BITÁCORA INQUIETA
Mahahual y la derrota de una idea peligrosa: cuando la naturaleza recordó que no todo paraíso está en venta
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay lugares del mundo que parecen haber sido escritos con paciencia.
Mahahual, Quintana Roo es uno de ellos.
Una franja de arena blanca donde el Caribe respira con la serenidad de los sitios que todavía no han sido derrotados por completo por la prisa del dinero. Un pueblo diminuto de apenas tres mil habitantes donde la selva toca el mar con la delicadeza de una despedida, donde los manglares sostienen la vida como si fueran raíces del tiempo y donde las tortugas marinas regresan cada año, obedeciendo una memoria más antigua que cualquier plan de negocios.
Durante siglos, la naturaleza tardó en construir ese equilibrio.
Una corporación turística pensó que podía transformarlo en unos cuantos meses.
Y eso, en esencia, era el proyecto Perfect Day México, impulsado por royalcaribbean.com: un parque acuático de 90 hectáreas diseñado para recibir hasta 21 mil visitantes diarios en un poblado cuya población apenas supera los tres mil habitantes. Una invasión demográfica cotidiana siete veces mayor que la comunidad que lo habita.
El nombre del proyecto parecía una ironía.
Porque lo que para los inversionistas prometía un “día perfecto”, para los ecosistemas significaba una larga temporada de destrucción.
Manglares talados.
Corales amenazados.
Corredores biológicos fragmentados.
Suelo erosionado.
Agua subterránea comprometida.
Y, sobre todo, una vieja pregunta que México no ha terminado de responder:
¿Cuánto vale un paisaje cuando se le compara con la rentabilidad inmediata?
Esta semana, la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena, anunció que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales no aprobará la Manifestación de Impacto Ambiental del proyecto. La decisión se alinea con la postura expresada previamente por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien afirmó que no se haría nada en Mahahual que pusiera en riesgo el equilibrio ecológico de la zona.
No fue solamente una resolución administrativa.
Fue un raro instante de cordura.
Un momento en que el Estado mexicano pareció recordar que gobernar no consiste únicamente en atraer inversiones, sino también en saber decir no cuando el progreso amenaza con devorarse aquello que pretende promover.
Porque hay inversiones que construyen.
Y hay inversiones que arrasan.
Hay turismo que deja prosperidad.
Y hay turismo que llega como una marea de concreto, consume el paisaje y se retira dejando a los habitantes con empleos precarios y una naturaleza irreparablemente mutilada.
La indignación pública fue tan extensa como el arrecife que se buscaba alterar.
Más de 3.8 millones de personas firmaron en change.org la petición para detener el proyecto. Un análisis de conversación digital reportó más de 381 millones de impresiones en redes sociales y un rechazo del 91% de los usuarios; casi la mitad de ellos utilizó una palabra devastadora: ECOCIDIO.
La palabra no es exagerada.
Es exacta.
Y por eso la verdadera pregunta no es cuánto dinero puede generar un proyecto turístico en el corto plazo, sino cuánto futuro estamos dispuestos a sacrificar por una rentabilidad inmediata.
Porque un manglar no es un estorbo para la inversión.
Es una infraestructura biológica construida por la evolución durante miles de años. Protege las costas, amortigua huracanes, alberga vida, captura carbono y defiende silenciosamente a las comunidades humanas frente al avance del cambio climático.
Un manglar no es un pantano improductivo: es una bóveda biológica donde la Tierra guarda, gramo a gramo, el carbono que podría calentar el futuro.
Destruir un manglar para instalar toboganes y piscinas es como demoler una catedral gótica para construir un casino.
Puede generar utilidades.
Pero empobrece la civilización.
Mahahual se encuentra frente al Sistema Arrecifal Mesoamericano, la segunda barrera coralina más grande del planeta, un sistema ecológico que sostiene pesca, turismo y biodiversidad en buena parte del Caribe. Lo que estaba en juego no era sólo un negocio; era un patrimonio natural cuya complejidad no puede reconstruirse con discursos ni compensarse con campañas publicitarias.
Y aquí emerge una verdad incómoda.
El desarrollo económico no siempre coincide con el desarrollo humano.
Una nación madura no es la que acepta cualquier inversión.
Es la que distingue entre riqueza y depredación.
Es la que entiende que el PIB puede crecer al mismo tiempo que disminuye la calidad del agua, se erosionan las costas y desaparecen especies que tardaron milenios en llegar hasta nosotros.
Durante décadas, México confundió crecimiento con cemento.
Creyó que cada hotel era sinónimo de progreso y que cada hectárea urbanizada representaba modernidad.
Pero el verdadero desarrollo no consiste en llenar el litoral de concreto, sino en preservar aquello que hace del litoral un lugar único e irrepetible.
Mahahual no ganó únicamente una batalla jurídica y ambiental.
Ganó una lección moral.
Demostró que, cuando la sociedad se organiza, el poder económico deja de parecer invencible.
Demostró que los manglares pueden defenderse también con firmas, argumentos y conciencia pública.
Demostró, en suma, que la ciudadanía todavía puede obligar al Estado a recordar para quién gobierna.
Porque hay días perfectos que sólo existen mientras nadie intenta comprarlos.
Y hay paraísos cuya mayor riqueza consiste precisamente en no haber sido transformados en mercancía.
Mahahual seguirá siendo, al menos por ahora, un lugar donde el arrecife aún late, la selva todavía toca el mar y las tortugas continúan regresando al sitio que reconocen como suyo.
Quizá esa sea la forma más elevada de progreso.
Saber que existen territorios cuyo valor es tan profundo que la única manera de preservarlos es dejarlos respirar.
EL COLOFÓN
El verdadero desarrollo comienza el día en que una nación comprende que no todo lo que genera ganancias merece permiso para existir.
No todo lo que promete riqueza merece permiso para alterar lo irrepetible.
Porque hay paraísos cuya mayor riqueza consiste, precisamente, en seguir siendo imposibles de reemplazar.
Porque destruir un manglar para acelerar una inversión es como incendiar la bóveda donde el planeta resguarda parte de su equilibrio climático.

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