Paulina Villegas y 

En Sinaloa, los residentes llevan unos 20 meses en una guerra que comenzó cuando el cártel de Sinaloa se fracturó en dos. Algunos consideran la intervención extranjera como una única salida a la violencia.

En general, los mexicanos no apoyan la propuesta del presidente Donald Trump de ataques militares estadounidenses contra los poderosos cárteles del país. Casi ocho de cada 10 mexicanos dijeron que se oponían a la idea en una encuesta nacional realizada el mes pasado.

Pero en un asediado rincón del noroeste de México, donde los cárteles han operado durante mucho tiempo, ese consenso está empezando a resquebrajarse.

En Sinaloa, un estado de tres millones de habitantes que ha sido bastión del Cártel de Sinaloa por décadas, los residentes llevan unos 20 meses en una guerra que comenzó cuando el cártel se fracturó en dos.

Las fuerzas de seguridad mexicanas ahora patrullan las calles. Hay negocios cerrados. Las familias huyeron. Muchos de sus habitantes dijeron que estaban desesperados por conseguir la paz, al costo que fuera, aunque ello supusiera una intervención militar estadounidense.

“Es la última opción que queda”, dijo Oliver Zamora, vendedor de carne de 23 años. “Ya intentamos todo, y no ha servido nada, ¿qué más nos queda?”.

El mes pasado hablamos con más de dos decenas de personas en Sinaloa, y la mayoría expresó una opinión totalmente distinta del consenso nacional. Para ellos, el gobierno mexicano ha fracasado repetidamente en sus esfuerzos por controlar a los cárteles, por lo que dijeron que estaban dispuestos a considerar un ataque estadounidense contra los grupos si ello les permitía vivir con seguridad.

Una amplia vista de la ciudad con muchos edificios y árboles de color claro. Montañas oscuras lejanas se elevan bajo un cielo azul claro con nubes blancas.
La vida cotidiana en Culiacán, la capital de Sinaloa, se ha visto trastornada desde julio de 2024.

Los sinaloenses no son los únicos que contemplan una intervención estadounidense. En entrevistas realizadas el año pasado, miembros de algunas facciones del Cártel de Sinaloa se burlaron de la idea de una acción militar estadounidense, al dudar que el gobierno de Trump fuera a hacer algo realmente. Pero el mes pasado, cuatro miembros del cártel dijeron que ahora se estaban tomando en serio la amenaza.

Describieron el almacenamiento de armas y el refuerzo de las defensas como preparativos para un ataque estadounidense, incluida la instalación de vigías que escanean el cielo y la compra de granadas propulsadas por cohetes y sistemas antidrones que podrían derribar un avión no tripulado estadounidense.

Los cuatro miembros del cártel hablaron bajo condición de anonimato, por temor a represalias de sus jefes.

Un coordinador regional de alto rango de una facción del Cártel de Sinaloa llamada los Mayitos, que está alineada con uno de los fundadores del cártel, Ismael Zambada García, conocido como el Mayo, dijo que había mucha paranoia y nerviosismo.

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Muchos carteles con la palabra “Desaparecido”, algunos rojos, están pegados a un pilar de hormigón. En primer plano, dos personas interactúan en una zona oscura.
Carteles de personas desaparecidas en el centro de Culiacán.

Recientemente, las autoridades mexicanas han mostrado algunos avances en su campaña contra los grupos criminales. El mes pasado, las fuerzas de seguridad mataron a Rubén Oseguera Cervantes, conocido como el Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, máximo rival del Cártel de Sinaloa, lo que desencadenó una oleada de violencia en represalia en al menos 20 de los 32 estados del país.

El sábado, Trump arremedó a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en un encuentro con 12 países latinoamericanos cuyo objetivo era discutir la derrota de los cárteles y otros grupos delictivos en la región, diciendo que se había negado a aceptar su ayuda. A la reunión no acudieron representantes del gobierno mexicano.

