BITÁCORA INQUIETA
Jesús Octavio Milán Gil
En México, millones de niños no existen porque nunca entraron en una lista.
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La mañana del 6 de enero de 2026 amaneció con un frío que no venía del cielo sino del ánimo. Un aire áspero, hecho de humedad vieja, de aceite recalentado y de tierra que nadie barre cuando la vida es urgente. En la colonia, el café sabía a resistencia y las calles parecían cansadas de tanto esperar.
En una casa de block sin repellar, Damián, doce años, delgado como una promesa mal alimentada, acomodaba tres cajitas de cartón en el piso. Las había forrado con recortes de revistas encontradas en la basura: relojes de lujo, autos que nunca conocería, sonrisas sin ojeras. Sobre cada una escribió con plumón prestado: Melchor. Gaspar. Baltasar.
Debajo, con letra temblorosa: “Un par de tenis.”
No pidió juguetes caros. Pidió tenis porque los suyos estaban abiertos de la punta, porque en la escuela se burlaban, porque el maestro de educación física lo apartaba y porque la humillación, cuando se repite, termina convirtiéndose en identidad impuesta.
Su madre, Rocío, lo miraba desde la estufa. Las tortillas se inflaban como si todavía hubiera aire suficiente en el mundo. Sobre la mesa, una cuenta de luz doblada como amenaza.
—Si existen… —murmuró Damián— este año sí.
Rocío no quiso romperle la fe, pero tampoco mentirle.
—Existen los que te quieren —dijo—. Eso sí existe.
A unas calles de ahí, en un edificio de vidrio oscuro, Mauricio Alcocer, director municipal de Desarrollo Social, ajustaba su corbata. Ese día encabezaría el evento “Operación Esperanza 2026”: entrega simbólica de juguetes por Reyes Magos. En realidad, era una operación de imagen y contratos inflados.
—Que el dron esté listo —ordenó—. Quiero que se vea la fila. Que se vea el México real.
En la explanada, los globos y la música no alcanzaban a tapar el olor a sudor, fritanga y desconfianza. Tres Reyes Magos de utilería saludaban desde el templete. Policías vigilaban como si la pobreza fuera una amenaza.
Damián avanzó en la fila con el estómago apretado. Quería un regalo, sí, pero sobre todo quería no ser invisible.
Cuando llegó su turno, un funcionario revisó la lista.
—Tú no estás.
—Sí estoy —dijo—. Soy Damián Ríos.
El policía lo empujó.
—Muévete, chamaco.
Mauricio tomó el micrófono.
—Aquí hay orden. Nadie se queda sin regalo.
Mentía.
Entonces uno de los Reyes Magos bajó del templete. Se quitó la corona.
—Me llamo Efraín —dijo—. Y esto es una farsa.
Sacó su celular y mostró videos: cajas desviadas, juguetes apartados, listas alteradas. La transmisión empezó a circular en vivo.
—Yo manejo el camión que trae los juguetes —continuó—. Y también manejo la ruta escolar. A este niño lo veo todos los días subir con los tenis rotos, escondiendo el pie izquierdo para que no se note. Usa del seis. Lo sé porque mi hijo usaba lo mismo a su edad.
La multitud se acercó. El dron seguía grabando.
—Esto no es ayuda —dijo Efraín—. Es corrupción disfrazada de caridad.
Mauricio intentó detenerlo. Ya era tarde.
Efraín sacó de su mochila una caja nueva.
—Los compré anoche con mi dinero —dijo, mirándolo a los ojos—. Porque tu dignidad no está en ninguna lista.
Damián tomó los tenis como si pesaran más que todo lo que había cargado en su vida. En ese momento llegó Rocío corriendo.
—Mi hijo sí existe —dijo, con una voz que no pedía permiso.
El país, por unos minutos, miró.
Esa noche, mientras México partía rosca y fingía normalidad, un niño caminaba con tenis nuevos sobre un piso que seguía siendo frío. No hubo milagro. Hubo algo más raro: verdad.
Los Reyes Magos sí existen.
Solo que, en este país, casi nunca aparecen en la lista.
El saber no descansa, la lectura provoca y el pensamiento sigue. Nos vemos en la siguiente columna.
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