EL ESCUDO Y LAS AUSENCIAS
BITÁCORA INQUIETA
La nueva geografía política de América y los países que quedaron fuera del muro diplomático
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay silencios que dicen más que los discursos.
Ausencias que pesan más que las presencias.
Y fotografías oficiales capaces de revelar lo que cientos de comunicados diplomáticos intentan ocultar.
A veces la historia cambia de dirección sin hacer ruido.
No mediante una declaración de guerra.
No mediante una invasión.
No mediante una revolución.
Sino mediante una fotografía.
Una mesa.
Un acuerdo.
Una lista de invitados.
Y otra lista de ausentes.
La historia tiene la extraña costumbre de anunciar sus grandes transformaciones con gestos aparentemente insignificantes. Mientras la opinión pública suele esperar el estruendo de los cañones o la solemnidad de los tratados, el verdadero cambio suele esconderse en una imagen, en el orden de unas banderas, en la posición de unas sillas o en los nombres que aparecen —y sobre todo en los que no aparecen— al pie de una fotografía oficial.
Hace apenas unos días, el continente observó el nacimiento de una nueva iniciativa regional impulsada desde Washington: el llamado Escudo de las Américas.
Su nombre evoca protección.
Defensa.
Seguridad.
Cooperación.
La imagen parece sencilla: un grupo de países que decide coordinar esfuerzos frente a amenazas comunes vinculadas al crimen organizado transnacional, el narcotráfico, la migración irregular y otros desafíos de seguridad continental.
Sin embargo, detrás de toda alianza existe una pregunta mucho más profunda.
¿Quiénes están dentro?
Pero, sobre todo,
¿quiénes quedaron fuera?
Porque la geopolítica nunca habla únicamente de quienes aparecen en la fotografía.
También habla de quienes no fueron convocados.
Y, en esta ocasión, las ausencias resultaban imposibles de ignorar.
México.
Brasil.
Colombia.
Tres de los países más grandes e influyentes de América Latina.
Tres economías fundamentales.
Tres actores que durante décadas ocuparon un lugar central en cualquier discusión hemisférica.
Sin embargo, ninguno aparecía en la imagen fundacional.
Y cuando un país no aparece en una fotografía política de semejante magnitud, la pregunta inevitable no es solamente dónde está.
La verdadera pregunta es por qué.
Pero las fotografías, igual que la historia, casi nunca permanecen inmóviles.
Mientras esta columna comenzaba a escribirse, una de aquellas ausencias modificó inesperadamente el encuadre. Abelardo de la Espriella, declarado ganador de las elecciones presidenciales colombianas, anunció que a partir del próximo 7 de agosto su país se incorporará al Escudo de las Américas y participará en la estrategia impulsada por Washington para enfrentar al crimen organizado transnacional.
Si esa incorporación se concreta, Colombia dejará de ser una ausencia para convertirse en una de las piezas más importantes del nuevo rompecabezas hemisférico.
Más allá de la noticia inmediata, el episodio revela algo mucho más profundo.
Muestra la velocidad con la que América Latina está redefiniendo sus alineamientos estratégicos.
Lo que ayer parecía una frontera ideológica relativamente estable comienza a desplazarse.
Cambian los gobiernos.
Cambian las prioridades.
Cambian las alianzas.
Y con ellas cambia también la arquitectura política del continente.
La pregunta adquiere entonces una dimensión distinta.
Si Colombia se acerca al Escudo de las Américas mientras México y Brasil permanecen fuera, ¿estamos observando el nacimiento de dos visiones diferentes sobre la seguridad continental?
¿O simplemente asistimos a un nuevo movimiento del viejo péndulo latinoamericano que, desde hace más de un siglo, oscila entre proyectos nacionales, regionales y hemisféricos?
La historia todavía no ofrece una respuesta definitiva.
Pero envía una señal inequívoca.
América vuelve a moverse.
Y cuando América se mueve, tarde o temprano termina moviéndose también el destino de México.
Ese movimiento, sin embargo, no nació de la nada.
Ninguna alianza aparece sobre un continente vacío.