“Qué bueno que el presidente Trump dice públicamente que cuando nos ha propuesto que entre el ejército de Estados Unidos a México hemos dicho que no; porque es la verdad”, dijo la presidenta el lunes en su conferencia matutina. Los operativos de aplicación de la ley en el país, añadió Sheinbaum, los llevan a cabo exclusivamente las fuerzas de seguridad de México.

La vida cotidiana en Culiacán, la capital de Sinaloa, se ha visto trastocada desde julio de 2024. En ese momento, uno de los hijos del narcotraficante encarcelado Joaquín Guzmán Loera, conocido como el Chapo, traicionó al antiguo socio de su padre, el Mayo, lo que dividió al Cártel de Sinaloa y desencadenó un enfrentamiento feroz que continúa hasta hoy.

En el punto álgido de la violencia, los habitantes de las afueras de la capital dijeron haberse atrincherado, a veces durante semanas, mientras los disparos se escuchaban en las calles. Se arrojaban cadáveres a lo largo de las carreteras, estallaban tiroteos en vecindarios de lujo y los remolques de tractores quemados bloqueaban las autopistas.

La violencia persiste. Solamente en enero, dos legisladores fueron tiroteados tras salir del Congreso del Estado en el centro de Culiacán. Diez trabajadores de una mina de oro de propiedad canadiense fueron secuestrados; más tarde se encontraron siete de sus cadáveres. Recientemente se encontró un cadáver en un centro comercial con la cara arrancada.

Agustín Coppel, director general de Coppel, una importante cadena de grandes almacenes, señaló el enorme costo económico que la violencia ha tenido en el estado.

“Nadie quiere salir en la noche”, dijo. “En la noche está cerrado casi todo y casi nadie se mueve. Es como una huelga general hasta que no disminuyan los robos de automóviles”.

El estado de Sinaloa perdió casi el 10 por ciento de su producto interno bruto en 2024 y 2025, según estimaciones de Coppel y otros líderes empresariales.

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En una calle, parcialmente en sombra, aparece una persona en silueta en primer plano. Un edificio de color claro con un letrero azul que dice “Coppel” y gente paseando están en el fondo.
Una tienda Coppel en el centro de Culiacán. El director general de Coppel dijo que la cadena ha tenido una disminución de 25 por ciento en sus ventas.

“Eso quiere decir muchas empresas cerradas, muchos empleados desaparecidos”, dijo Coppel. “Hablan de más de 2000 empresas cerradas. Y en ciertos sectores, como hotelería, turismo, restaurantes, pues la caída del 50 por ciento de las ventas”, dijo. Incluso su propia cadena de tiendas Coppel en Culiacán ha experimentado una caída del 25 por ciento en las ventas, añadió.

Sheinbaum ha enviado más de 12.000 soldados, la mayor afluencia de fuerzas de seguridad a Sinaloa en años, si es que nunca, lo que ha llevado a la detención de decenas de miembros de alto rango de los cárteles y a la destrucción de muchos laboratorios de droga. “La estrategia es cerrar el cerco”, dijo el general Guillermo Briseño Lobera, comandante de la Guardia Nacional de México, señalando el reciente descenso de los homicidios en el estado como prueba de que la estrategia estaba funcionando. “Ustedes pueden andar en la calle con tranquilidad”, dijo, y añadió: “Pero es evidente que aún es necesario realizar una acción final, una acción continuada del resto de las acciones de seguridad”.

Los residentes dijeron que la violencia había disminuido en cierta medida, pero que la sensación de miedo seguía siendo generalizada y profunda.

En Culiacán, al menos dos veces por semana, las familias de los desaparecidos se reúnen para peinar laderas y matorrales en busca de fosas comunes. Un día entre semana reciente, una camioneta con integrantes de un equipo de búsqueda se dirigió dos horas fuera de la ciudad para realizar otra excavación.

Durante el trayecto, varias personas hablaron con cautela de la posibilidad de que Estados Unidos atacara. El gobierno mexicano, dijeron, no había logrado contener a los cárteles: ¿qué se podía perder?

