BITÁCORA INQUIETA
Cuando una sociedad comienza a medirse no por lo que promete a sus mujeres, sino por lo que finalmente les permite ser
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay frases que, cuando se pronuncian desde el poder, no describen únicamente el presente: convocan al futuro.
Son palabras que parecen sencillas, pero que arrastran siglos de silencios, de exclusiones y de puertas cerradas.
Y una de esas frases fue pronunciada recientemente por la gobernadora de Sinaloa, Yeraldine Bonilla Valverde:
—“En Sinaloa avanzamos hacia una sociedad más igualitaria entre hombres y mujeres”.
La afirmación tiene la contundencia de una promesa y la delicadeza de un desafío.
Porque la igualdad no es una meta administrativa.
No es una fotografía institucional.
No es una consigna para ceremonias oficiales.
La igualdad verdadera es otra cosa.
Es una revolución silenciosa que ocurre cuando una niña nace sin que el mundo le imponga fronteras invisibles.
Cuando una mujer puede estudiar, trabajar, decidir, crear, dirigir y vivir sin miedo.
Cuando el talento deja de pedir permiso.
Y cuando el género deja de determinar el tamaño de los sueños.
Durante siglos, la historia fue escrita casi exclusivamente por hombres.
Las mujeres estuvieron presentes en la construcción de la civilización, pero ausentes de los créditos.
Levantaron hogares, sostuvieron economías, educaron generaciones y mantuvieron en pie sociedades enteras, mientras la historia oficial apenas les concedía notas al pie.
Sin embargo, el siglo XXI comenzó a corregir, lentamente, esa antigua deuda.
Y hoy la pregunta ya no es si las mujeres merecen igualdad.
La verdadera pregunta es cuánto tiempo puede una sociedad permitirse seguir desperdiciando la mitad de su inteligencia.
Los datos hablan con una claridad que no admite maquillaje.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la tasa de participación económica de las mujeres en México ronda el 46 por ciento, mientras que la de los hombres supera el 75 por ciento.
Es decir: millones de mujeres continúan enfrentando barreras estructurales para incorporarse plenamente al mercado laboral.
Y aun cuando logran hacerlo, la desigualdad persiste.
Diversos análisis del Instituto Mexicano para la Competitividad muestran que, en promedio, las mujeres suelen percibir menores ingresos que los hombres en puestos comparables, especialmente en niveles directivos.
Pero quizá el dato más revelador se encuentra dentro de los hogares.
La Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares del INEGI estima que las mujeres realizan cerca del 70 por ciento del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado del país.
Cocinan.
Limpian.
Cuidan.
Acompañan.
Organizan la vida cotidiana.
Y sostienen, sin salario ni reflectores, el funcionamiento invisible de la economía nacional.
México sería mucho más pobre si ese trabajo dejara de existir por un solo día.
La violencia agrega otra capa de injusticia.
La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2021) documentó que 7 de cada 10 mujeres de 15 años y más han experimentado al menos un incidente de violencia a lo largo de su vida.
Setenta por ciento.
No es una estadística.
Es una radiografía moral del país.
Es la prueba de que la desigualdad no siempre grita.
A veces susurra.
A veces se esconde en el miedo.
A veces duerme al lado de sus víctimas.
Y, sin embargo, también existen señales de transformación.
México se ha convertido en uno de los países con mayor representación femenina en el poder legislativo gracias al principio constitucional de paridad.
Las mujeres han alcanzado e incluso superado a los hombres en diversos indicadores educativos.
Y por primera vez en la historia moderna del país, el liderazgo político femenino ocupa los espacios más visibles de la vida pública.
Todo ello demuestra que la igualdad no es una utopía.
Es una construcción institucional y cultural posible.
En Sinaloa, como en el resto del país, el desafío consiste en traducir los avances legales en realidades cotidianas.
Porque una sociedad no se vuelve igualitaria cuando inaugura oficinas o pronuncia discursos.
Se vuelve igualitaria cuando ninguna mujer teme regresar sola a casa.
Cuando la maternidad no castiga las trayectorias profesionales.
Cuando el trabajo de cuidados se comparte.
Cuando el salario reconoce el mérito y no el género.
Cuando las niñas crecen convencidas de que el mundo también les pertenece.
Ningún país puede considerarse plenamente desarrollado mientras la mitad de su población continúe enfrentando barreras estructurales por razón de género.
La igualdad entre mujeres y hombres no es solamente una cuestión de justicia; es la base indispensable para alcanzar un mundo pacífico, próspero y sostenible.
ONU Mujeres lo ha dicho con claridad: la igualdad de género no es únicamente un imperativo ético, sino una condición indispensable para el crecimiento económico, la estabilidad democrática y el desarrollo sostenible.
Por eso el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 5 de las Naciones Unidas no es un gesto simbólico.
Por eso el Objetivo de Desarrollo Sostenible 5 (ODS 5) de las Naciones Unidas establece:
“Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas.”
Es uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados en 2015 por los Estados miembros de las Naciones Unidas como parte de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.
EI ODS 5 reconoce que la igualdad de género no es solo un derecho humano fundamental, sino una condición indispensable para construir sociedades pacíficas, prósperas y sostenibles.
Entre sus metas principales se encuentran:
1. Poner fin a todas las formas de discriminación contra mujeres y niñas.
2. Eliminar la violencia en los ámbitos público y privado.
3. Erradicar prácticas nocivas como el matrimonio infantil y la mutilación genital femenina.
4. Reconocer y valorar el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.
5. Garantizar la participación plena y efectiva de las mujeres en todos los niveles de decisión política, económica y pública.
6. Asegurar el acceso universal a la salud sexual y reproductiva.
7. Promover reformas para otorgar igualdad de derechos a recursos económicos y propiedad.
8. Fortalecer el uso de tecnologías para empoderar a las mujeres.
9. Adoptar políticas y leyes sólidas para promover la igualdad de género.
En esencia, el ODS 5 propone que:
Nacer mujer no debe significar tener menos derechos, menos seguridad, menos ingresos ni menos oportunidades.
La igualdad de género no es una concesión del poder; es una deuda histórica de la civilización.
Es una hoja de ruta para la supervivencia civilizatoria.
Porque los países que marginan a sus mujeres no sólo cometen una injusticia.
Cometen un error estratégico.
Renuncian voluntariamente a la mitad de su talento, de su creatividad y de su capacidad de transformación.
Y ningún país puede aspirar a la grandeza si decide caminar sobre una sola pierna.
Quizá por eso la frase de la gobernadora adquiere un significado más profundo.
No es un punto de llegada.
Es un recordatorio de que la igualdad auténtica todavía se está construyendo.
Piedra por piedra.
Ley por ley.
Conciencia por conciencia.
Generación tras generación.
Porque la verdadera modernidad comienza el día en que nacer mujer deja de significar enfrentar más obstáculos que oportunidades.
Y ese día, cuando finalmente llegue, no habrán triunfado solamente las mujeres.
Habrá triunfado la inteligencia.
La justicia.
Y la parte más luminosa de nuestra condición humana.
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