EL PAÍS DONDE EL MIEDO TAMBIÉN SALE A CAMINAR
BITÁCORA INQUIETA
La historia de una nación que comenzó a perder mucho antes de que aparecieran las cifras.
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Hay imágenes que ningún informe estadístico puede registrar.
No aparecen en los expedientes judiciales. No forman parte de los gráficos oficiales. Ninguna encuesta las mide con exactitud. Sin embargo, ocurren todos los días, en miles de hogares mexicanos, con una puntualidad tan silenciosa que hemos terminado por aceptarlas como si siempre hubieran formado parte de nuestra vida.
Imagino a una madre de pie junto a la ventana. No mira el paisaje. Mira la calle. Su hijo salió hace un par de horas. Le dijo que regresaría temprano. Ella intenta distraerse acomodando unos platos que ya estaban acomodados, doblando una toalla que ya estaba doblada, encendiendo un televisor que en realidad no está viendo. Cada sonido de un automóvil que disminuye la velocidad frente a la casa acelera su corazón. Cada motocicleta que pasa despierta una nueva inquietud. Cada minuto que transcurre comienza a pesar más que el anterior. No ha ocurrido absolutamente nada y, sin embargo, en su imaginación ya sucedieron todas las tragedias posibles.
Entonces escucha el sonido de una llave girando lentamente en la cerradura.
Su hijo entra sonriendo, preguntando qué hay de cenar, completamente ajeno a la tormenta que durante varios minutos atravesó el corazón de su madre.
Fue apenas un retraso.
Pero ella envejeció un poco más.
He pensado muchas veces que quizá ahí comienza realmente la violencia. No cuando se escucha un disparo. No cuando aparece una patrulla. Ni siquiera cuando un delito se convierte en noticia. La violencia empieza mucho antes. Comienza el día en que dejamos de confiar en que quienes amamos regresarán sanos y salvos a casa. Comienza cuando la incertidumbre sustituye a la tranquilidad y el miedo empieza a organizar nuestra vida cotidiana sin pedirnos permiso.
Por eso las cifras del INEGI deberían leerse con mucha más atención de la que normalmente les concedemos. Cuando la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana informa que más de seis de cada diez personas consideran inseguro vivir en la ciudad donde habitan, no está describiendo únicamente una percepción. Está retratando una manera de vivir. Está hablando de millones de personas que cambiaron horarios, modificaron rutas, dejaron de frecuentar ciertos lugares, aprendieron a mirar constantemente sobre el hombro y convirtieron un simple mensaje de “ya llegué” en una especie de certificado cotidiano de tranquilidad.
Quizá la mayor victoria del miedo consista precisamente en eso: en lograr que dejemos de notar su presencia. Nos acostumbramos a enviar nuestra ubicación en tiempo real. A recomendar a nuestros hijos que no contesten llamadas desconocidas. A evitar determinadas calles. A acelerar el paso cuando cae la noche. A mirar con desconfianza a quien simplemente camina detrás de nosotros. Poco a poco comenzamos a llamar prudencia a lo que en realidad es una renuncia silenciosa a la libertad.
Las ciudades siguen siendo las mismas. Los parques continúan ocupando el mismo lugar. Las bancas permanecen bajo los árboles. Los mercados abren cada mañana y las escuelas reciben a sus alumnos. Pero algo esencial ha cambiado. La confianza dejó de habitar esos espacios. Y cuando una sociedad pierde la confianza, pierde mucho más que la tranquilidad. Pierde la posibilidad de encontrarse consigo misma.
He recorrido muchas plazas de México. Recuerdo cuando los niños corrían detrás de un balón mientras los abuelos conversaban bajo la sombra de un árbol y las familias prolongaban la tarde sin mirar el reloj. Hoy, en demasiados lugares, el tiempo parece tener otra velocidad. La gente llega, resuelve lo necesario y regresa a casa. No porque haya dejado de gustarle la convivencia, sino porque el miedo terminó imponiendo nuevos horarios y nuevas costumbres. Sin hacer ruido, la violencia modificó nuestra geografía emocional.
Ese daño rara vez aparece en los indicadores económicos, aunque termina afectándolos a todos. Una ciudad donde la gente deja de salir consume menos, convive menos, invierte menos y confía menos. Una comunidad que vive bajo tensión permanente también enferma con mayor facilidad. El miedo altera el sueño, incrementa el estrés, deteriora las relaciones familiares y termina moldeando la forma en que una generación completa entiende el mundo. Por eso reducir la seguridad pública a un problema de policías y patrullas significa ignorar una parte esencial del problema. La seguridad también se construye con justicia, con oportunidades, con escuelas que rescatan jóvenes antes de que alguien más los reclute, con espacios públicos vivos y con instituciones capaces de recuperar la confianza de los ciudadanos.
No existen soluciones instantáneas para una herida que lleva tantos años abierta. Sería irresponsable afirmarlo. Pero sí existe una decisión que ninguna sociedad puede seguir postergando: dejar de acostumbrarse al miedo. Porque toda normalización de la violencia termina siendo una forma de derrota colectiva.
Quizá dentro de veinte años muy pocas personas recuerden cuál fue el porcentaje exacto de percepción de inseguridad que publicó el INEGI en 2026. Las cifras cambian. Los informes se sustituyen unos a otros. Los gobiernos concluyen su mandato. Lo que permanece es otra cosa. Permanece la infancia que fuimos capaces de proteger. Permanecen las calles que devolvimos a nuestros hijos o las que seguimos entregando al silencio. Permanecen las noches en que una madre volvió a dormir tranquila… o aquellas en las que continuó esperando frente a una ventana con el corazón detenido.
Al final, el verdadero desarrollo de un país no puede medirse únicamente por el tamaño de su economía, por la altura de sus edificios o por la cantidad de obras que inaugura. También debe medirse por la serenidad con la que una madre despide a un hijo sabiendo que volverá a abrazarlo al caer la noche.
Porque una nación comienza a reconciliarse consigo misma el día en que los padres dejan de enseñarle a sus hijos cómo sobrevivir y pueden volver a enseñarles, simplemente, cómo vivir.
Y estoy convencido de que ese será el día en que México habrá recuperado mucho más que la seguridad.
Habrá recuperado su esperanza.