“Sí, la idea de Trump está medio loca, porque cómo va a ser que entre un país extranjero a poner orden aquí”, dijo María Isabel Cruz Bernal, quien dirige un colectivo de madres que buscan a sus hijos desaparecidos. “Pero creo que la gente aquí lo pide porque no tenemos paz ni tranquilidad, no hay control”.

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Tres personas caminan entre matorrales densos y cubiertos de maleza. La persona al frente, con gorra y la cara cubierta, lleva una herramienta. Al fondo se ven pilares de ladrillo.
Integrantes de Sabuesos Guerreras, un grupo de mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos, buscando restos en Guasave, ciudad del estado de Sinaloa.

Según los registros del grupo, más de 18.000 personas han desaparecido en Sinaloa desde 2006. Más de 5500 de esas personas desaparecieron en los últimos 20 meses.

“No hay para dónde voltear”, dijo María de los Ángeles Campos Sierra, madre de dos jóvenes desaparecidos hace 14 años. En otras partes de México, “no hay mucha gente que esté de acuerdo, pero creo que aquí las víctimas pensamos diferente”.

Tres operativos del cártel dijeron que la idea de un ataque militar estadounidense en México parecía mucho más plausible en enero, cuando se transmitieron imágenes en televisión de fuerzas estadounidenses abalanzándose en Venezuela para detener al presidente Nicolás Maduro.

Ahora la sospecha es profunda entre algunos de ellos. Algunos dijeron que temían que sus propias filas hubieran sido infiltradas por informadores tanto del gobierno mexicano como del estadounidense. Las conversaciones se han vuelto cautelosas, los movimientos más calculados.

“Tenemos que tener mucho cuidado. Todo tiene que ser con mucho cálculo, milimétrico”, dijo un operativo del cártel. “Todo prácticamente quirúrgico, todo el movimiento, porque es muy peligroso ahorita como están las cosas”.

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Un espacio interior lleno de objetos diversos, incluidos billetes de dólar y placas religiosas. Un tapiz de una persona y un crucifijo están a la izquierda, mientras que un busto y una persona son visibles a través de un arco.
Un santuario a Jesús Malverde, ampliamente considerado el santo patrón de los narcotraficantes, en Culiacán.

Preocupados por un ataque estadounidense, miembros de ambas facciones del cártel dijeron que las dos partes habían reforzado las defensas en torno a los altos dirigentes y los laboratorios de fentanilo. Han ampliado su arsenal para incluir inhibidores de drones, que pueden costar hasta 40.000 dólares cada uno, y pueden interrumpir las señales de las que dependen los drones para navegar, obligándolos a aterrizar o estrellarse.

Un cocinero de metanfetamina de 19 años alineado con la facción de los Mayitos dijo que se habían enviado vigías o halcones recién contratados a la Sierra Madre, al este de Sinaloa, para que vigilaran el cielo en busca de aeronaves sospechosas.

Dijo que esos vigías también paraban a los vehículos desconocidos e interrogaban a los conductores, incluso a los de los camiones de FedEx.

Algunos residentes de Sinaloa se han preguntado qué se conseguiría con una intervención estadounidense. Varios dijeron que temían que, por el contrario, pudiera exacerbar la violencia.

“Sería feo que se pusiera más, más fuerte”, Rocío Torres, estudiante de nutrición de 19 años. “Porque hay mucha gente inocente”.

Otros dijeron que simplemente rechazaban la idea por principios. Estados Unidos, dijeron, debería mantenerse al margen de México.

“Deberían de atacar el problema desde dentro, no desde fuera”, dijo José Valde Pino, de 66 años, profesor jubilado. “Nosotros no somos el problema. Tienen el mayor índice de drogadictos en todo el mundo”.

Paulina Villegas es reportera del Times en Ciudad de México, donde cubre las organizaciones delictivas, el tráfico de drogas y otras cuestiones que afectan a la región.

Jack Nicas es el jefe de la oficina del Times en Ciudad de México y dirige la cobertura de México, Centroamérica y el Caribe.

Con información de The New York Time

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