BITÁCORA INQUIETA

Jesús Octavio Milán Gi

Cuando las grandes potencias hablan de justicia y libertad, casi siempre están contando el inventario de lo que quieren apropiarse.
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó en sus redes sociales (especialmente en Truth Social) y lo anunció públicamente que fuerzas estadounidenses habrían ejecutado un ataque militar de gran escala en Venezuela, que según él incluyó bombardeos y tácticas especiales, resultando en la captura del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores. Trump afirmó que ambos fueron sacados del país y trasladados hacia territorio estadounidense.
Trump calificó la operación como un “ataque a gran escala” y aseguró que la captura fue exitosa.

Explosiones y actividad aérea:

En la madrugada del 3 de enero se reportaron explosiones y sonidos de aeronaves sobre Caracas, con testimonios de residentes citados por medios.

La fiscal general de EE. UU., Pam Bondi, ha dicho que tanto Maduro como Flores enfrentarán cargos federales en Nueva York por narcotráfico y otros delitos, basándose en acusaciones previas que datan de 2020.
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Mientras el mundo debate sobre Venezuela como si fuera un “problema de seguridad” más —drogas, amenazas, populismo— cientos de miles de venezolanos sienten una idea que emerge no de teorías conspirativas, sino de memoria histórica, geopolítica y experiencias cotidianas:
“No vienen por nuestra libertad.
Vienen por lo que hay bajo nuestra tierra.”
Esa tierra es uno de los mayores tesoros geológicos del planeta:
Venezuela posee las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, con cerca de 303 mil millones de barriles, superando a Arabia Saudita y representando cerca del 17 % de las reservas globales.

Sin embargo, ese inmenso capital natural no se ha traducido en bienestar exitoso para el pueblo venezolano. Al contrario:
La producción petrolera ha caído drásticamente con los años. De ser uno de los países con alta producción, ahora solo representa cerca del 0.8 % de la oferta mundial, con exportaciones reducidas y tensiones logísticas.

Antes de las sanciones más intensas, Venezuela produjo más de 2 millones de barriles diarios; hoy la cifra ronda cerca de 1,1 millones o incluso menos por efectos combinados de sanciones e infraestructura deteriorada.
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El modelo de la asfixia y la narrativa

La historia moderna de intervenciones globales muestra un patrón:
– Primero llegan sanciones económicas.
– Luego, aislamiento financiero y diplomatico.
– Después, crisis humanitaria y debilitamiento interno.
– Finalmente, se instaura el relato de “fallas del Estado” que justifican medidas más agresivas.

Ese guion no es exclusivo de Venezuela: se ha repetido antes en Irak, Libia y otros escenarios petroleros. Por eso en Caracas muchas voces no perciben un ataque contra la corrupción o el crimen organizado, sino **una estrategia geopolítica que coloca al petróleo como moneda de cambio mientras la población paga el precio.
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¿Y el narcotráfico? La excusa que divide narrativas

Sí: hay crimen organizado y redes de contrabando dentro y fuera de Venezuela, como en muchas regiones del continente. Bandas como el Tren de Aragua han tenido notoriedad y han sido señaladas por autoridades internacionales.
Pero la narrativa de que Venezuela es un epicentro mundial del narcotráfico —como excusa principal para una intervención— no resiste un análisis objetivo:
– La cocaína no se produce en Venezuela.
– Los mayores consumidores están en Norteamérica y Europa.
– Otros países, con producciones y rutas mucho más amplias, no han sufrido el mismo nivel de intervenciones militares directas.

Este contraste alimenta en muchos venezolanos la sensación de que el discurso antidrogas sirve de fachada cuando el objetivo real es la disputa por recursos estratégicos y el control geopolítico de la región.
La crisis humanitaria y sus desplazados
No hay cifras oficiales exactas por parte del gobierno venezolano, pero organismos internacionales y académicos coinciden en que millones de venezolanos han emigrado en la última década, constituyendo una de las mayores crisis migratorias de América Latina. Esta diáspora masiva no se explica sólo por persecución política, sino también por colapso económico, escasez de medicinas y alimentos, falta de oportunidades y deterioro sistemático del Estado de bienestar.
Investigaciones académicas señalan que las sanciones económicas han influido en los flujos migratorios, al reducir los ingresos petroleros que sostienen importaciones esenciales y salarios, acelerando la salida de familias enteras.
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El impacto real de las sanciones y la geopolítica

Desde 2014, Estados Unidos y otros aliados han impuesto sanciones a individuos, empresas y sectores energéticos de Venezuela. Las medidas crecieron en número y severidad en años recientes, llegando a bloquear buques, reducir exportaciones y restringir el comercio energético internacional.

En diciembre de 2025, el gobierno de EE. UU. anunció un bloqueo total de petroleros sancionados entrando o saliendo de aguas venezolanas, lo que ha reducido aún más las exportaciones y generado tensiones diplomáticas profundas.

