BITÁCORA INQUIETA
Cuando el enemigo no está enfrente… sino dentro del hombre
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
La guerra no es una victoria: es la forma más costosa de demostrar que el hombre no supo pensar.
No llega como relámpago, sino como una lluvia persistente que termina por calar hasta los huesos de la conciencia. Y cuando uno mira la historia sin los adornos de la épica, descubre una verdad incómoda: no hay una sola guerra que haya terminado con un triunfo absoluto.
Ni Roma, que creyó eterna su espada, logró imponerse al tiempo. Ni los imperios que se proclamaron invencibles pudieron sostener su dominio más allá de unas cuantas generaciones. Si la fuerza hiciera el derecho, todavía marcharían legiones sobre el mundo. Pero no: hoy Roma es ruina, museo, advertencia.
Porque la guerra, en su esencia más cruda, no es una confrontación entre naciones, sino un fracaso del pensamiento.
Hoy, mientras las sirenas antiaéreas vuelven a sonar en ciudades como Kyiv o Gaza, y los hospitales aprenden a funcionar bajo la lógica de la emergencia permanente, la humanidad insiste en repetir su error más antiguo: convertir al otro en enemigo para justificar su incapacidad de comprenderlo.
Se nos ha enseñado —con la insistencia de los viejos dogmas— que el conflicto es inevitable, que la defensa es necesaria, que la amenaza es lenguaje legítimo. Pero basta detenerse un instante, mirar el mapa sin las fronteras dibujadas por la política, para descubrir la mentira:
El hombre común no odia al hombre común; le enseñan a hacerlo.
No hay odio natural entre ellos. Hay, en cambio, narrativas construidas, intereses inflados, ideologías nebulosas que se visten de destino para justificar lo injustificable.
Según estimaciones históricas ampliamente documentadas, más de 100 millones de personas murieron en guerras durante el siglo XX, de acuerdo con estimaciones históricas ampliamente aceptadas por organismos multilaterales, el mismo siglo que presumió los mayores avances científicos de la historia. Esa contradicción —progreso técnico y atraso moral— es la herida más profunda de nuestra especie.
Y lejos de corregirse, la tendencia persiste: el gasto militar global superó los 2.4 billones de dólares en 2024, de acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), según datos de organismos internacionales de seguridad y defensa. Nunca habíamos invertido tanto en prepararnos para destruirnos.
La paz, en cambio, sigue siendo el proyecto menos financiado de la humanidad.
Porque mientras el hombre aprendía a dividir el átomo, olvidaba cómo gobernarse a sí mismo.
Y ahí radica el verdadero problema: no en las armas, sino en quien las sostiene. Las bombas no odian. Los misiles no deciden. La destrucción no es autónoma: obedece. Y cuando obedece, revela que el conflicto no es tecnológico, sino humano.
Hoy, además, la guerra ha dejado de ser exclusivamente física. Se libra también en códigos invisibles, en algoritmos capaces de identificar objetivos en milisegundos, en sistemas de inteligencia artificial diseñados para anticipar y ejecutar decisiones letales. La velocidad de la tecnología ha superado, una vez más, la madurez de la conciencia.
Es como si la inteligencia hubiera corrido más rápido que la ética, dejando al mundo en manos de un poder que aún no entiende para qué existe.
En alguna parte del mundo, mientras dos gobiernos intercambian amenazas, un niño aprende a distinguir el sonido de los drones no por curiosidad, sino por supervivencia.
Ese niño no sabe de geopolítica. No entiende de soberanía, ni de tratados, ni de intereses estratégicos. Solo sabe que el cielo puede caerle encima.
Y esa es, quizá, la definición más honesta de la guerra.
Se habla de seguridad nacional como si fuera un escudo moral. Se invoca la soberanía como si justificara la amenaza. Pero toda guerra, en el fondo, se parece demasiado a las excusas de un ladrón que argumenta necesidad o de un asesino que invoca razones.
Cambian los discursos. No la esencia.
La guerra no es un acto de poder: es una confesión de incapacidad.
Y, sin embargo, hay una verdad más luminosa que insiste en sobrevivir entre los escombros: no existe un solo problema internacional que no pueda resolverse por la vía de la razón.
No se trata de ingenuidad, sino de evidencia histórica. Las guerras no resuelven conflictos: los posponen, los transforman o los multiplican. Los tratados, las negociaciones, los acuerdos —imperfectos, frágiles, humanos— han evitado más tragedias de las que la pólvora ha logrado imponer.
