El Mundial y los días que importan
Por: Nuria González Elizalde, directora general de Mexicanos Primero Sinaloa
X/Twitter: @MexicanosloSin @GlezNu.
La Copa Mundial de Futbol 2026 ya comenzó. Millones de personas en todo el mundo siguen uno de los eventos deportivos más importantes del planeta. Y precisamente por eso vale la pena hacerse una pregunta incomoda: ¿por qué cada vez que enfrentamos una contingencia o un acontecimiento extraordinario terminamos poniendo en riesgo el tiempo destinado al aprendizaje de niñas, niños y adolescentes?
La pregunta surge después de que el Gobierno Federal anunciara medidas especiales para la inauguración del torneo en la Ciudad de México, incluyendo la suspensión de clases en la capital. La decisión responde a circunstancias específicas de movilidad y operación urbana. Sin embargo, el debate educativo relacionado con el Mundial comenzó mucho antes.
Hace apenas unas semanas se discutía la posibilidad de concluir anticipadamente el ciclo escolar en distintas entidades del país. La propuesta se sustentaba principalmente en las altas temperaturas que afectan a miles de escuelas mexicanas, pero también aparecieron referencias a la realización del Mundial. Aquella discusión dejó una inquietud difícil de ignorar, ya que mientras se analizaban medidas con impacto nacional sobre millones de estudiantes, las sedes mexicanas del torneo se concentraban únicamente en tres entidades federativas.
Más allá de las decisiones concretas, la discusión reveló algo preocupante: cada vez que enfrentamos una contingencia, el tiempo destinado al aprendizaje parece convertirse en una variable flexible. No porque el calor no sea real, lo es. No porque las escuelas deban operar en condiciones que pongan en riesgo la salud de estudiantes y docentes. Por supuesto que no.
El problema es otro. Tanto el Mundial como las temperaturas extremas eran fenómenos perfectamente previsibles. México sabía desde hace ocho años que organizaría la Copa del Mundo. Del mismo modo, nadie puede afirmar que el calor extremo llegó por sorpresa. Los especialistas llevan décadas advirtiendo sobre los efectos del cambio climático y sobre la necesidad de adaptar la infraestructura pública a una nueva realidad ambiental.
Por eso la pregunta de fondo no es cuántos días marca el calendario escolar. La pregunta es cuánto tiempo efectivo de aprendizaje estamos logrando proteger. Porque abrir una escuela no garantiza por sí mismo el derecho a aprender. Para que ese derecho exista hacen falta condiciones para estar, aprender y participar. Cuando una escuela suspende actividades por violencia, por calor extremo, por falta de infraestructura o por cualquier otra contingencia, lo que está en riesgo no es solamente el cumplimiento administrativo del calendario, sino también las oportunidades reales de aprendizaje de niñas, niños y jóvenes.
Y aquí aparece otra pregunta incómoda. Si sabemos que las temperaturas extremas serán cada vez más frecuentes, ¿por qué seguimos discutiendo cómo suspender clases y no cómo adaptar las escuelas?
Hablamos de resiliencia y adaptación climática, pero miles de planteles continúan operando sin sombra suficiente, sin ventilación adecuada, sin infraestructura eléctrica capaz de soportar equipos de enfriamiento y sin condiciones mínimas para enfrentar jornadas de calor extremo. Pareciera que hemos aceptado que cerrar escuelas es más sencillo que transformarlas.
La evidencia internacional ayuda a entender por qué todo esto importa. En el estudio Students’ Effort and Educational Achievement: Using the Timing of the World Cup to Vary the Value of Leisure, publicado en 2019 por los economistas Robert Metcalfe, Simon Burgess y Steven Proud, se analizaron los resultados de millones de exámenes aplicados a estudiantes en Inglaterra durante años con y sin Mundial o Eurocopa. Los investigadores encontraron que cuando estos grandes torneos coincidían con periodos de evaluación de alta relevancia, el desempeño académico disminuía de manera significativa. El efecto se observó en el conjunto de estudiantes, pero fue más intenso entre aquellos grupos con mayor interés en el futbol.
La conclusión no fue que el futbol sea un problema, sino algo más sencillo, cuando un evento masivo compite por la atención y tiempo de los estudiantes durante periodos críticos de evaluación, el aprendizaje puede verse afectado.
En Sinaloa, además esta discusión tiene un rostro concreto. Mientras el país vive las primeras jornadas del Mundial, miles de estudiantes estarán entrando en procesos de recuperación de aprendizajes, reforzamiento académico, regularización y evaluación extraordinaria. Son niñas, niños y adolescentes que todavía intentan cerrar brechas acumuladas durante el ciclo escolar. Algunos buscan acreditar asignaturas pendientes, otros necesitan apoyo adicional para alcanzar los aprendizajes esperados. Para ellos, el ciclo escolar no termina cuando concluye el calendario regular.
En estas discusiones casi nunca aparecen quienes más deberían importarnos, los estudiantes que aún intentan recuperar aprendizajes, ponerse al día después de años difíciles y reconstruir trayectorias escolares afectadas por múltiples interrupciones. Sin embargo, son quienes más necesitan cada hora de acompañamiento docente y quienes más resienten la pérdida de tiempo efectivo de aprendizaje.
Lo aprendimos durante la pandemia. Lo hemos visto en contextos de violencia. Lo seguimos observando frente a fenómenos climáticos cada vez más frecuentes. Los días de clase que se pierden rara vez se recuperan por completo. Y cuando las interrupciones se acumulan, también se amplían las diferencias entre quienes tienen más oportunidades y quienes tienen menos
Por eso la discusión que deja el Mundial va mucho más allá del futbol. En realidad, nos obliga a preguntarnos qué lugar ocupa el aprendizaje de niñas, niños y jóvenes cuando las autoridades toman decisiones que afectan la vida escolar.
El Mundial terminará, las olas de calor volverán el próximo año y las interrupciones que hoy afectan a las escuelas seguirán exigiendo respuestas. Lo que permanecerá serán las decisiones que tomemos frente a esos desafíos.
Porque las prioridades públicas no se miden por lo que se declara importante, sino por aquello que se incorpora a la agenda, se planea, se financia y se atiende. Y si de verdad queremos colocar a niñas, niños y jóvenes en el centro, entonces el aprendizaje debe dejar de ser la variable que siempre estamos dispuestos a sacrificar.

