BITÁCORA INQUIETA
EL MAESTRO Y EL ALGORITMO
La nueva disputa por educar a los estudiantes del siglo XXI
Cada generación cree educar a la siguiente,
pero en realidad siempre compite con el mundo que la rodea.
Jesús Octavio Milán Gil
Escena de apertura
El maestro lo descubrió una mañana cualquiera.
No fue un hallazgo dramático ni una revelación repentina. Fue algo más sutil: mientras explicaba la lección frente al pizarrón, notó que la mitad del salón tenía la cabeza inclinada hacia abajo, como si todos rezaran una oración silenciosa.
Pero no estaban rezando.
Estaban mirando sus teléfonos.
Durante unos segundos el maestro continuó hablando, como si nada ocurriera. Luego comprendió algo inquietante: en aquel salón ya no competía contra el ruido del patio ni contra la distracción de la ventana.
Competía contra algo mucho más poderoso.
Competía contra el mundo entero dentro de una pantalla.
Durante siglos el maestro fue la puerta de entrada al conocimiento.
Ahora, en el bolsillo de cada estudiante, existía otra puerta.
Y esa puerta se abría más rápido.
Fue entonces cuando el maestro entendió que el verdadero debate educativo del siglo XXI no era si el celular debía entrar o salir del aula.
La verdadera pregunta era otra:
si la escuela aprendería a usar esa puerta…
o si terminaría perdiendo a sus estudiantes detrás de ella.
Durante siglos la escuela fue el lugar donde habitaba el conocimiento.
El maestro hablaba, el alumno escuchaba, el libro explicaba y el cuaderno guardaba memoria.
Ese orden —aparentemente inmutable— comenzó a resquebrajarse el día en que un pequeño rectángulo luminoso apareció en los bolsillos de los estudiantes.
No llegó con autorización de ningún consejo pedagógico.
No fue aprobado por ningún plan de estudios.
Simplemente llegó.
Primero como curiosidad.
Luego como entretenimiento.
Finalmente como presencia permanente.
Hoy ese objeto —el teléfono celular— se ha convertido en el protagonista de uno de los debates más importantes del sistema educativo.
En México, la Secretaría de Educación Pública ha abierto foros para discutir la posibilidad de restringir su uso en las escuelas públicas. El tema ha sido impulsado por maestros, especialistas y padres de familia preocupados por la distracción que provocan estos dispositivos.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha evitado fijar una postura definitiva y ha señalado que el asunto debe discutirse con docentes y familias.
Y probablemente tenga razón.
Porque el dilema es mucho más profundo de lo que parece.
La escuela frente a la pantalla
El debate no es exclusivo de México.
En Francia el uso de teléfonos móviles fue prohibido en las escuelas desde 2018.
En Países Bajos se establecieron restricciones similares dentro de las aulas.
Y en Italia también se han emitido lineamientos para limitar su uso durante las clases.
El argumento parece evidente: el celular distrae.
Pero la realidad es más compleja.
El teléfono no es solamente una distracción.
También es cámara, enciclopedia, biblioteca, laboratorio digital y puerta inmediata al mundo.
La paradoja es clara: mientras la escuela intenta regular su presencia, la vida cotidiana de los estudiantes ya gira alrededor de él.
El dato que define una época
Un informe reciente de la UNESCO advierte que el uso excesivo de teléfonos inteligentes puede afectar la concentración y el rendimiento académico.
Pero al mismo tiempo, organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos señalan que más del 95 % de los adolescentes en países desarrollados tiene acceso a un smartphone.
En México, datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía indican que más del 70 % de los jóvenes posee un teléfono inteligente.
Más aún: diversos estudios internacionales estiman que los adolescentes revisan su celular más de 100 veces al día.
Ese número explica por sí solo la magnitud del desafío educativo.
La otra pedagogía
Pero también existe otra corriente pedagógica que propone mirar el celular con menos miedo y más inteligencia.
En aulas de Finlandia, algunos estudiantes utilizan el teléfono para explorar mapas interactivos, resolver problemas matemáticos o registrar experimentos científicos en tiempo real.
Escena: El día que el celular ayudó a aprender
Una mañana cualquiera, en un salón de secundaria, el maestro de ciencias decidió hacer algo distinto.
En lugar de pedir que guardaran los teléfonos, pidió exactamente lo contrario.
—Saquen sus celulares.
Los estudiantes se miraron entre sí con la incredulidad de quien sospecha una trampa pedagógica. Durante años habían escuchado la misma advertencia: “Guarden el celular”. Aquella orden invertida parecía una revolución.
El maestro escribió en el pizarrón una sola palabra:
Ecosistema.
Luego pidió que buscaran una fotografía de cualquier insecto que encontraran en el patio de la escuela.
Minutos después regresaron con imágenes de hormigas, mariposas y pequeños escarabajos capturados por las cámaras de sus teléfonos.
Entonces comenzó la verdadera clase.
Cada estudiante investigó el nombre del insecto, su función en la naturaleza y su relación con las plantas del lugar. Lo que había empezado como un simple paseo terminó convirtiéndose en una pequeña expedición científica.
Al final de la hora el maestro dijo algo que los alumnos recordarían durante mucho tiempo:
—El celular puede ser distracción…
pero también puede ser microscopio del mundo.
Ese día los estudiantes aprendieron algo más que biología.
Aprendieron que el conocimiento no siempre depende de la herramienta…
sino de la inteligencia con que se utiliza.
En Estonia, uno de los sistemas educativos más digitalizados de Europa, el celular funciona como una pequeña estación de investigación portátil desde la cual los alumnos consultan bibliotecas digitales y contrastan información.
El problema no es el dispositivo, sino cómo se utiliza.
1. Historia: viajar al pasado desde el pupitre
En una clase de historia sobre la Revolución Mexicana, el maestro pide a los estudiantes buscar fotografías originales de 1910–1920 en archivos digitales.
Con el celular, los alumnos acceden a bibliotecas y hemerotecas digitales, comparan imágenes de distintas fuentes y descubren cómo se vestían los soldados, cómo eran los pueblos y qué periódicos narraban la guerra.
La historia deja de ser un párrafo del libro.
Se convierte en una investigación viva.
2. Matemáticas: resolver problemas con simulaciones
En una clase de matemáticas, el profesor plantea un problema de geometría.
Los estudiantes utilizan aplicaciones de cálculo o gráficos para visualizar cómo cambian las figuras cuando se modifican las variables.
El teléfono permite ver el movimiento de las ecuaciones, no sólo escribirlas.
Las matemáticas dejan de ser abstractas.
Se vuelven visibles.
3. Literatura: escuchar la voz de los autores
En una clase de literatura, los alumnos leen un poema.
Luego utilizan el celular para escuchar la voz del propio autor recitando el texto o para comparar distintas interpretaciones.
De pronto la literatura deja de ser sólo texto.
Se vuelve voz, ritmo y emoción.
4. Geografía: explorar el planeta en tiempo real
En una clase de geografía, el profesor pide a los estudiantes observar imágenes satelitales de un río, un volcán o una cordillera.
Con el celular pueden recorrer el planeta con mapas interactivos, medir distancias o comparar paisajes.
El mapa del libro se transforma en un planeta navegable.
5. Ciencias: el celular como laboratorio
En experimentos sencillos, los estudiantes pueden usar sensores del teléfono para medir sonido, luz o movimiento.
El celular se convierte en:
* cronómetro
* medidor de ruido
* cámara para registrar experimentos
* cuaderno de resultados
Es decir, un pequeño laboratorio en el bolsillo.
Reflexión pedagógica
El celular no es bueno ni malo por sí mismo.
Puede ser distracción…
o puede ser herramienta.
Todo depende de una decisión fundamental:
si la escuela decide prohibir la tecnología o enseñarla a pensar.
La escena tiene algo de ironía histórica: el mismo aparato que en muchos salones latinoamericanos provoca regaños y confiscaciones, en otras latitudes se convierte en herramienta de aprendizaje.
Tal vez la pedagogía del siglo XXI tenga que aceptar esa paradoja con serenidad, el enemigo de la distracción podría ser también el aliado del conocimiento.
Todo depende de si la escuela aprende a domesticar la tecnología antes de que la tecnología termine domesticando a la escuela.
Colofón
Hay una escena que comienza a repetirse en miles de escuelas del mundo.
Un maestro explica la lección frente al pizarrón mientras, debajo de los pupitres, pequeñas pantallas iluminan los rostros de los estudiantes.
No es rebeldía.
Es el signo de una época.
Durante siglos la escuela fue el lugar donde vivía el conocimiento.
Hoy compite contra un dispositivo que cabe en la palma de la mano y que contiene más información que todas las bibliotecas que conocieron nuestros abuelos.
Tal vez por eso la discusión esté mal planteada.
La pregunta no es si el celular debe entrar o salir del aula.
La pregunta verdadera es otra:
¿Quién educa primero al estudiante: el maestro… o el algoritmo?
Porque si la escuela decide ignorar el teléfono, el teléfono no ignorará a la escuela.
Y en ese silencio pedagógico, los algoritmos seguirán enseñando.
Aunque nadie los haya elegido como maestros.
Nos leemos en la siguiente columna.

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