BITÁCORA INQUIETA
El subsuelo no grita… pero la historia sí.
Jesús Octavio Milán Gil
Hay palabras que suenan a laboratorio y otras que suenan a dinamita.
Fracking pertenece a las dos.
Su nombre técnico es fractura hidráulica, y consiste en romper rocas profundas para extraer gas o petróleo atrapados en formaciones de lutitas, conocidas como shale. No se trata de un pozo convencional donde el petróleo brota como un manantial oscuro; aquí el hidrocarburo está encerrado en los poros microscópicos de la roca.
Explicarlo exige claridad y honestidad.
_
I. ¿Cómo funciona el fracking?
Imaginemos una esponja de piedra enterrada a más de tres kilómetros bajo tierra.
Esa esponja contiene gas natural.
Para liberarlo:
1. Se perfora verticalmente hasta alcanzar la capa de roca.
2. Luego se perfora horizontalmente dentro de ella.
3. Se inyecta una mezcla compuesta por:
– 90–95% agua
– 4–9% arena
– 0.5–1% aditivos químicos
4. La presión abre pequeñas fracturas.
5. La arena mantiene abiertas esas grietas.
6. El gas fluye hacia la superficie.
Es, en términos simples, abrir los poros de la roca para que respire.
Pero toda respiración tiene consecuencias.
_
II. ¿Por qué se utiliza?
El fracking transformó la geopolítica energética del siglo XXI.
En Estados Unidos, permitió aumentar la producción de gas y petróleo hasta convertirlo en uno de los principales productores del mundo.
Para un país, el atractivo es evidente:
– Mayor autosuficiencia energética
– Menor dependencia de importaciones
– Precios de gas más bajos
– Inversión y empleo
López Obrador lo rechazó en el discurso; Sheinbaum lo reabre en el cálculo técnico.
Y ahí comienza la verdadera lección.
_
III. ¿Cuáles son los riesgos?
Para comprenderlos, pensemos como científicos:
1. Agua
Cada pozo puede requerir millones de litros de agua.
En regiones con estrés hídrico, esto no es un detalle menor.
2. Contaminación
Si los pozos no están bien sellados, pueden existir filtraciones hacia acuíferos.
3. Cambio climático
Durante la extracción puede liberarse metano, un gas de efecto invernadero más potente que el dióxido de carbono en el corto plazo.
4. Microsismos
La inyección de fluidos puede generar pequeños movimientos sísmicos.
No todos los casos presentan estos efectos, pero el riesgo existe y debe evaluarse con rigor científico.
México da ahora sus primeros pasos hacia el fracking en nombre de la “soberanía”. La palabra resuena con la gravedad de 1938, pero el contexto ya no es el mismo. Entonces se expropió para emanciparse de corporaciones extranjeras; hoy se perfora para reducir dependencia energética en un mercado global interconectado.
El Gobierno de Claudia Sheinbaum ha reconocido el regreso de México a la fractura hidráulica con el argumento de la autosuficiencia energética. La mandataria ha admitido que se analizan modalidades que mitiguen impactos ambientales y favorezcan el reciclaje del agua. La promesa es doble: soberanía y responsabilidad ecológica. La ecuación, sin embargo, no es sencilla. El reciclaje hídrico encarece procesos; la supervisión ambiental exige instituciones sólidas; la inversión mixta reabre debates sobre el alcance del control estatal en un sector históricamente simbólico.
El retorno del fracking no se anuncia con fanfarrias; se filtra en comunicados técnicos y foros empresariales. Hay decisiones que no se toman en los despachos, sino en la penumbra mineral del subsuelo. Allí donde la geología es paciencia acumulada y la historia no se escribe con tinta sino con presión. Hoy, Petróleos Mexicanos —esa criatura estatal nacida del nacionalismo cardenista y de la épica petrolera de 1938— evalúa la posibilidad de practicar la fractura hidráulica, el fracking, para extraer hidrocarburos atrapados en lutitas y formaciones no convencionales.
La palabra “fractura” no es inocente. Es una metáfora involuntaria.
_
IV. El método y la fisura
El fracking consiste en inyectar millones de litros de agua mezclada con arena y compuestos químicos a alta presión para romper la roca y liberar gas o petróleo. Cada pozo puede requerir entre 9 y 29 millones de litros de agua. En regiones áridas, esa cifra no es técnica: es política.
México posee recursos prospectivos significativos en la Cuenca de Burgos y otras regiones del norte. Evaluaciones energéticas de la década pasada situaron al país entre los primeros lugares mundiales en recursos técnicamente recuperables de gas shale. Sin embargo, el verbo “recuperable” depende de tres variables: precio internacional, tecnología disponible y tolerancia social al riesgo ambiental.
Porque el riesgo existe.
