SE SUSPENDE LA REALIDAD
BITÁCORA INQUIETA
Jesús Octavio Milán Gil
Cuando la política se vuelve espectáculo, la verdad es lo primero que sale del escenario.
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Este 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, México podría anunciar —sin que nadie se sorprendiera demasiado— que la realidad ha sido oficialmente suspendida. No por falta de hechos, sino por exceso de discursos. Porque en un país donde la palabra ya no describe el mundo sino que intenta maquillarlo, la verdad estorba.
Vivimos en la era del dato flexible. La inflación ya no es inflación si se le llama “ajuste de precios”. La violencia deja de ser violencia si se nombra “reacomodo social”. La pobreza no es pobreza cuando se convierte en “condición de resiliencia”. Y así, a fuerza de eufemismos, la tragedia aprende a vestirse de normalidad.
Imaginemos por un momento que el gobierno decidiera dejar de medir la realidad y empezar a medir solo el ánimo. El INEGI publicaría, en lugar de cifras, índices de entusiasmo. Si la gente sonríe, el país va bien. Si aplaude, crece la economía. Si guarda silencio, todo está bajo control.
Sería un país donde la inflación no se nota si uno no la menciona. Donde los homicidios se transforman en “incidentes heredados”. Donde los desaparecidos se convierten en “ausencias no confirmadas”. Y donde la corrupción se disfraza de “gestión creativa”.
La política dejaría de ser administración de problemas y se convertiría en administración de percepciones. No importa cuántos muertos haya, sino cuántos likes obtenga el comunicado. No importa cuántos hospitales falten, sino cuántas veces se repita que el sistema de salud es mejor que el de Dinamarca. No importa cuántas familias no puedan llenar el refrigerador, sino cuántos discursos aseguren que la mesa está llena.
Sería una democracia medida por aplausos. Un país donde la encuesta sustituye al sufragio y la narrativa reemplaza a la rendición de cuentas. Donde quien controla la historia controla la verdad.
Pero lo más inquietante de esta broma no es su exageración. Es su parecido con la realidad.
Porque hoy, en México, muchas cosas ya no se nombran como son. Se maquillan. Se relativizan. Se justifican. Se posponen. Y cuando el lenguaje se pervierte, la ética comienza a erosionarse.
No se trata de pesimismo. Se trata de precisión. Un país no mejora cuando deja de ver sus problemas, sino cuando los enfrenta. La esperanza no se decreta. Se construye. Y ningún gobierno —por más carismático que sea— puede sustituir la realidad con palabras sin pagar un precio.
Hoy, Día de los Inocentes, podemos reírnos de una broma.
Pero mañana, si seguimos confundiendo propaganda con verdad, la broma seremos nosotros.
Inocente palomita que te dejaste engañar.
Pero un país entero no puede darse ese lujo.
El saber no descansa, la lectura provoca y el pensamiento sigue. Nos vemos en la siguiente columna.

