BITÁCORA INQUIETA

JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL

El mundo no se está cayendo: se está reordenando sin pedirnos permiso.
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No estuvimos en Davos, pero Davos estuvo en nosotros.

Lo supimos desde antes de abrir los diarios: algo se había movido en el tablero. No por los discursos —que se repiten con la solemnidad de un ritual antiguo— sino por los silencios. Por lo que se dijo entre líneas. Por las ausencias. Por los temas que ya no se atreven a nombrar sin eufemismos.
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En enero de 2026, mientras aquí el país seguía contando sus propios latidos —salud frágil, educación a contrarreloj, economía en transición, política en disputa, inseguridad persistente—, allá, en la nieve suiza, los dueños del mapa volvieron a reunirse para hablar del mundo como si fuera un proyecto que todavía puede corregirse con fórmulas.
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Y nosotros, desde este lado del planeta, escuchamos.

Escuchamos que la palabra riesgo fue la más pronunciada.

Escuchamos que inteligencia artificial ya no se presenta como herramienta, sino como infraestructura del poder.

Escuchamos que clima dejó de ser urgencia moral para convertirse en variable financiera.

Escuchamos que democracia apareció más como preocupación que como certeza.

No estuvimos ahí, pero entendimos el mensaje, el mundo no se gobierna desde los parlamentos, se gestiona desde las salas cerradas.
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I. Nosotros como testigos remotos
Vimos las imágenes: ejecutivos con bufandas de lana, jefes de Estado hablando de futuro mientras pisan presente, CEOs prometiendo sostenibilidad desde industrias que aún viven del colapso.

Y sentimos algo incómodo: la sensación de que Davos ya no discute el mundo, sino cómo administrar su desgaste.

Nosotros, que habitamos países endeudados, regiones secas, economías vulnerables, entendimos que Davos 2026 no fue una cumbre de soluciones, sino una cumbre de administración del riesgo global.

No se habló de erradicar la pobreza.
Se habló de cómo hacerla “manejable”.

No se habló de frenar el calentamiento.
Se habló de cómo adaptarse a él sin perder competitividad.

No se habló de regular a las grandes tecnológicas.
Se habló de cómo integrarlas al nuevo orden productivo.

El lenguaje cambió. Y cuando cambia el lenguaje, cambia la ética.
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II. Desplazamiento testimonial: lo que realmente se dijo

Quienes estuvieron ahí —periodistas, académicos, analistas— repitieron una frase que circuló en los pasillos más que en los foros:

“El problema ya no es si el sistema funciona, sino si la sociedad aguanta.”

Davos 2026 giró alrededor de cuatro ejes reales, aunque se nombraran con palabras elegantes:

Inteligencia artificial total

Ya no como innovación, sino como columna vertebral de la economía: trabajo, educación, finanzas, seguridad, salud. El nuevo petróleo no es el dato: es la capacidad de procesarlo.

Geopolítica fracturada

Estados Unidos, China, Europa y el Sur Global ya no hablan el mismo idioma estratégico. El mundo se multipolarizó, pero sin reglas claras.

Clima irreversible

Nadie habló seriamente de evitar los 1.5 °C. El consenso fue otro: prepararse para un planeta más caliente.

Desconfianza social

Democracias debilitadas, populismos, migraciones masivas, juventudes precarizadas, Estados con menos capacidad de gobernar que de reaccionar.

No era un foro de optimismo. Era un foro de realismo crudo.
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III. Nosotros en medio del reordenamiento
Y mientras ellos hablan de reconfiguración global, nosotros sentimos los efectos locales:
— Inflación que no se nombra como crisis.
— Salarios que crecen menos que la incertidumbre.
— Jóvenes que trabajan en plataformas sin futuro laboral.
— Estados que ya no planifican, solo administran emergencias.

Nosotros no somos parte de las decisiones, pero sí de las consecuencias.
Davos no legisla, pero marca la narrativa.

No gobierna, pero orienta el rumbo.

No vota, pero define prioridades.

Es el lugar donde se decide qué problemas son “invertibles” y cuáles son simplemente “soportables”.
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IV. México en el tablero invisible

Para nosotros, Davos no es una postal lejana ni una conversación ajena. Lo que ahí se discute —inversiones, cadenas de suministro, inteligencia artificial, transición energética, relocalización industrial— impacta directamente en México. Somos país bisagra: frontera con Estados Unidos, puente con América Latina, territorio atractivo para el nearshoring y laboratorio social de las tensiones del siglo XXI.

Cada decisión sobre comercio, tecnología, energía o clima que se toma en esos salones helados se traduce aquí en empleo o precariedad, en crecimiento o dependencia, en soberanía o subordinación. Davos no vota en nuestras elecciones, pero influye en nuestros mercados; no escribe nuestras leyes, pero condiciona nuestras políticas públicas; no vive nuestras desigualdades, pero las profundiza o las amortigua según el rumbo que adopte el capital global.
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V. Desplazamiento analítico exterior, lo que Davos revela

Visto desde fuera, Davos 2026 no fue un foro económico. Fue un termómetro civilizatorio.
Reveló cinco cosas inquietantes:

Que el capitalismo ya no promete bienestar, solo estabilidad mínima.

Que la tecnología avanza más rápido que la ética.

Que la crisis climática dejó de ser una alarma y se volvió escenario.

Que la desigualdad ya no se combate: se gestiona.

Que el futuro dejó de ser una promesa colectiva y se volvió un privilegio segmentado.

Davos ya no imagina utopías. Calcula daños.

Epílogo: nosotros frente al espejo

Tal vez lo más honesto de Davos 2026 no fueron sus discursos, sino su silencio final, nadie habló de esperanza sin condiciones.
Y nosotros, desde este sur lleno de historia, de memoria, de pueblos que aún creen en lo común, entendimos algo esencial:

El mundo no se está cayendo.
Se está reordenando sin justicia.
Se está digitalizando sin equidad.
Se está adaptando sin humanidad suficiente.

Davos habla del futuro.
Nosotros vivimos el presente.

Y entre ambos hay una grieta: no económica, no tecnológica, no climática…
una grieta moral.
Porque el verdadero riesgo global ya no es el colapso del sistema.
Es la normalización de un mundo donde sobrevivir sustituye a vivir.
Y eso, aunque lo discutan en Suiza, se decide aquí, todos los días, en cada país que todavía cree que el futuro no debe ser un privilegio, sino un derecho compartido.
Nos vemos en la siguiente columna.
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