Por Milton Merlo

Crece la convicción de un inminente cambio de gobierno en la isla. El hijo de Maduro un inesperado aliado de Rubio para mediar con el régimen cubano.

“¿Quién será Delcy Rodríguez en Cuba?”, es la pregunta que por estas horas anima diversos conciliábulos en la diplomacia mexicana donde gana fuerza la convicción de que un cambio de gobierno en la isla, operado por Estados Unidos, es un hecho y solo queda la duda del momento adecuado.

 

En la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, conducida por Juan Ramón de la Fuente, que desde su reaparición en la última reunión de embajadores y cónsules muestra una actividad permanente, se habla de gestiones desesperadas de La Habana cuando, según informó el Financial Times, a Cuba le quedan a lo sumo 20 días de energía después del bloqueo petrolero impuesto por Donald Trump.

 

Uno de los movimientos en curso tiene por protagonista a Nicolás Maduro Guerra, hijo del exmandatario venezolano – ahora preso en Nueva York -, y de llegada directa a Miguel Díaz- Canel y Raúl Castro. Economista de profesión, lleva adelante la estrategia legal de su familia para lograr la liberación de sus padres o, al menos, una mejora en sus condiciones carcelarias. Por eso su respaldo público a Delcy Rodríguez y, en paralelo, su buena disposición a colaborar con Washington en el potencial cambio de régimen en Cuba.

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Según deslizan en la diplomacia mexicana, donde conocen al hijo de Maduro desde los fallidos intentos de mediación entre el chavismo y la oposición venezolana en la Ciudad de México en 2021 y 2022, el canal de comunicación con Washington que intenta Maduro Guerra para mediar sobre Cuba también tendría el aval de un ejecutivo del sector turístico español que habla, cada tanto, con Jared Kushner, yerno de Trump y arquitecto del futuro de Medio Oriente.

 

Uno de los movimientos en curso tiene por protagonista a Nicolás Maduro Guerra, hijo del exmandatario venezolano, de llegada directa a Miguel Díaz-Canel y Raúl Castro. Lleva adelante la estrategia legal de su familia para lograr la liberación de sus padres o, al menos, una mejora en sus condiciones carcelarias. Por eso, su buena disposición a colaborar con Washington en el potencial cambio de régimen en Cuba.

La propuesta de Maduro Guerra sería establecer algún vehículo electoral en Cuba hacia finales de este año, ya sea en forma de elecciones o de referéndum y que tenga supervisión de un organismo multilateral avalado por Marco Rubio. De aprobarse el plan, el gobierno cubano haría los cambios constitucionales pertinentes, algo que, por cierto, Díaz-Canel ha insinuado en sus últimos discursos sobre el futuro del comunismo en la isla y la necesidad de reformas troncales.

 

En el Gobierno mexicano son escépticos sobre el futuro de cualquier mediación. De la Fuente lo entendió en sus últimas llamadas con Rubio en las cuales el secretario de Estado se mostró renuente a que México envíe alimentos o medicinas a la isla.

El presidente de Cuba, Miguel Díaz Canel.

 

La presidenta Claudia Sheinbaum entiende que la asistencia humanitaria es urgente por otras aristas que todavía no esgrime en público: los riesgos sanitarios que den paso a nuevos virus y enfermedades en el Caribe, un éxodo masivo de ciudadanos cubanos que repercuta en la frontera entre México y Estados Unidos y, la más inquietante, una penetración frontal del crimen organizado en Cuba que convierta al país en un símil de Haití.

 

La impresión de los últimos contactos es que Rubio va en dirección contraria. El secretario de Estado ya tiene preparados los dos estiletazos finales contra el castrismo: cerrar el espacio aéreo cubano, lo cual liquida los dólares del turismo, y prohibir las remesas desde Estados Unidos, algo sobre lo cual todavía duda por cuestiones de corte electoral. Las dos posibilidades las planteó el pasado miércoles ante la prensa el congresista republicano Carlos Giménez, uno de los satélites de Rubio en la política de La Florida.

La presidenta Claudia Sheinbaum entiende que la asistencia humanitaria es urgente por aristas que todavía no esgrime en público: los riesgos sanitarios que den paso a nuevos virus y enfermedades en el Caribe, un éxodo masivo de ciudadanos cubanos que repercuta en la frontera entre México y Estados Unidos y, la más inquietante, una penetración frontal del crimen organizado en Cuba que convierta al país en un símil de Haití.

 

Cuba no tiene el horizonte petrolero que ofrece Venezuela, pero la intersección es la misma: fulminar cualquier injerencia de Rusia o China en el hemisferio. El pasado jueves desde el Departamento de Estado compartían a la prensa detalles de los últimos acuerdos de contratistas de defensa rusos con La Habana. El más reciente, según reportó este domingo The Washington Post, rondaría los 1000 millones de dólares.

 

Al igual que en Venezuela, de momento los aliados de Cuba mantienen una postura de respaldo discursivo que no va más allá. El último petrolero ruso que llegó a la isla arribó en octubre del año pasado. El embajador del Kremlin en La Habana, Viktor Koronelli, dijo este sábado que Cuba debía resolver sus problemas energéticos por su cuenta. Más audaz fue el embajador de Vladimir Putin ante la ONU, Vasili Nebenzia, quien señaló que, en La Habana, a diferencia de Caracas, “no hay traidores”. Pero ninguna noticia sobre suministro petrolero. Un mutismo que empieza en Moscú y llega hasta Beijing.

Nicolás Maduro Guerra en una reciente movilización en Caracas para reclamar la lieración de su padre.

 

Para Washington el control del hemisferio se impone, incluso por sobre los negocios. Basta con ver lo que sucede en Venezuela, donde el esperado “boom” petrolero avanza lentamente, con un sigilo que confirma lo señalado en una columna exclusiva para LPO por el analista argentino, Víctor Bronstein: detrás de la incursión de Trump a Venezuela no está el petróleo, sino expulsar a China, Rusia e Irán de una geografía estratégica. Un análisis que también ofreció Tracy Schuchart, economista y estratega de la firma Hilltower Resource Advisors

 

 

Cuba entra en la misma sintonía: está a 145 kilómetros de La Florida, el corazón electoral de la actual administración republicana. Esa cercanía vuelve inevitable el enigma que parece extraído de una novela de Graham Green: ¿Quién será el hombre de Rubio en La Habana?

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