Detrás de cada acuerdo existe una larga genealogía de intentos, éxitos, fracasos y desconfianzas que acompañan a América desde hace más de dos siglos.
La Organización de Estados Americanos surgió en 1948 bajo la promesa de fortalecer la cooperación regional.
El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca proclamó que un ataque contra uno sería considerado un ataque contra todos.
Después llegaron mecanismos comerciales, financieros, energéticos y políticos.
Todos compartían una aspiración común.
Construir una comunidad continental.
Pero las comunidades, igual que las familias, también conocen las diferencias.
Las desconfianzas.
Las heridas.
Los desacuerdos.
Y los desencuentros.
Quizá eso sea precisamente lo que hoy estamos contemplando.
El nacimiento de una nueva cartografía política.
Una geografía menos definida por la ubicación de los países y más determinada por sus afinidades estratégicas.
Y si existe un país donde todas esas tensiones convergen al mismo tiempo, ese país es México.
Durante buena parte del siglo XX ocupó una posición privilegiada dentro de la arquitectura continental.
Ningún otro país latinoamericano mantuvo una relación tan intensa con Estados Unidos.
Más de tres mil kilómetros de frontera.
Millones de cruces legales.
Una integración económica gigantesca.
Familias binacionales.
Cadenas productivas compartidas.
Empresas que operan simultáneamente a ambos lados de la frontera.
Historias personales imposibles de separar.
La relación nunca fue sencilla.
Hubo intervenciones.
Invasiones.
Desconfianzas.
Momentos de enorme tensión.
Pero también una realidad imposible de negar.
Las economías de ambos países aprendieron a convivir como pocas en el planeta.
Miles de millones de dólares cruzan diariamente la frontera.
Automóviles.
Alimentos.
Tecnología.
Equipos médicos.
Componentes industriales.
Energía.
Servicios.
Pero la frontera más transitada del mundo no sólo mueve mercancías.
Mueve destinos humanos.
Mueve historias.
Mueve vidas.
Por eso resulta inevitable preguntarse qué significa que México permanezca fuera de una iniciativa hemisférica promovida por su principal socio comercial.
Y es precisamente aquí donde desaparecen las respuestas fáciles.
Porque las relaciones internacionales rara vez se explican mediante simpatías personales o diferencias ideológicas.
Se explican mediante intereses.
Y los intereses tienen memoria.
Estados Unidos observa con creciente preocupación el poder alcanzado por las organizaciones criminales transnacionales.
México ocupa un lugar central dentro de esa preocupación.
El tráfico de fentanilo.
Las redes de lavado de dinero.
El tráfico ilegal de armas.
Las organizaciones criminales.
La violencia.
Todo ello forma parte de una conversación permanente entre ambos gobiernos.
Desde Washington existe la percepción de que el crimen organizado representa una amenaza estratégica.
Desde México persiste la preocupación de que la cooperación pueda terminar confundiendo colaboración con subordinación.
Ahí aparece uno de los grandes dilemas del siglo XXI.
¿Cómo cooperar sin renunciar a la soberanía?
¿Cómo compartir responsabilidades sin perder autonomía?
¿Cómo construir seguridad regional sin sacrificar independencia nacional?
Son preguntas difíciles.
Precisamente por eso siguen abiertas.
La exclusión de una alianza no siempre significa aislamiento.
A veces significa diferencia.
A veces significa desacuerdo.
A veces refleja simplemente que los caminos elegidos por los gobiernos no coinciden en un momento determinado.
Sin embargo, los símbolos importan.
Porque la política internacional también vive de las percepciones.
Las fotografías generan narrativas.
Las narrativas moldean interpretaciones.
Y las interpretaciones terminan influyendo sobre inversiones, mercados, expectativas y decisiones estratégicas.
Por eso las ausencias poseen significado.
No necesariamente porque anuncien una ruptura.
Sino porque revelan una distancia.
Y toda distancia merece ser observada.
Pero mientras los gobiernos redibujan sus mapas estratégicos, el siglo XXI parece empeñado en burlarse de todas las fronteras.
El cambio climático no solicita visa.
Las pandemias no muestran pasaporte.
