUD se convirti\u00f3 en un interlocutor que el gobierno no hab\u00eda previsto. No ped\u00eda limosnas ni favores. Exig\u00eda vivienda, informaci\u00f3n, seguridad jur\u00eddica y respeto al derecho de los habitantes a permanecer en sus barrios.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Frente al viejo presidencialismo apareci\u00f3 una ciudadan\u00eda que hab\u00eda descubierto su propia fuerza.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Aquello tuvo una profundidad pol\u00edtica que al principio no todos alcanzaron a advertir.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Durante d\u00e9cadas, el r\u00e9gimen priista se hab\u00eda presentado como el gran organizador de la naci\u00f3n. El Estado administraba sindicatos, agrupaciones campesinas, organizaciones populares y buena parte de la participaci\u00f3n p\u00fablica. El ciudadano recib\u00eda soluciones desde arriba y, a cambio, deb\u00eda permanecer abajo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Pero el 19 de septiembre, las \u00f3rdenes no llegaron a tiempo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La ayuda s\u00ed.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La sociedad civil mexicana no naci\u00f3 m\u00e1gicamente aquella ma\u00f1ana. Antes del terremoto ya exist\u00edan movimientos vecinales, universitarios, sindicales, feministas y defensores de derechos humanos. Tambi\u00e9n permanec\u00eda la memoria de las represiones de 1968 y 1971. Lo que hizo el sismo fue acelerar la transformaci\u00f3n y colocarla a la vista de todos.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Quien ha sacado con vida a un desconocido de los escombros ya no se considera in\u00fatil.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Quien ha organizado un albergue sabe que puede coordinar una comunidad.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Quien ha obligado al gobierno a negociar una vivienda comprende que la autoridad no concede derechos: debe respetarlos.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El terremoto abri\u00f3 una grieta en el presidencialismo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Por ella comenz\u00f3 a entrar la sociedad.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La cifra de muertos nunca qued\u00f3 completamente esclarecida. Los registros oficiales reconocieron varios miles; organizaciones, periodistas e investigadores formularon estimaciones mucho mayores. Con el tiempo se repitieron cantidades de diez mil, veinte mil y aun m\u00e1s fallecidos.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Presentar una sola cifra como definitiva ser\u00eda faltar al rigor. La diferencia entre los c\u00e1lculos habla del caos de los registros, de personas no identificadas, de trabajadores ausentes de padrones confiables y de la opacidad con la que el poder acostumbraba administrar la informaci\u00f3n.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>No es necesario exagerar la muerte para comprenderla.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Detr\u00e1s de cada n\u00famero hab\u00eda una cama vac\u00eda, una fotograf\u00eda colocada en una pared, una familia recorriendo hospitales y un nombre pronunciado frente a los escombros con la esperanza de recibir una respuesta.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La reconstrucci\u00f3n fue tambi\u00e9n una batalla por la ciudad. Los damnificados defendieron su derecho a permanecer en sus colonias y evitaron que la emergencia se utilizara para expulsar a las familias pobres de zonas codiciadas. Las expropiaciones, los programas de vivienda y las negociaciones posteriores no fueron \u00fanicamente concesiones gubernamentales: fueron conquistas obtenidas por una sociedad organizada.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>M\u00e9xico aprendi\u00f3 adem\u00e1s que un terremoto puede ser natural, pero el desastre nunca es enteramente natural.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La intensidad del movimiento la decide la tierra. La magnitud de la tragedia tambi\u00e9n depende de la calidad de los edificios, la corrupci\u00f3n, el cumplimiento de los reglamentos, la preparaci\u00f3n de las autoridades y la desigualdad de quienes habitan la ciudad.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Despu\u00e9s de 1985 comenz\u00f3 a construirse una nueva cultura de prevenci\u00f3n. En 1986 se establecieron las bases del Sistema Nacional de Protecci\u00f3n Civil. Se fortalecieron reglamentos, brigadas, simulacros, protocolos de emergencia y, con los a\u00f1os, sistemas de alerta capaces de regalar segundos valiosos antes de la llegada de las ondas s\u00edsmicas.