PIÑÓN
PIÑÓN
BITÁCORA INQUIETA
Jesús Octavio Milán Gil
Lo pequeño que cae del cielo puede sostener generaciones.
En la palma de la mano no cabe un objeto: cabe un destino.
Eso es, en esencia, el piñón que llegó desde Idyllwild, California. No como souvenir ni como adorno, sino como resto sagrado del bosque, como fragmento de una historia que no pidió ser contada y, sin embargo, insiste.
No fue elegido.
Fue encontrado.
Y todo lo que llega así —sin cálculo, sin expectativa— porta una carga simbólica mayor: viene con el permiso del tiempo.
La imagen lo confirma.
Ese piñón único, rugoso, perfectamente ordenado por una geometría que no es humana, reposa sobre un fondo blanco como si hubiera sido separado del mundo para ser mirado con respeto. No es un fruto: es un archivo. Una estructura diseñada para guardar vida cuando todo alrededor amenaza con extinguirla.
Cada escama es una puerta cerrada.
Cada semilla, una espera.
Cada espera, un futuro posible.
Idyllwild no es un lugar: es una condición.
Un pueblo de montaña suspendido en la Sierra de San Jacinto, donde los pinos no crecen para embellecer el paisaje, sino para resistirlo. A cuatro horas de San Luis Río Colorado, Sonora, ese bosque persiste entre sequías prolongadas, incendios que purifican y tormentas que ponen a prueba la raíz.
Allí, los árboles no viven: permanecen.
No se expanden: se aferran.
No prometen sombra inmediata: prometen continuidad.
El pino no libera su piñón a la ligera. Lo guarda. Lo endurece. Lo protege del tiempo, del frío y del fuego. Espera el momento exacto en que el mundo esté listo para recibirlo. En la naturaleza, la vida no se precipita.
Por eso, cuando Viví entrega ese piñón a mamá Albina, no ocurre un acto doméstico, sino un ritual silencioso.
No le entrega algo para ser visto.
Le entrega algo para ser guardado.
Un piñón no se ofrece para lucirse.
Se entrega para confiar.
No es una flor que muere en el trayecto.
Es una vida que aún no despierta.
El gesto
—¿De dónde es ese piñón? —pregunté una vez, antes de que el mundo se quebrara y el COVID se la llevara.
—De Idyllwild. Me lo regaló Viví.
La frase no se explica: se entiende.
Porque hay quienes regalan objetos y hay quienes entregan símbolos. Viví pertenece a los segundos. Y mamá Albina no recibe por cortesía: recibe porque sabe custodiar.
Las madres —y más aún las abuelas— no acumulan cosas: resguardan sentido. Son archivo vivo de lo que no aparece en fotografías ni en actas. Son suelo.
Un piñón en manos de una madre no es un recuerdo: es una encomienda.
No dice “mírame”, dice “espérame”.
La imagen como tótem
El piñón está solo.
Vertical.
Centrado.
El fondo blanco lo separa del ruido del mundo y lo eleva a la categoría de tótem. Objeto que concentra fuerzas invisibles: resistencia, fertilidad, paciencia, transmisión.
Sus capas duras no son defensa: son promesa. Protegen lo frágil hasta que lo frágil pueda valerse por sí mismo.
Así funcionan también las familias que sobreviven: capas de carácter, de sacrificio, de silencios largos, protegiendo aquello que aún no sabe defenderse.
Viví y mamá Albina
Viví representa la mano que reconoce lo recibido.
Mamá Albina representa la tierra que no pregunta cuándo, solo espera.
Cuando un hijo entrega una semilla a su madre, el tiempo se curva. El pasado y el futuro se tocan sin palabras. No hay nostalgia. Hay continuidad biológica y moral.
Ese piñón no habla de lo que fue.
Habla de lo que insiste.
Idyllwild como origen
Que el piñón venga de Idyllwild no es azar. Es coherencia simbólica. Proviene de un bosque que aprende cada año a sobrevivir sin garantías.
No nace en un jardín domesticado.
Nace donde el fuego selecciona, donde el agua escasea, donde solo permanece lo esencial.
Como los linajes.
Como los hermanos.
Como las madres que sostienen familias enteras sin figurar en los relatos oficiales.
Bitácora de lo invisible
En Bitácora Inquieta, este piñón no es una anécdota: es un principio. Una entrada más al inventario secreto de la vida: aquello pequeño que contiene más verdad que los discursos ruidosos.
Un piñón no habla.
No exige.
Pero guarda la arquitectura completa de un árbol capaz de romper la piedra.
Y eso es lo que hicieron Viví y mamá Albina: sostener, sin anunciarlo, la lógica profunda de la vida:
Sembrar sin la certeza de habitar la sombra.
Colofón
Un piñón entregado de un hijo a su madre no es un gesto: es un pacto intergeneracional. Un acuerdo silencioso con el tiempo, la memoria y la paciencia.
Mientras alguien entregue semillas
y alguien sepa guardarlas,
la historia seguirá respirando.
Este texto es un homenaje a la mujer que aguanto sin ruido, sin monumentos, sin reconocimiento público, pero profundo, a la mujer que sin buscar protagonista, lo sostuvo todo, ese fue su legado a sus hijos, entre los que me incluyo yo.
El saber no descansa.
La lectura provoca.
Y el pensamiento sigue.
Nos vemos en la siguiente columna.

