BITÁCORA INQUIETA
Cuando la realidad deja de doler, empieza a pudrirse
Jesús Octavio Milán Gil 
Hay países que se rompen de golpe.
Y hay otros —como el nuestro— que se desgastan en silencio, como una piedra que el agua no deja de insistir en borrar.
México no se desploma.
México se acostumbra.
Se acostumbra a la violencia que ya no irrumpe, sino que se incorpora al lenguaje cotidiano, como si nombrarla fuera suficiente para domesticarla.
Se acostumbra a la pobreza que se mide en estadísticas mientras se administra en la vida diaria.
Se acostumbra al poder que promete redención cada seis años y termina reproduciendo inercias con distinto discurso, pero con la misma lógica de permanencia.
En México, más de 30 mil homicidios al año y millones de personas en condiciones de pobreza no son solo cifras: son la repetición convertida en paisaje. Y cuando la realidad se vuelve paisaje, deja de percibirse como problema.
Ese es el primer triunfo del deterioro: volverse invisible.
Y en ese acostumbrarse —que parece una forma de adaptación— ocurre la tragedia más profunda: dejamos de exigir.
Porque el problema nunca fue la crisis.
El problema fue aprender a convivir con ella.
Hay algo profundamente inquietante en un país donde la indignación dura menos que un ciclo noticioso.
Donde la memoria no desaparece, sino que se fragmenta, se dispersa, se diluye entre narrativas que compiten por imponer una versión de lo real.
Donde cada escándalo sustituye al anterior sin resolverlo, como si la acumulación de pendientes fuera parte del funcionamiento normal.
No es que no sepamos.
Es que hemos aprendido a mirar sin involucrarnos.
Y esa distancia no es neutral.
Es una forma de protección.
Porque sentir de más duele.
Y en un entorno donde el dolor se repite, la sociedad aprende a dosificarlo, a encapsularlo, a convertirlo en comentario, en ironía, en rutina.
Así nace una cultura de la normalización: no como resignación absoluta, sino como mecanismo de supervivencia.
Pero toda forma de adaptación social tiene consecuencias políticas.
El poder —ese sistema que no solo gobierna, sino que organiza lo visible y lo tolerable— entiende muy bien esa fatiga.
No necesita imponerla: le basta con administrarla.
La administra en los tiempos, en los discursos, en la saturación informativa.
La capitaliza al desplazar el umbral de lo inaceptable.
La convierte en margen de maniobra al reducir la capacidad de reacción colectiva.
Porque un ciudadano indignado incomoda.
Pero un ciudadano cansado… se vuelve predecible.
Y la previsibilidad es la forma más eficiente de control.
La normalización no es un accidente: es una condición producida.
No requiere censura abierta ni represión sistemática.
Opera de manera más sutil: reorganiza percepciones, ajusta expectativas, redefine lo que se considera posible.
Así, la austeridad se vuelve virtud mientras delimita capacidades.
La seguridad se vuelve narrativa mientras la experiencia cotidiana cuenta otra historia.
La democracia se reduce a ritual mientras se debilita como práctica sustantiva.
No es que el país haya dejado de funcionar.
Es que ha aprendido a funcionar dentro de límites cada vez más estrechos.
Esa es la diferencia entre una crisis y un deterioro.
La crisis interrumpe el orden.
El deterioro lo reconfigura.
La crisis convoca respuestas.
El deterioro disuelve la urgencia.
Y cuando la urgencia desaparece, lo excepcional se vuelve norma.
En los pueblos, en las colonias, en las ciudades que respiran entre polvo y esperanza, la gente sigue levantándose temprano.
Trabaja.
Resiste.
Sobrevive.
Pero vivir no debería ser sinónimo de resistir.
Y sin embargo, poco a poco, esa equivalencia se instala.
Sobrevivir deja de ser una fase… y se convierte en horizonte.
La dignidad deja de ser punto de partida… y se vuelve aspiración.
Ahí ocurre una transformación silenciosa:
la ciudadanía deja de pensarse como sujeto de derechos y empieza a asumirse como sujeto de adaptación.
Y un país que se adapta a todo… termina por aceptar cualquier cosa.
Sin embargo —y aquí es donde la historia se resiste a clausurarse—
México también es otra cosa.
Es la memoria que insiste en reconstruirse, incluso cuando se intenta fragmentarla.
Es la conversación que no se agota, aunque cambien los lenguajes.
Es el maestro que sigue enseñando, el periodista que incomoda, el científico que investiga, el ciudadano que, a pesar de todo, pregunta.
Es, sobre todo, la posibilidad de romper la inercia.
Porque los países no se transforman cuando cambian los gobiernos.
Se transforman cuando cambia el límite de lo que la sociedad está dispuesta a tolerar.
Cuando lo intolerable vuelve a serlo.
Cuando lo normal deja de justificarse.
Cuando la costumbre se rompe.
Tal vez el verdadero punto de inflexión no está en una reforma, ni en un liderazgo, ni en una elección.
Está en algo más profundo y más difícil:
en recuperar la capacidad de sentir sin anestesia.
En volver a incomodarnos.
En dejar de administrar el dolor como si fuera inevitable.
Porque la historia no castiga primero a los países que fallan.
Castiga a los países que dejan de percibir su propio deterioro.
Colofón
México no se está cayendo.
México se está acostumbrando.
Y no hay forma más eficaz de perder un país…
que dejar de sentirlo.
Nos leemos en la siguiente columna.

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