PAPÁ, SI DIOS ME PERMITIERA PLATICAR CONTIGO
BITÁCORA INQUIETA
La conversación que llevo sesenta y siete años esperando
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
A veces imagino que Dios tiene una oficina de puertas infinitas.
Miles.
Millones.
Quizá una para cada alma que ha pasado por este mundo.
Y algunas noches, cuando el sueño tarda en llegar y la memoria se vuelve más fuerte que el cansancio, imagino que una de esas puertas se abre apenas unos centímetros.
Lo suficiente para que pueda verte.
Lo suficiente para sentarme frente a ti.
Lo suficiente para decirte lo que nunca pude decirte.
Porque cuando te fuiste, papá, yo apenas era un niño.
Tenía siete años.
Siete años son muy pocos para entender la muerte.
A esa edad uno cree que las ausencias son temporales.
Que los viajes terminan.
Que los padres regresan.
Que las despedidas tienen fecha de regreso.
Nadie le explica a un niño que existen puertas que se cierran para siempre.
Nadie le enseña que hay abrazos que ocurren una última vez sin que lo sepamos.
Nadie le advierte que un día cualquiera puede convertirse en el último capítulo de una historia.
Y por eso, durante mucho tiempo, te esperé.
Te esperé sentado en la banqueta algunas tardes sin saber exactamente qué estaba esperando. Los niños no entienden la muerte; entienden las costumbres. Y la costumbre era que los padres regresaban a casa. Durante mucho tiempo una parte de mí creyó que cualquier ruido de motor podía ser el anuncio de tu llegada. Que cualquier silueta al final de la calle podía ser la tuya. Nadie me explicó que hay esperas que terminan convirtiéndose en memoria.
Te esperé en los recuerdos.
Te esperé en los sueños.
Te esperé en cada hombre mayor que se cruzaba en mi camino.
Te busqué sin saberlo.
En los maestros.
En los amigos.
En los vecinos.
En los consejos que otros daban.
Porque un niño que pierde a su padre nunca deja de buscarlo.
Solamente aprende a hacerlo en silencio.
Si Dios me permitiera platicar contigo, no comenzaría hablando de mí.
Comenzaría preguntándote cómo te fue.
Qué sentiste aquella última mañana.
Cuáles eran tus preocupaciones.
Qué sueños dejaste pendientes.
Qué cosas pensabas hacer con nosotros.
Porque los hijos solemos creer que conocemos a nuestros padres, cuando en realidad apenas alcanzamos a conocer una parte.
Apenas una pequeña parte.
La parte que ellos decidieron mostrarnos.
La parte fuerte.
La parte valiente.
La parte responsable.
Pero casi nunca conocemos sus miedos.
Sus derrotas.
Sus noches de incertidumbre.
Sus lágrimas escondidas.
Me gustaría saber quién eras cuando nadie te observaba.
Qué te quitaba el sueño.
Qué te hacía reír.
Qué esperabas del futuro.
Y luego te contaría lo que pasó después.
Te diría que mamá fue inmensamente valiente.
Más valiente de lo que cualquiera puede imaginar
Porque quedarse viuda es doloroso.
Pero quedarse viuda con cuatro hijos pequeños exige una fortaleza que pocas personas alcanzan a comprender.
Te contaría que siguió adelante.
Que sostuvo la casa.
Que sostuvo la familia.
Que sostuvo la esperanza.
Que cuando parecía que las fuerzas se terminaban, encontró fuerzas nuevas.
Y que gracias a ella, tus hijos aprendimos a caminar.
Aunque tú ya no estabas para llevarnos de la mano.
Que estudiamos en la universidad.
Te hablaría de mis hermanos, José Humberto, Gonzalo y Laura Elena.
De nuestras vidas.
De los caminos que siguió cada uno.
De las caídas.
De los triunfos.
De las cicatrices.
De las veces que estuvimos a punto de rendirnos y no lo hicimos.
Te contaría que la vida fue dura algunas veces.
Muy dura.
Pero también hermosa.
Porque así es la vida.
Una mezcla extraña de lágrimas y gratitud.
De pérdidas y encuentros.
De despedidas y milagros cotidianos.