Estudios internacionales han documentado:
– Aumento en la sismicidad inducida en zonas con alta densidad de pozos.
– Riesgos de contaminación de acuíferos por fallas en el revestimiento de los pozos.
– Emisiones fugitivas de metano, gas con un potencial de calentamiento global más de 80 veces superior al CO₂ en horizontes de 20 años.
La fractura no sólo es hidráulica: es climática.
_
V. El argumento económico
Pemex enfrenta una deuda financiera que ronda los 100 mil millones de dólares, una de las más elevadas entre petroleras estatales del mundo. La producción nacional ha descendido respecto a los niveles de principios del siglo XXI, cuando superaba los 3 millones de barriles diarios; hoy oscila alrededor de 1.6–1.8 millones.
En ese contexto, el fracking aparece como promesa de revitalización productiva. Se invoca la autosuficiencia energética. Se habla de sustituir importaciones de gas natural provenientes de Estados Unidos, que abastecen más del 70% del consumo nacional.
El razonamiento es lineal: más producción interna equivale a mayor soberanía.
Pero la economía —como la literatura— detesta las simplificaciones.
El costo promedio de un pozo no convencional puede superar varios millones de dólares. La rentabilidad depende de precios internacionales volátiles. Y la experiencia estadounidense demuestra que la expansión del shale estuvo acompañada por endeudamientos masivos y ciclos de quiebras empresariales.
¿Puede un país endeudado apostar por una técnica intensiva en capital y agua sin agravar sus tensiones fiscales y ambientales?
La pregunta no es retórica. Es estructural.
_
VI. El dilema ecológico
México es uno de los países más vulnerables al cambio climático. Sequías prolongadas, estrés hídrico en el norte, eventos extremos cada vez más frecuentes. Introducir una técnica que consume grandes volúmenes de agua en estados donde el recurso es escaso no es simplemente una decisión técnica; es una apuesta civilizatoria.
El fracking compite con el riego agrícola, con el abastecimiento urbano, con la vida misma de comunidades rurales.
En un país donde millones carecen de acceso continuo al agua potable, cada litro inyectado en la roca es una cifra que interpela la ética pública.
_
VII. El laberinto histórico
México nacionalizó el petróleo en 1938 como acto de afirmación soberana. Pemex fue símbolo de independencia económica. Hoy, el debate es más ambiguo: la soberanía no consiste sólo en extraer recursos, sino en decidir qué recursos deben permanecer bajo tierra.
El mundo transita —con torpeza y desigualdad— hacia energías renovables. La Agencia Internacional de Energía ha advertido que para cumplir metas climáticas globales no deberían desarrollarse nuevos proyectos de combustibles fósiles a gran escala.
Persistir en la expansión fósil podría convertir activos en pasivos varados.
La historia es pródiga en ejemplos de imperios que se aferraron a tecnologías moribundas.
_
VIII. La aritmética del poder
El fracking no es sólo una ecuación energética; es un ejercicio de poder territorial. Las comunidades donde se instalan los pozos asumen los riesgos locales; los beneficios fiscales y macroeconómicos se distribuyen en escalas nacionales.
Esta asimetría crea tensiones sociales.
Además, el metano liberado en fugas invisibles es una estadística que no se percibe en el horizonte inmediato, pero sí en el incremento gradual de la temperatura global.
El daño es acumulativo, casi literario en su paciencia.
_
IX. La alternativa
México posee potencial solar y eólico de los más altos del continente. El desierto de Sonora podría convertirse en una potencia fotovoltaica; el Istmo de Tehuantepec, en corredor eólico estratégico. Invertir en transición energética no es romanticismo ambiental: es estrategia industrial.
La pregunta no es si el país necesita energía; la pregunta es qué matriz energética quiere heredar.
El fracking promete rapidez. Las renovables exigen planeación.
Una nación madura sabe que no todo lo técnicamente posible es políticamente prudente.
_
X. El espejo
Pemex evalúa. Esa es la palabra oficial: evalúa. Pero evaluar implica medir no sólo barriles potenciales, sino costos sociales, climáticos y financieros.
El subsuelo mexicano es un archivo geológico de millones de años. Romperlo para extraer gas puede ser rentable en el corto plazo; puede también hipotecar décadas futuras.
En los laberintos del poder, las decisiones energéticas suelen disfrazarse de inevitables. No lo son. Son elecciones.
Y toda elección revela un sistema de valores.
_
Colofón
Si México decide fracturar la roca para exprimir sus últimas reservas fósiles, que lo haga sabiendo que cada grieta abierta en la tierra dibuja otra en su porvenir. Porque las naciones no se miden por lo que extraen, sino por lo que deciden preservar cuando el mundo cambia.
Nos leemos en la próxima Bitácora.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *