José Luis Parra

 

Abril no será un mes más en Morena. Será quirófano.

Y no de esos donde se entra con anestesia general y se sale sonriendo para la foto. Aquí la cirugía será a corazón abierto, sin sedantes y con bisturí prestado desde Palenque. Porque cuando el poder decide ajustar cuentas, no hay protocolo que valga.

La versión que corre —y que pocos se atreven a desmentir— es simple y brutal: salen Luisa María Alcalde y Andy López Beltrán. No por accidente, no por desgaste natural, sino por decisión. Con aval. Con firma invisible, pero inconfundible.

En política, como en la guerra, las derrotas no se explican… se cobran.

El fracaso del Plan A no fue solo un tropiezo legislativo. Fue una señal. Una alerta roja que encendió todas las alarmas en el centro del poder. Porque si algo no perdona el régimen es la ineficacia, y menos cuando viene acompañada de soberbia.

Ahí están los testimonios: aliados tratados como empleados, amenazas disfrazadas de disciplina partidista, y una narrativa que confundió mayoría con omnipotencia. Error de manual.

Morena no puede darse ese lujo rumbo a 2027.

Porque sí, aunque digan que no, todo gira ya en torno a esa fecha.

El problema no es la ruptura entre Alcalde y Andy. Eso es apenas la espuma. El fondo es más delicado: la marca empieza a resentir desgaste, los aliados se incomodan y la operación política deja de ser fina para convertirse en torpe. Y en política, la torpeza se paga caro.

Andy, por cierto, no se va derrotado. Se repliega. Que no es lo mismo.

Tabasco será su trinchera, su refugio… o su incubadora. Porque en este juego nadie se retira del todo. Solo espera su turno.

Y Alcalde… bueno, Palacio siempre tiene espacio para los caídos en desgracia. Las asesorías son el limbo perfecto: ni premio ni castigo. Simple congeladora con vista al poder.

Nada nuevo bajo el sol.

Como ya se ha dicho antes, en estos movimientos no hay lógica, hay intereses . Y el interés mayor hoy tiene nombre y apellido: control.

Control absoluto de candidaturas, de narrativa, de futuro.

Claudia Sheinbaum no quiere heredar problemas. Quiere diseñar el tablero desde el inicio. Sin intermediarios incómodos, sin operadores que se sientan dueños de la marca, sin liderazgos que confundan cercanía con poder propio.

Abril, entonces, no es casualidad. Es estrategia.

Porque quien controla las candidaturas, controla el partido. Y quien controla el partido… controla lo que sigue.

Así de simple.

Así de crudo.

Y mientras tanto, la 4T sigue demostrando que su mayor riesgo no está afuera, sino adentro. En sus propias fracturas, en sus propios excesos, en su propia narrativa de invencibilidad.

La historia, como siempre, tomará nota.

Y pasará factura.

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