Pero antes de hablarte de nosotros, de tus hijos, de tus nietos y de todo lo que ocurrió después de tu partida, quiero darte las gracias por la mujer que caminó a tu lado. Mamá hizo honor a la promesa silenciosa que seguramente se hicieron al formar una familia. Nos sostuvo cuando la ausencia pesaba, nos enseñó a levantarnos cuando la vida golpeaba y convirtió el amor en una forma cotidiana de resistencia. Hoy, después de tantos años de entrega, también ella ha emprendido el viaje hacia la eternidad. Y me gusta imaginar que, al reencontrarse contigo, el tiempo dejó de existir por un instante y que volvieron a tomarse de la mano como aquella primera vez. Gracias, papá, por haberme dado a la mejor madre que pude tener; gracias, mamá, por haber hecho de tu vida un acto permanente de amor. Si el cielo existe, sé que ahora están juntos.
Después te hablaría de mi esposa María de Lourdes y mis hijas Lulú y Marilyn.
De mi yerno, Mario.
De mis nietas, María José y Mariana.
Y entonces llegaría el momento más difícil de toda la conversación.
Porque tendría que decirte algo que quizá nunca imaginaste escuchar.
Hay algo extraño que les ocurre a los hijos que pierden temprano a su padre. Durante años imaginan que él siempre será más grande, más fuerte y más sabio. Hasta que un día descubren que ya tienen más edad de la que él tuvo al morir. Ese día ocurre una especie de vértigo. Por primera vez el hijo comprende que ya camina por territorios donde su padre nunca pudo llegar.
Papá…
Ya soy más viejo de lo que tú alcanzaste a ser.
He vivido más años sin ti que los años que tuve contigo.
Piénsalo.
Toda una vida.
Décadas enteras.
Miles de amaneceres.
Miles de noches.
Miles de decisiones.
Y aun así, hay días en que sigo extrañándote como aquel niño de siete años.
Porque el tiempo cura muchas heridas.
Pero no borra ciertas ausencias.
Hay vacíos que aprenden a convivir con nosotros.
Se sientan a nuestra mesa.
Viajan en nuestros recuerdos.
Aparecen en los cumpleaños.
En los funerales.
En los nacimientos.
En los momentos importantes.
Y nos recuerdan discretamente que alguien falta.
Si Dios me permitiera platicar contigo, también tendría que confesarte algo.
Durante muchos años pensé que me faltabas tú.
Hoy entiendo que también me acompañabas.
Estabas en las enseñanzas que recibí, en las primeras letras, en las operaciones aritméticas, cuando me enseñaste a leer, cuando fuiste mi primer maestro.
En los valores que heredé.
En la dignidad con la que aprendimos a enfrentar los problemas.
En la responsabilidad.
En la palabra empeñada.
En el esfuerzo.
En el respeto.
Porque los padres no desaparecen cuando mueren.
Se transforman.
Se vuelven memoria.
Se vuelven ejemplo.
Se vuelven conciencia.
Se vuelven brújula.
Y terminan viviendo dentro de quienes los aman.
Entonces te miraría una última vez.
Ya no como el niño que te perdió.
Sino como el hombre que sobrevivió a tu ausencia.
Como el abuelo que ahora comprende cosas que antes ignoraba.
Como el hijo que tardó décadas en entender la magnitud de tu legado.
Y antes de que Dios cerrara nuevamente la puerta, antes de que el cielo reclamara tu regreso y la tierra reclamara el mío, te diría solamente una frase.
La frase que he guardado durante sesenta y siete años.
La frase que ningún niño alcanza a pronunciar cuando la muerte llega demasiado pronto.
Hoy ya no necesito que regreses. Tampoco le pido a Dios que me conceda el milagro imposible de volver a abrazarte. Me basta con algo más sencillo. Que cuando llegue el día de mi partida y vuelva a encontrarte en alguna esquina de la eternidad, puedas reconocer en mí a aquel niño que hizo todo lo posible por honrar tu nombre.
Gracias, papá.
Gracias por haber estado.
Gracias por haber existido.
Gracias por la vida.
Y perdóname por no haber tenido tiempo de decirte cuánto te amaba.
Porque hay algo que he aprendido después de tantos años.
Los hombres mueren.
Los padres también.
Pero el amor verdadero tiene una costumbre extraordinaria.
Nunca aprende a morirse.
Y sigue respirando.
En silencio.
Dentro del corazón de sus hijos.
Es la historia de un niño de Costa Rica, Sinaloa, que perdió a su padre, José María Librado Milán Beltrán, en 1959 y pasó toda una vida intentando que se sintiera orgulloso de él, desde dondequiera que estuviera.
Te quiero, papá.