El gobierno de Venezuela denunció que estas acciones constituyen una forma de “piratería de Estado” y una agresión económica comparable a una guerra, solicitando un debate ante el Consejo de Seguridad de la ONU.

El pueblo en medio de dos fuegos
Aquí está la tragedia venezolana:
No solo hay fallas internas del Estado, autoritarismo y corrupción; también hay una presión internacional que utiliza excusas de seguridad para justificar medidas que golpean directamente la economía y la vida cotidiana.
Las sanciones limitan importaciones de alimentos y medicinas, depreciación de la moneda, desempleo, y cortes de servicios básicos, afectando mayoritariamente a la población común, no a élites políticas o corporativas.
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¿Agresión o ayuda? ¿Quién paga el costo?

Venezuela enfrenta múltiples problemas internos —y es legítimo denunciarlos— pero hoy se encuentra atrapada entre una crisis estructural propia y una disputa internacional por su riqueza subterránea.
Antes de justificar una intervención, es fundamental preguntar:

¿Quién gana realmente con la injerencia?

¿Por qué las sanciones golpean más duro a la gente común que a los poderosos?

¿Cómo se puede separar la lucha contra el crimen organizado de la apropiación de recursos estratégicos?

¿Por qué las mismas políticas no se aplican igual a otros países como Colombia, Brasil o Estados Unidos?

Epílogo según Bitácora Inquieta

La sensación de ser un país usado como tablero de ajedrez por fuerzas más grandes.

Venezuela quedó atrapada entre dos fuegos:

– Un poder interno que se corrompió

– Un poder externo que la ve como mercancía

– Y en medio, el pueblo:
los que hacen fila para comer,
los que migran con una mochila,
los que aún creen que su país puede ser algo más que un campo de batalla geopolítico.
No quieren un salvador armado.
Quieren un país que no sea usado como rehén.

La historia moderna de América Latina no es solo un libro de tragedias. Es un espejo de cómo los pueblos pagan el precio de agendas que los trascienden.
Venezuela no necesita soldados o sancionadores. Necesita justicia propia, reconstrucción democrática y un diálogo regional que reconozca su soberanía sin convertirla en arbitrio de intereses externos.
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Qué pieza debe ser México en este tablero de ajedrez.

Y la respuesta es dura, pero clara:

– México no puede ser peón de nadie.
– Debe jugar como alfil estratégico.

Déjenme explicarlo en términos geopolíticos reales, no retóricos.
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El tablero

En la partida Venezuela–EE. UU. hay tres jugadores de peso:

– Estados Unidos (poder militar, financiero, control del dólar y sanciones)

– Venezuela (recursos energéticos, posición geoestratégica)

– China y Rusia (financiamiento, contrapeso a Washington)

México está justo en medio de esa guerra fría tropicalizada.
No somos una potencia militar.
No somos Venezuela.
Pero somos el socio económico más importante de EE. UU. y al mismo tiempo la puerta de América Latina.
Eso nos da un poder que casi nadie entiende:
capacidad de mediación con costos.
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¿Qué NO debe ser México?

Un peón de Washington

Si México repite automáticamente:
“Maduro es un narco y hay que derrocarlo”
pierde:
liderazgo regional
respeto diplomático
y queda atrapado en futuras guerras que no son suyas
Eso ya nos pasó en Centroamérica en los 80.
Y siempre pagamos con migración, armas y sangre.

Un alfil de Maduro

Si México se vuelve defensor incondicional del régimen venezolano:
rompe con EE. UU.
se aísla
y traiciona su propia tradición democrática
No podemos justificar represión ni corrupción.

Entonces, ¿qué sí debe ser México?

México debe jugar como Alfil de Soberanía Regional
Eso significa tres cosas simultáneas:

1.- Blindar el principio de no intervención

México debe decirle a EE. UU. algo muy claro:
“No a golpes de Estado, no a bloqueos que maten civiles, no a invasiones.”
Eso nos protege mañana a nosotros.
Si hoy permiten que se castigue a Venezuela por petróleo, mañana nos castigarán por litio, agua o nearshoring.

2.- Forzar una salida política, no militar

México debe usar su peso para exigir:
elecciones supervisadas
negociación real
levantamiento gradual de sanciones a cambio de apertura democrática
México es de los pocos países que Washington no puede ignorar sin pagarlo en comercio, migración o seguridad.
Eso es poder duro, no discurso.

3.- Cerrar el paso a la militarización del Caribe
Si Venezuela se convierte en un Irak caribeño:
el narcotráfico se disparará hacia México
la migración venezolana se multiplicará
las armas circularán hacia Centroamérica
México paga todas las guerras que otros empiezan.

La verdad brutal
México no está defendiendo a Maduro.
México se está defendiendo a sí mismo.

Porque si se normaliza que una potencia decida qué gobierno “merece” existir en América Latina,
entonces México también está en la lista.

Cuando permites que el imperio mueva las piezas en casa ajena, pronto descubrirás que tu propio país también está en el tablero.

El saber no descansa, la lectura provoca y el pensamiento continúa. Nos vemos en la siguiente columna.
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