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Pero ninguna alarma puede corregir una autorizaci\u00f3n comprada.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Ning\u00fan simulacro sostiene un edificio construido con materiales deficientes.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Ning\u00fan casco protege contra la corrupci\u00f3n inmobiliaria.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El 19 de septiembre de 2017, exactamente 32 a\u00f1os despu\u00e9s, otro terremoto golpe\u00f3 el centro del pa\u00eds. Nuevamente se desplomaron edificios. Nuevamente aparecieron cadenas humanas. Otra vez miles de j\u00f3venes levantaron el pu\u00f1o para pedir silencio y escucharon entre las ruinas.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>M\u00e9xico comprob\u00f3 cu\u00e1nto hab\u00eda aprendido.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Tambi\u00e9n comprob\u00f3 cu\u00e1nto segu\u00eda repitiendo.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Hoy, 19 de septiembre de 2026, han transcurrido 41 a\u00f1os desde aquella ma\u00f1ana. La Ciudad de M\u00e9xico cuenta con mejores instituciones, reglamentos, protocolos, alertas y cuerpos de emergencia. Sin embargo, contin\u00faan las construcciones irregulares, la corrupci\u00f3n, la ocupaci\u00f3n desordenada del suelo y la tentaci\u00f3n gubernamental de reaccionar cuando el desastre ya ocurri\u00f3.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La memoria de 1985 no puede reducirse a una ceremonia, una bandera a media asta ni una sirena que interrumpe durante unos segundos la rutina.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Recordar es revisar hospitales y escuelas.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Recordar es preparar a las familias.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Recordar es financiar adecuadamente a los cuerpos de rescate.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Recordar es impedir que un funcionario firme una autorizaci\u00f3n que ma\u00f1ana pueda convertirse en una sentencia de muerte.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Y recordar tambi\u00e9n es formular una pregunta inc\u00f3moda: \u00bfpor qu\u00e9 M\u00e9xico muestra su mejor rostro cuando todo se ha derrumbado, pero tolera durante a\u00f1os las negligencias que preparan el siguiente desastre?<\/div>\n<div><\/div>\n<div>No deber\u00edamos necesitar una tragedia para convertirnos en comunidad.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El terremoto de 1985 no hizo h\u00e9roes a todos los ciudadanos ni convirti\u00f3 en villanos a todos los funcionarios. Hubo errores, abusos, improvisaci\u00f3n, miedo y ego\u00edsmo. Pero hubo algo m\u00e1s fuerte: miles de personas comprendieron que la ciudad tambi\u00e9n les pertenec\u00eda.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Aquella ma\u00f1ana dejaron de ser espectadores.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La tierra derrib\u00f3 hospitales, viviendas, hoteles y talleres. Sepult\u00f3 familias, destruy\u00f3 patrimonios y cubri\u00f3 de polvo el rostro de la capital.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Pero entre los escombros tambi\u00e9n comenz\u00f3 a derrumbarse una antigua certeza: que el gobierno deb\u00eda resolverlo todo y la sociedad limitarse a esperar.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>El 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de M\u00e9xico qued\u00f3 de rodillas.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Y fue precisamente desde el suelo, entre voces, sirenas y manos ensangrentadas, donde sus ciudadanos aprendieron a ponerse de pie.<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>BIT\u00c1CORA INQUIETA El 19 de septiembre de 1985, la tierra derrib\u00f3 edificios, sepult\u00f3 familias y dej\u00f3 al descubierto la insuficiencia del gobierno. Pero entre los escombros surgi\u00f3 una ciudadan\u00eda que aprendi\u00f3 a organizarse, exigir respuestas y salvarse con sus propias manos. Jes\u00fas Octavio Mil\u00e1n Gil Son las 7:19 de la ma\u00f1ana. La Ciudad de M\u00e9xico se est\u00e1 cayendo. No es una met\u00e1fora. Los edificios se doblan, chocan, crujen y finalmente se desploman. Los cristales revientan sobre las banquetas. Los postes se inclinan. Se interrumpe la electricidad. Las l\u00edneas telef\u00f3nicas dejan de funcionar. 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