BITÁCORA INQUIETA 
Jesús Octavio Milán Gil 
El poder no rompe las amistades, las desnuda.
Cuando Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Meléndez decidieron escribir Ni venganza ni perdón, no estaban redactando únicamente un testimonio personal: estaban colocando sobre la mesa una radiografía íntima del poder mexicano. Y el poder, en México, siempre ha sido una casa con demasiados espejos y pocas ventanas.
El libro —publicado por Editorial Planeta— narra una amistad que atravesó el sexenio más polarizado de las últimas décadas. Pero en el fondo no es solo una crónica de cercanía y ruptura: es la historia de cómo el poder transforma las lealtades, cómo el discurso público devora lo privado y cómo la política mexicana sigue siendo una maquinaria donde el afecto es sospechoso y la confianza un lujo imprudente.
México ha vivido en los últimos años una concentración inédita de poder político. Más del 60% del presupuesto federal se canaliza a programas sociales y megaproyectos estratégicos; la narrativa presidencial dominó durante años la agenda mediática diaria; y las instituciones autónomas fueron sometidas a un escrutinio constante que, en algunos casos, se convirtió en desmantelamiento. En ese escenario, la amistad entre un operador del poder y un periodista no podía salir ilesa.
Porque el poder no tolera zonas grises. O se está dentro o se está fuera. O se aplaude o se traiciona. Esa lógica binaria —tan eficaz para movilizar masas— es devastadora para las relaciones humanas. En ella no cabe la duda ni el matiz. Y sin matiz, la amistad se vuelve rehén.
La obra exhibe algo que en México pocas veces se reconoce: el poder también es profundamente personal. No es una abstracción. Tiene nombres, rostros, rencores y silencios. Y cuando esos nombres coinciden con los de amigos, la política deja de ser un tablero estratégico y se convierte en un campo minado emocional.
Durante décadas, el sistema político mexicano funcionó bajo reglas no escritas: disciplina, discreción y complicidad. El viejo régimen priista sobrevivía gracias a un pacto tácito de lealtades. El nuevo régimen, aunque se presenta como ruptura moral, también ha generado su propio código: fidelidad absoluta al proyecto. Cambian los discursos; persiste la lógica tribal.
En ese contexto, Ni venganza ni perdón revela algo más inquietante: el poder actual no solo exige lealtad política, sino lealtad narrativa. Se castiga la disidencia mediática, se descalifica la crítica como traición, se polariza el debate público hasta convertirlo en una arena de linchamientos digitales. México registra, según datos de organizaciones internacionales, uno de los índices más altos de agresiones contra periodistas en el continente. No es un dato menor. Es el síntoma de una democracia que aún no aprende a convivir con la crítica.
Pero el libro no es únicamente un ajuste de cuentas ni una defensa personal. Es un espejo incómodo. Nos obliga a preguntarnos si en México sabemos distinguir entre amistad y complicidad. Entre crítica y deslealtad. Entre justicia y revancha.
El título es revelador: ni venganza ni perdón. Es una fórmula que parece aspirar a la neutralidad moral. Sin embargo, la historia mexicana demuestra que rara vez hemos logrado esa ecuación. Oscilamos entre el olvido complaciente y el ajuste de cuentas feroz. No hemos construido una cultura institucional que procese conflictos sin convertirlos en guerras personales.
En el fondo, la pregunta es más amplia: ¿puede sobrevivir la amistad cuando uno de sus miembros se sienta al filo del poder? La respuesta no es sencilla. El poder modifica el tiempo, altera las prioridades y multiplica las sospechas. Quien gobierna vive rodeado de intereses; quien observa desde fuera vive rodeado de dudas. Entre ambos crece una distancia que no siempre es ideológica, sino estructural.
Y ahí radica la lección nacional.
México necesita reconstruir algo más que amistades rotas: necesita reconstruir la confianza pública. La confianza en que la crítica no será castigada. En que el ejercicio del poder no implicará aislamiento moral. En que la política no exigirá renunciar a la conciencia.
El país atraviesa una etapa de redefinición institucional. En 2026, con reformas judiciales en marcha, con tensiones comerciales internacionales y con una economía que crece por debajo del 3% anual promedio en la última década, la estabilidad no dependerá solo de indicadores macroeconómicos, sino de la calidad ética del ejercicio del poder. Sin ética, el crecimiento es frágil. Sin pluralismo, la estabilidad es ilusoria.
La amistad que narra este libro es apenas una metáfora. Lo verdaderamente importante es el modelo de relación entre poder y sociedad que estamos construyendo. Si convertimos toda crítica en traición, terminaremos gobernados por el miedo. Si confundimos lealtad con silencio, debilitaremos la democracia.
El poder debería ser un servicio temporal, no una identidad permanente. Debería admitir la discrepancia como signo de salud y no como síntoma de conspiración. Debería permitir que las amistades sobrevivan a las diferencias, porque una democracia madura es aquella donde el disenso no rompe los vínculos humanos.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza detrás de esta historia: el poder pasa, las relaciones quedan. O deberían quedar.
Pero para que queden, necesitamos instituciones más fuertes que los afectos personales y más estables que las emociones del momento. Necesitamos reglas claras, contrapesos efectivos y una cultura política que entienda que la crítica no es odio, sino oxígeno.
México no puede seguir administrando sus conflictos como dramas personales. Debe procesarlos como asuntos públicos.
Porque cuando la amistad se convierte en campo de batalla, es que el poder ha dejado de ser instrumento y se ha vuelto obsesión.
Colofón
El poder no pide sangre, pero siempre cobra algo: si no son principios, son amigos. Y un país que sacrifica la amistad en el altar de la lealtad ciega termina gobernado por el silencio.
El periodismo necesita distancia.
La política necesita responsabilidad.
Cuando ambos mundos se cruzan, nace la fricción… y también la historia.
Nos vemos en la siguiente columna.

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