José Luis Parra

 

La silla vacía también comunica. A veces grita.

La ausencia de Rubén Rocha Moya en el Congreso Nacional de Morena no fue un detalle logístico. Fue el mensaje. Un hueco cuidadosamente administrado. Un silencio que pesó más que cualquier discurso. Porque mientras la dirigencia se renovaba, el elefante seguía ahí. Quieto. Incómodo. Imposible de ignorar.

La narrativa oficial quiso girar hacia la épica. Despedida emotiva de Luisa María Alcalde. Llegada firme de Ariadna Montiel. Promesas de depuración moral. Disciplina partidista. Candidaturas impecables. Todo muy limpio. Demasiado limpio.

Pero la realidad es terca. Y viene con expediente.

Las acusaciones desde Nueva York no son un tuit incómodo. Son dinamita política. Salpican a nombres que no caben en el cajón de los errores menores. Enrique Inzunza. Juan de Dios Gámez Mendívil. Y otros más. Demasiados para que todo sea coincidencia. Muy pocos para que alguien asuma responsabilidad.

Entonces vino el discurso. El clásico. El infalible. El salvavidas de siempre.

La culpa es de afuera.

La nueva lideresa habló de honestidad. De limpiar la casa. De cerrar la puerta a los impresentables. Y en el mismo paquete colocó el comodín del intervencionismo. Ese que sirve para todo. Para desviar. Para agrupar. Para encender a la militancia. Palabra mágica. Injerencia.

El libreto no es nuevo. Ya lo domina la presidenta Claudia Sheinbaum. Cuando el problema aprieta, se mira al norte. Cuando la presión sube, se invoca la soberanía. Funciona. Aplausos garantizados. Conciencias tranquilas.

Mientras tanto, en primera fila, los aludidos escuchaban. Callados. Disciplinados. Algunos esquivando miradas. Otros esquivando preguntas. Adán Augusto López. Mario Delgado. Américo Villarreal. Marcelo Ebrard. Gerardo Fernández Noroña. Ricardo Monreal. Todos bajo la misma frase. En Morena los corruptos no tienen cabida.

La frase resistió. La realidad no tanto.

Porque hay algo más incómodo que una silla vacía. La incongruencia llena. Esa que se sienta en el presídium. Esa que aplaude. Esa que promete austeridad desde el privilegio. Esa que habla de moral mientras esquiva el espejo.

El cierre de filas fue la consigna. Alfonso Durazo y Alcalde reforzaron la idea. Defender la soberanía. Resistir presiones. Denunciar a la oposición. Todo en orden. Todo alineado. Nada sobre Sinaloa. Nada sobre Rocha. Nada sobre el fondo.

La política mexicana tiene esa habilidad. Convertir crisis en narrativa. Y narrativa en escudo.

Pero el expediente sigue ahí. Y no es menor. Porque cuando la sospecha toca al poder, ya no es tema de oposición. Es tema de credibilidad. Y la credibilidad, esa sí, no se construye con discursos.

Se construye con decisiones.

Retirar una silla no borra un problema. Solo lo disfraza.

Y a veces ni eso.

Como en este caso.

Donde la ausencia terminó siendo la presencia más contundente del evento.

Como ya se ha visto en otros episodios, el poder tiende a cerrarse cuando se siente acorralado. A blindarse. A negar. A culpar al exterior. El guion se repite. Cambian los nombres. Cambian los escenarios. No cambia la esencia .

Y mientras tanto, afuera, la militancia pide algo más básico. Piso parejo. Transparencia. Reglas claras. Nada extraordinario. Lo mínimo indispensable para creer.

Porque sin eso, la silla vacía no será excepción.

Será costumbre.

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