Eduardo Sadot

 

La transición presidencial en México obliga a distinguir, como lo planteó Max Weber, entre dominación legal y la persistencia del liderazgo carismático que, una vez institucionalizado, trasciende al individuo y se inserta en estructuras duraderas. Aunque formalmente el poder Ejecutivo recae en Claudia Sheinbaum, la continuidad del proyecto político previo sugiere la presencia de un fenómeno donde el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador no desaparece, sino que se transforma en influencia estructural. Weber advertía que el carisma, para sobrevivir, debía routinizarse; es decir, convertirse en organización, normas y cuadros políticos. Este proceso parece verificarse en el caso mexicano, donde la llamada Cuarta Transformación opera más como sistema que como liderazgo individual.

Desde otra perspectiva, Robert A. Dahl definió el poder como la capacidad de A para influir en B incluso contra su voluntad, lo que permite analizar no la titularidad formal del gobierno, sino la capacidad efectiva de incidencia. En este sentido, la alineación discursiva, programática y organizacional del actual gobierno con el anterior abre la posibilidad de una influencia indirecta persistente, sin necesidad de intervención visible. A su vez, el concepto de hegemonía de Antonio Gramsci resulta particularmente útil: el poder no se ejerce únicamente desde el Estado, sino desde la capacidad de dirigir cultural e ideológicamente a la sociedad.

Bajo esta lógica, el lopezobradorismo puede entenderse como un proyecto hegemónico en consolidación, cuyo liderazgo original sigue definiendo los marcos de interpretación política, incluso tras la conclusión del mandato formal. Complementariamente, C. Wright Mills sostuvo que el poder se concentra en élites relativamente estables que sobreviven a los cambios institucionales, lo que se refleja en la permanencia de actores clave dentro del aparato político mexicano. Sin embargo, sería analíticamente impreciso negar los márgenes de autonomía del nuevo gobierno, ya que, como advierte Giovanni Sartori, los sistemas políticos evolucionan mediante procesos internos de diferenciación que permiten la emergencia de liderazgos propios dentro de una misma corriente.

En consecuencia, no existen elementos empíricos concluyentes para afirmar un control directo del expresidente sobre el gobierno en funciones, pero tampoco resulta sostenible ignorar la persistencia de una influencia política significativa. México enfrenta así una tensión inherente a las democracias contemporáneas: la coexistencia entre legitimidad formal e influencia informal, donde el poder no se limita a quien gobierna, sino también a quien conserva la capacidad de orientar el rumbo político.

El dilema es que la esencia del proyecto obradorista – que no el del partido MORENA – se basa en la preservación del poder, ello provoca que las políticas públicas no están encaminadas al bienestar de la población, sino a la permanencia de AMLO en el poder, ello se hace evidente en las acciones emprendidas por el gobierno anterior, cuando no consideran la eventualidad de dejar el gobierno y tampoco el respeto a la democracia, cuando impulsa a su familia, con el manto protector de la impunidad, al mismo tiempo que se derrocha dinero y se aplaza el mantenimiento y gastos con fines electoreros, populistas y se destruye el Estado de derecho ,con un abstencionismo descarado en la elección del poder judicial para nombrar ignorantes incondicionales.

@eduardosadot
Tik tok: eduardosadotoficial

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *