BITÁCORA INQUIETA
Jesús Octavio Milán Gil 
Un país no se hunde cuando debe; se hunde cuando deja de entender lo que debe.
El viernes 13 de febrero de 2026 en que Petróleos Mexicanos colocó 31 mil 500 millones de pesos en el mercado local, no se escucharon sirenas ni repicaron campanas. No hubo desfile en el Zócalo ni discursos inflamados. Solo cifras. Solo bonos. Solo el murmullo técnico de los corredores financieros celebrando lo que llamaron —con sobriedad de notario— la mayor emisión corporativa en la historia del mercado mexicano en pesos, coordinada por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.
Pero detrás de esa cifra monumental, México volvió a mirarse en el espejo de su vieja contradicción: un gigante petrolero que produce menos que hace dos décadas, pero que sigue siendo demasiado grande para caer y demasiado costoso para ignorar.
La operación fue, en términos técnicos, impecable. Tres tramos: tasa flotante a 5.2 años, tasa fija nominal a 8.5, tasa fija real a 10.5. Sobresuscripción. Reducción del costo inicial estimado. Refinanciamiento de pasivos que vencen este mismo año. No es deuda nueva —nos dijeron—, es deuda reordenada. No es rescate —insistieron—, es manejo responsable.
Y puede que tengan razón.
Pero la verdad en México nunca es solo técnica: también es histórica.
Pemex arrastra una deuda financiera superior a los 100 mil millones de dólares. Su producción ha descendido de más de 3.4 millones de barriles diarios en 2004 a poco más de 1.6 millones en años recientes. Ha recibido apoyos fiscales multimillonarios en la última década. Y aun así, sigue siendo el corazón simbólico del nacionalismo energético mexicano, ese tótem fundacional que nos enseñó que el petróleo era nuestro, aunque la factura siempre terminara pagándose entre todos.
Entonces, ¿qué significa esta emisión para México en 2026?
Significa, primero, tiempo. Tiempo político. Tiempo fiscal. Tiempo de oxígeno.
El gobierno evita un rescate inmediato con recursos presupuestales. Evita tensiones legislativas. Evita la imagen de una empresa estatal asfixiada. Compra estabilidad narrativa en un entorno internacional incierto. En un mundo donde los mercados castigan la debilidad con la velocidad de un rumor viral, colocar 31 mil 500 millones de pesos con demanda robusta es un acto de supervivencia estratégica.
Pero también significa otra cosa: que el mercado aún cree que el Estado mexicano no dejará caer a Pemex.
Esa es la garantía invisible que sostiene cada bono.
No es solo la capacidad operativa de la empresa lo que respalda la deuda; es la promesa tácita de que, si algo sale mal, el contribuyente estará ahí. En el lenguaje elegante de las finanzas se llama “riesgo soberano implícito”. En el lenguaje de la calle se llama “al final lo pagamos todos”.
Sin embargo, sería simplista reducirlo a una condena. La emisión en pesos reduce riesgo cambiario. Diversifica fuentes de financiamiento. Dinamiza el mercado interno. Envía una señal de coordinación institucional. Evita presión inmediata sobre el déficit público. En términos macroeconómicos, es una jugada defensiva bien ejecutada.
El problema es que defender no es lo mismo que transformar.
México no gana riqueza con esta operación; gana estabilidad transitoria. No reduce la deuda estructural; la reorganiza. No resuelve el dilema de fondo: cómo hacer rentable y sostenible a una empresa que carga sobre sus hombros el peso simbólico de la soberanía energética y el peso real de una deuda colosal.
Porque el petróleo ya no es lo que era. El mundo acelera hacia la transición energética. Las inversiones globales migran hacia renovables. Los mercados financieros valoran cada vez más la gobernanza ambiental. Y mientras tanto, Pemex sigue atrapada entre la nostalgia del pasado y la urgencia del futuro.
Aquí es donde la discusión debe volverse adulta.
Si la emisión compra tiempo, ese tiempo debe usarse para algo más que celebrar colocaciones récord. Debe emplearse en:
– Mejorar eficiencia operativa.
– Reducir pérdidas en refinación.
– Fortalecer gobierno corporativo.
– Transparencia en costos.
– Planeación energética realista y diversificada.
– Inversión estratégica en transición energética.
Porque si el tiempo comprado no se invierte en reforma estructural, entonces solo estamos aplazando la factura.
México necesita dejar de discutir si Pemex es orgullo o lastre. Es ambas cosas. Es herencia y es carga. Es símbolo y es balance financiero. Negar cualquiera de esas dos dimensiones es una forma de autoengaño.
Lo que ocurrió con esta emisión no es un milagro ni una catástrofe. Es un recordatorio. Un recordatorio de que el país todavía puede financiar su estabilidad, pero no indefinidamente. Un recordatorio de que los mercados confían, pero no a ciegas. Un recordatorio de que cada peso colocado hoy es un compromiso futuro.
Y en esa palabra —compromiso— está la clave moral del asunto.
Compromiso con la responsabilidad fiscal. Compromiso con la transparencia. Compromiso con una política energética que mire más allá del próximo trimestre. Compromiso con los ciudadanos que, sin firmar ningún bono, son los avalistas finales de esta historia.
Porque el petróleo puede ser nuestro, pero la deuda también.
En 2026 México no ganó una batalla épica ni perdió una guerra económica. Ganó margen. Y el margen es valioso solo si se usa para cambiar el rumbo.
De lo contrario, las cifras récord serán apenas fuegos artificiales financieros iluminando, por un instante, la silueta de un problema que sigue ahí, respirando debajo de la superficie.
Colofón
No es la deuda lo que nos condena, sino la costumbre de llamarla victoria cuando apenas es una prórroga.
Nos vemos en la siguiente columna.
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