CUANDO EL OLVIDO SE VUELVE OBRA PÚBLICA
BITÁCORA INQUIETA
Costa Rica, Sinaloa: entre la promesa de obra… y la deuda histórica
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay pueblos que no están en los mapas del poder… pero sí en las estadísticas que lo sostienen.
Costa Rica, Sinaloa, ha sido durante décadas uno de esos territorios: fértil en trabajo, constante en producción, generoso en historia… y, sin embargo, escaso en atención institucional.
Por eso, cuando llega la noticia —no como rumor, sino como anuncio oficial— de que se pavimentarán nuevas vialidades y se rehabilitará un espacio deportivo con una inversión de 25 millones de pesos, no se trata solamente de infraestructura.
Se trata de algo más profundo:
Una grieta en el abandono.
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I. EL TERRITORIO QUE PRODUCE… PERO NO DECIDE
Costa Rica no es una sindicatura cualquiera.
Es, en términos territoriales y poblacionales, una de las más grandes del municipio de Culiacán.
Su historia está entrelazada con el pulso agrícola de Sinaloa, con la zafra que marcó generaciones, con el comercio que dio identidad, con las manos que nunca han dejado de trabajar.
Y, sin embargo, durante años, su desarrollo ha sido periférico.
No por falta de capacidad. No por falta de gente. Sino por falta de prioridad.
Porque en México —y Sinaloa no es la excepción— el desarrollo no siempre sigue la lógica del mérito, sino la del centro. Y todo lo que queda fuera de ese centro, aunque produzca, aunque sostenga, aunque resista… se vuelve invisible.
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II. LA POLÍTICA CUANDO LLEGA TARDE
La reciente visita del presidente municipal, Juan de Dios Gámez Mendívil, y el anuncio de un paquete de obras “a realizarse de inmediato”, abre una pregunta incómoda:
¿Por qué hasta ahora?
Porque pavimentar tres vialidades no es solo una obra pública. Es, en muchos casos, el primer reconocimiento de existencia institucional para una comunidad que ha aprendido a sobrevivir con calles de polvo o de lodo.
Rehabilitar un espacio deportivo no es solo mejorar una cancha. Es devolverle a una generación un lugar donde el tiempo no se pierda… sino se construya.
Los 25 millones de pesos, en términos presupuestales, pueden ser modestos frente a grandes proyectos urbanos. Pero en territorios históricamente relegados, ese monto adquiere otra dimensión:
La de la dignidad.
El problema no es que las obras lleguen…
sino que durante años no fueron necesarias para quienes deciden.
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III. EL RIESGO DE LA PROMESA
Pero la historia mexicana —esa que no se escribe en discursos, sino en obras inconclusas— obliga a mirar con cautela.
Porque entre el anuncio y la ejecución, muchas veces se abre un abismo.
Y en ese abismo caben: los retrasos, las reasignaciones, las prioridades cambiantes, y, peor aún, el olvido renovado.
Costa Rica no necesita anuncios.
Necesita cumplimiento.
Necesita que la maquinaria llegue, que el concreto se coloque, que las obras se terminen, que el presupuesto se ejerza con transparencia.
Porque en este país, la verdadera política no se mide por lo que se promete… sino por lo que permanece.
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IV. MÁS QUE CALLES: UNA DEUDA HISTÓRICA
Hablar de pavimentación en Costa Rica es, en el fondo, hablar de una deuda acumulada.
Una deuda con generaciones que crecieron entre calles sin trazo. Con comerciantes que operaron sin infraestructura adecuada. Con jóvenes que han tenido que migrar porque el desarrollo no llegó a tiempo.
Lo que ocurre en Costa Rica no es una excepción: es un patrón nacional.
Según datos de rezago urbano y acceso a servicios básicos del INEGI, una proporción significativa de comunidades en sindicaturas rurales del país mantiene carencias estructurales en infraestructura vial y espacios públicos, reflejo de una deuda histórica que no se resuelve en un solo presupuesto.
No se trata de celebrar obras.
Se trata de reconocer que llegan tarde.
Y que, precisamente por eso, deben llegar bien.
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V. EL VALOR DE LO LOCAL
Que estas noticias circulen en espacios como Agenda Política, de Jorge Luis Téllez Salazar, no es menor: el desarrollo también necesita ser narrado para existir.
Lo que no se dice, no existe.
Y lo que no existe, no se atiende.
Por eso, más allá de la obra, importa la visibilidad.
Importa que Costa Rica deje de ser margen… para convertirse en referencia.
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VI. LA ESPERANZA COMO RESPONSABILIDAD
Sería fácil caer en el escepticismo.
Decir que es poco. Que es tarde. Que no es suficiente.
Y, en parte, sería cierto.
Pero también sería incompleto.
Porque en territorios donde el abandono ha sido norma, cada avance —por mínimo que parezca— abre una posibilidad.
La esperanza, en estos casos, no es ingenuidad.
Es responsabilidad.
La responsabilidad de exigir que lo anunciado se cumpla.
La responsabilidad de vigilar que los recursos se apliquen.
La responsabilidad de convertir una obra en un proceso sostenido.
Porque el verdadero desarrollo no llega en paquetes.
Se construye en continuidad.
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COLOFÓN
Costa Rica no necesita milagros.
Necesita memoria.
Porque un pueblo que pavimenta sus calles sin recordar su abandono… corre el riesgo de volver a transitarlo.
Y ese destino —si no se vigila— siempre regresa.