Pero la razón exige algo que la guerra no tolera: tiempo, escucha, inteligencia emocional. Exige renunciar al impulso inmediato de imponer y aceptar la complejidad de convivir.
Y eso, para una humanidad educada en la prisa y en la dominación, sigue siendo una tarea pendiente.
Mientras tanto, seguimos jugando con ideologías como si fueran artefactos inofensivos, invocando “ismos” que recorren el mundo como fantasmas: nacionalismos, extremismos, dogmas reciclados que prometen identidad y terminan sembrando división.
Y en ese juego, lo que está en riesgo ya no es una frontera, ni un sistema político, ni una hegemonía económica.
Es la continuidad misma de la especie.
Nunca antes el hombre había tenido en sus manos la posibilidad real de su propia extinción. La disuasión nuclear, lejos de desaparecer, sigue latente en un mundo donde varias potencias mantienen arsenales capaces de destruir el planeta varias veces. Nunca antes la historia había dependido tanto de la lucidez —o la imprudencia— de quienes deciden.
Estamos, como nunca, en una carrera silenciosa entre la racionalidad y la aniquilación.
Y no hay garantía de que la razón vaya ganando.
En países como México, donde la violencia ha dejado de ser excepción para convertirse en paisaje, esa lógica de confrontación se ha normalizado hasta en la vida cotidiana. La guerra ya no siempre se declara: a veces se administra.
Y eso la vuelve aún más peligrosa.
Por eso la verdadera lucha del hombre no está en los campos de batalla, sino en los territorios invisibles de su propia naturaleza. No es contra el otro: es contra el miedo, contra la ignorancia, contra esa pulsión antigua que convierte la diferencia en amenaza.
El hombre no fue hecho para destruirse.
Fue hecho para comprender, para crear, para expandirse más allá de sus límites. Su verdadera conquista no está en someter a otros hombres, sino en vencer aquello que lo mantiene anclado a la barbarie.
Porque al final, toda guerra revela una pobreza: la incapacidad de imaginar soluciones más altas.
Y toda paz verdadera exige una riqueza: la valentía de pensar distinto.
Quizá por eso la gran pregunta de nuestro tiempo no es quién ganará la próxima guerra, sino si seremos capaces de evitarla.
Porque perderíamos todos.
En este nuevo siglo, la guerra ya no siempre se declara: se administra. Se disfraza de arancel, de bloqueo, de sanción estratégica. Las tensiones entre Estados Unidos e Irán escalan en un tablero donde cada movimiento mide fuerzas sin declararlas del todo; la presión sobre Venezuela se traduce en maniobras políticas y económicas que redefinen el equilibrio regional; Cuba sobrevive bajo un cerco energético que convierte la electricidad en privilegio; mientras México y China experimentan fricciones comerciales que revelan que el comercio también puede ser campo de batalla. Incluso entre socios, como México y Estados Unidos, los aranceles, la migración y la seguridad se negocian bajo la lógica de la presión. Ya no se necesitan trincheras cuando el comercio, la energía y la diplomacia se convierten en armas. El conflicto ha mutado: ahora también se libra en aduanas, mercados y rutas marítimas.
Y sin embargo, en medio de este ruido global, llega un tiempo que invita al silencio. La Semana Santa —más allá de credos— representa una pausa en la conciencia, una tregua simbólica que la humanidad rara vez se concede. Tal vez ahí, en ese intervalo breve donde el mundo desacelera, exista una oportunidad: la de preguntarnos si el sacrificio que recordamos cada año tiene algún eco en nuestras decisiones colectivas. Porque si hay un momento para detener la inercia del conflicto, es este. Un momento para reconocer que ninguna victoria vale lo que cuesta una vida, que ningún dogma justifica la destrucción, y que tal vez —solo tal vez— la paz no es un ideal ingenuo, sino la única forma inteligente de sobrevivir.
COLOFÓN
La guerra es, en última instancia, una renuncia: la renuncia a pensar mejor.
El día que el hombre entienda que su enemigo no es otro hombre, sino su propia incapacidad de razonar, ese día terminarán las guerras.
Y si no lo entiende —si sigue confundiendo poder con destrucción y estrategia con imposición— la historia no lo absolverá:
simplemente continuará… sin nosotros.
Y el silencio será la única victoria que la guerra haya conseguido.
Nos leemos en la siguiente columna.

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