José Luis Parra

 

Hay decisiones que no se toman, se calculan. Y hay rebeldías que no nacen del valor, sino del margen de maniobra. Lo ocurrido en el Senado con el llamado Plan B de la reforma electoral huele más a ajuste fino que a ruptura ideológica.

El Partido del Trabajo jugó a estirar la liga. Votó a favor en lo general, pero metió bisturí donde dolía: la revocación de mandato. No es un detalle menor. Es, en términos políticos, tocar uno de los símbolos más preciados del obradorismo.

Y eso, en estos tiempos, no es gratis.

Porque en la lógica del poder —esa que no viene en la Constitución, pero sí en el manual no escrito del sistema— los aliados no están para pensar distinto, sino para acompañar. Lo demás se llama herejía.

El mensaje fue claro: “vamos contigo, pero no tanto”.

El problema es que en política los matices suelen pagarse como traición.

Ya lo hemos visto antes. La historia —esa que no perdona ingenuidades— suele pasar la factura con intereses acumulados. Y cuando el poder decide cobrar, no manda recordatorios: ejecuta.

Como en aquellos escenarios donde el sistema se defiende cerrando filas… y también cerrando llaves.

Porque si algo sostiene a los partidos satélite no es precisamente la ideología. Es el flujo. El presupuesto. La respiración asistida del erario. Y cuando esa fuente se seca, lo demás es cuestión de tiempo.

Registro, estructura, presencia… todo se vuelve prescindible.

Por eso la jugada del PT y el PVEM —uno más osado, el otro más disciplinado— podría interpretarse como un intento de reposicionamiento. O como un error de cálculo.

Depende desde dónde se mire.

Desde Palenque, probablemente se vea como una insolencia.

Y en política, las insolencias no se discuten: se corrigen.

Vendrán, entonces, los ajustes. No necesariamente espectaculares. Quizá silenciosos. Administrativos. Presupuestales. O, en el peor de los casos, judiciales. Porque en los cajones del sistema siempre hay expedientes con polvo… listos para desempolvarse.

Nada personal, dirán.

Pero todos sabrán que sí lo es.

En paralelo, ya hay quienes calientan en la banca. Aspirantes a dirigir partidos, a ocupar espacios, a administrar franquicias políticas que, llegado el momento, se reparten como concesiones. Porque si algo ha demostrado el sistema es su capacidad de reciclaje.

Caen unos, entran otros.

La política como carrusel.

Y mientras tanto, la presidenta observa. O eso parece. Porque el verdadero ajuste de cuentas no suele anunciarse. Se ejecuta en el momento preciso, con la temperatura adecuada.

La venganza, dicen, es un platillo que se sirve frío.

En el segundo piso… probablemente ya estén poniendo la mesa.

Y el PT, sin saberlo —o sabiéndolo demasiado— podría haber llevado ya su propia cuchara.

Como advertía esa vieja lógica del sistema: en el pecado, siempre llega la penitencia.

Y casi nunca tarda.

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