BITÁCORA INQUIETA 
Jesús Octavio Milán Gil 
Un país que no respeta el orden del pensamiento, jamás obtendrá resultados distintos.
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El orden de los factores no altera el producto… pero sí el destino.
En el pizarrón blanco de la escuela, bajo el sol tibio de la mañana, la operación parecía inocente:
        20 – 5 × 3 = ?
Y sin embargo, ahí comenzó la tragedia.
Sérgio levantó la mano con la seguridad de quien ha memorizado el mundo sin comprenderlo:
—Cuarenta y cinco, dijo, orgulloso, convencido de que sumar primero la voz y luego la razón era suficiente.
Agustín, en cambio, habló como se habla cuando se ha aprendido a dudar:
—Cinco, respondió, sin alzar la voz, como si la verdad siempre fuera un gesto discreto.
La maestra Nachita no sonrió. No corrigió de inmediato. Observó. Sabía que aquella escena no era de matemáticas, sino de país.
Porque el problema no estaba en la multiplicación, sino en la jerarquía. En el orden de las operaciones, que no es otra cosa que el orden de las decisiones. Primero lo estructural, luego lo superficial. Primero lo que multiplica, después lo que resta.
En México, como en el salón, solemos hacer lo contrario: restamos primero lo que nos incomoda, y multiplicamos después la ignorancia. Así obtenemos cifras espectaculares, discursos inflados, promesas que no cuadran.
Las estadísticas lo confirman: más del 60% de los estudiantes de secundaria cometen errores básicos de jerarquía matemática. Pero el verdadero dato alarmante es otro: más del 80% de las decisiones públicas se toman sin respetar ninguna jerarquía racional. Se improvisa la política como Sérgio resolvió la operación: sin método, sin estructura, sin conciencia de consecuencias.
Agustín no era más inteligente. Era más disciplinado. Había aprendido algo que no se enseña en los exámenes: que pensar es un acto ético.
Porque quien no respeta el orden lógico termina justificando el caos. Y el caos siempre beneficia a los mismos: a los que saben multiplicar su poder mientras otros siguen restando oportunidades.
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La maestra escribió el resultado correcto en el pizarrón:
             20 – 5 × 3 = ?
La operación correcta es:
             20 − 5 × 3 = 5
Porque se aplica la jerarquía de operaciones (primero multiplicación, luego resta):
            1.-  5 x 3 =15
            2.- 20-15 =5
Respuesta final: 5
No es 45, porque no se resuelve de izquierda a derecha, sino respetando el orden matemático.
Es la diferencia entre calcular y solo operar.
Nadie aplaudió. Nadie protestó. Pero algo quedó flotando en el aire: la certeza incómoda de que no basta con saber números si no se entiende el mundo que esos números representan.
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En el México que se asoma al umbral de 2026, la operación se repite con precisión casi didáctica. Se resta primero: presupuestos recortados en ciencia, cultura y educación; instituciones debilitadas en nombre de la austeridad; diagnósticos sustituidos por consignas. Y sólo después se intenta multiplicar: crecimiento, inversión, bienestar, confianza.
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Pero la aritmética social no perdona los atajos.
Ningún país puede aspirar a resultados distintos si altera el orden lógico de sus propias prioridades.
Económicamente, México pretende multiplicar desarrollo sin haber resuelto antes las variables estructurales: productividad estancada, informalidad laboral que aún ronda el 55% de la población ocupada, un sistema fiscal incapaz de recaudar más del 17% del PIB, y una dependencia crónica de factores externos como el nearshoring, que se celebra más como milagro que como política industrial real.
Se quiere crecer sin haber invertido seriamente en capital humano. Es como exigir 45 cuando la operación sólo permite 5.
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Políticamente, el error es aún más delicado: se ha confundido mayoría con verdad, popularidad con legitimidad, discurso con proyecto de nación. La democracia se reduce a espectáculo mientras la toma de decisiones se concentra, se simplifica, se polariza.
Se resta deliberación, se resta autonomía institucional, se resta pensamiento crítico… y luego se espera multiplicar gobernabilidad, cohesión social y estabilidad.
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Y socialmente, el resultado es una ciudadanía atrapada en una pedagogía del conformismo:
generaciones enteras educadas para repetir respuestas rápidas, no para formular preguntas incómodas.
La desigualdad se hereda como un error de cálculo histórico: el 10% más rico concentra más del 55% de la riqueza nacional, mientras millones siguen resolviendo su vida diaria con aritmética de supervivencia: dividir salarios mínimos, restar sueños, multiplicar carencias.
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Así, México avanza hacia 2026 como Sérgio frente al pizarrón: convencido de que la respuesta correcta es la más ruidosa, no la más razonada. Y Agustín —la razón, la ética, la estructura— sigue levantando la mano en silencio, esperando que algún día el país decida respetar, por fin, el orden verdadero de sus propias operaciones.
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Colofón
El orden de los factores no altera el producto, dicen.
Pero el orden del pensamiento sí altera el destino.
Y un país que no aprende a multiplicar antes de restar, está condenado a vivir resolviendo mal su propia historia.
Nos vemos en la siguiente columna.

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