Los ciberataques no respetan aduanas.
La desinformación viaja más rápido que cualquier ejército.
Las organizaciones criminales operan simultáneamente en varios continentes.
La inteligencia artificial transforma economías enteras sin preguntar por ideologías.
Los mercados reaccionan en segundos.
Las crisis financieras cruzan océanos en cuestión de horas.
Quizá por eso la pregunta más importante no sea quién aparece dentro del Escudo de las Américas.
Quizá la verdadera pregunta sea si los desafíos del siglo XXI pueden resolverse mediante bloques excluyentes.
Porque el mundo parece exigir exactamente lo contrario.
Más cooperación.
Más confianza.
Más inteligencia compartida.
Más puentes.
Y menos murallas.
México enfrenta además un desafío que ningún gobierno puede modificar.
Puede cambiar de estrategia.
Puede redefinir prioridades.
Puede renovar su política exterior.
Pero jamás podrá mudarse de vecindario.
Estados Unidos seguirá siendo su vecino.
La frontera seguirá existiendo.
El comercio continuará fluyendo.
Las cadenas productivas permanecerán conectadas.
La historia seguirá siendo compartida.
Y precisamente por ello la diplomacia mexicana necesita una virtud que pocas veces ocupa los titulares.
La inteligencia estratégica.
La capacidad de dialogar sin someterse.
La capacidad de cooperar sin renunciar a los principios.
La capacidad de disentir sin romper.
La capacidad de construir confianza sin perder dignidad.
Quizá estamos presenciando apenas el inicio de una nueva etapa continental.
Tal vez dentro de algunos años el Escudo de las Américas sea recordado como una alianza decisiva.
O quizá termine ocupando un lugar más dentro del extenso museo de iniciativas hemisféricas que prometieron transformar el continente.
Nadie puede saberlo.
La historia siempre escribe sus conclusiones cuando los protagonistas ya abandonaron el escenario.
Lo que sí sabemos es que los grandes desafíos de América siguen esperando respuestas.
La desigualdad.
La pobreza.
La corrupción.
La violencia.
La migración forzada.
La fragilidad institucional.
La crisis ambiental.
La pérdida de confianza ciudadana.
Ninguno desaparecerá mediante un decreto.
Ninguno reconocerá fronteras.
Ninguno se resolverá únicamente alrededor de una mesa diplomática.
Porque, al final, los verdaderos escudos de una nación nunca se construyen exclusivamente en las cumbres internacionales.
Se construyen en las escuelas.
En las universidades.
En los laboratorios.
En los tribunales.
En los hospitales.
En las empresas que generan riqueza.
En las familias que transmiten valores.
En los ciudadanos que todavía creen que vale la pena defender el futuro.
Ningún acuerdo internacional puede proteger a un país cuyas instituciones se debilitan.
Ninguna alianza puede sustituir la confianza pública.
Ninguna estrategia de seguridad puede reemplazar la justicia.
Y ningún escudo será suficientemente fuerte si quienes viven detrás de él han dejado de creer en la casa que pretende proteger.
Porque las fotografías oficiales terminan amarilleándose con el tiempo.
Las cumbres concluyen.
Los acuerdos se renegocian.
Las alianzas cambian de nombre.
Lo único que permanece es la capacidad de un pueblo para construir instituciones, conocimiento, justicia y confianza.
Quizá, dentro de varias décadas, alguien vuelva a observar la fotografía del nacimiento del Escudo de las Américas.
Tal vez ya nadie recuerde con precisión quién ocupaba cada silla.
Lo que sí recordará la historia será qué países aprovecharon aquel momento para fortalecerse desde dentro y cuáles siguieron esperando que su destino se decidiera alrededor de una mesa.
Porque los imperios levantan escudos.
Los gobiernos firman acuerdos.
Los diplomáticos negocian alianzas.
Pero son los pueblos quienes terminan escribiendo la historia.
Y cuando la historia finalmente dicta su sentencia, rara vez pregunta quién estuvo sentado en la mesa.
Pregunta quién tuvo la visión de construir el futuro mientras los demás discutían dónde colocar las sillas.

