BITÁCORA INQUIETA
Prevención, coordinación y responsabilidad para enfrentar lluvias atípicas y proteger vidas.
Jesús Octavio Milán Gil
Cuando el cielo empieza a hablar
Las tragedias rara vez comienzan cuando cae la primera gota. Casi siempre empiezan mucho antes, cuando dejamos de escuchar las advertencias.
Todavía no ha comenzado la tormenta.
En alguna comunidad de la Sierra Madre Occidental, un campesino observa el cielo buscando las primeras señales para decidir cuándo sembrar. En el valle, un productor agrícola calcula si alcanzará a rescatar otra cosecha. En una colonia construida junto al cauce de un arroyo, una madre acomoda los juguetes de sus hijos sin imaginar que, dentro de algunos meses, el agua podría intentar entrar por la misma puerta donde hoy entra la luz de la tarde.
Mientras tanto, a miles de kilómetros de ahí, sobre las aguas cálidas del océano Pacífico ecuatorial, el planeta escribe silenciosamente una historia que todavía no aparece en los encabezados, pero que podría modificar la vida de millones de mexicanos.
La naturaleza nunca improvisa.
Nos avisa.
Siempre lo hace.
Los que solemos llegar tarde somos nosotros.
Por eso resulta significativa la decisión del Gobierno de México de prepararse para un posible fortalecimiento del fenómeno climático de El Niño y para la presencia de lluvias atípicas. No se trata de un acto de optimismo ni de alarmismo. Se trata de reconocer que la prevención comienza mucho antes de que una sirena rompa el silencio de la madrugada.
Para ello, las autoridades mantienen comunicación permanente con especialistas del Servicio Meteorológico Nacional, universidades y organismos internacionales, con el propósito de que los gobiernos estatales dispongan de planes de prevención y atención de contingencias.
Ese detalle administrativo puede parecer rutinario.
En realidad, representa una de las decisiones más inteligentes que puede tomar cualquier gobierno.
Porque gobernar no consiste únicamente en reconstruir ciudades después del desastre.
Gobernar también significa impedir, hasta donde sea posible, que el desastre ocurra.
Prepararse implica observar permanentemente la evolución del fenómeno mediante el monitoreo científico; fortalecer sistemas de alerta temprana que permitan avisar con anticipación sobre lluvias intensas, inundaciones, deslaves o sequías; limpiar ríos, arroyos, canales y drenajes antes de que el agua reclame el espacio que nunca debimos quitarle; revisar presas y reforzar bordos mientras todavía existe tiempo para hacerlo.
También significa tener listos refugios temporales, rutas de evacuación, hospitales, equipos de rescate, alimentos, agua potable y medicamentos.
Significa coordinar responsabilidades entre Federación, estados y municipios para responder con rapidez cuando los minutos comiencen a valer vidas.
Significa proteger al sector agropecuario, orientando a los productores sobre posibles modificaciones en los calendarios de siembra, cuidando cultivos y ganado y previendo apoyos si llegan las pérdidas.
Y significa, sobre todo, informar a la población para evitar que una tragedia natural termine convertida en una tragedia humana por desconocimiento, exceso de confianza o falta de preparación.
Porque la prevención no evita que la naturaleza siga su curso.
Lo que evita es que nuestros errores multipliquen sus consecuencias.
Existe una idea equivocada según la cual El Niño significa simplemente “más lluvia”.
Nada más lejos de la realidad.
Lo que realmente produce es un clima mucho más desordenado.
Puede traer olas de calor extraordinarias y prolongadas.
Puede retrasar las lluvias y provocar sequías en unas regiones.
Puede descargar precipitaciones torrenciales en otras, generando inundaciones urbanas, crecidas repentinas de ríos y deslaves.
Puede alterar incluso el comportamiento de los huracanes, disminuyendo parte de la actividad ciclónica en el Atlántico mientras modifica las condiciones atmosféricas del Pacífico.
Los efectos alcanzan al campo mediante pérdidas agrícolas, estrés hídrico, afectaciones al ganado y cambios en los calendarios de siembra.
También alcanzan la salud pública mediante golpes de calor, enfermedades gastrointestinales posteriores a las inundaciones, escasez de agua potable y una mayor presencia de mosquitos transmisores de enfermedades.
Pero quizá la lección científica más importante sea otra.
El Niño no afecta igual a todo México.
Cada región escribe su propia historia.
El noroeste —Baja California, Baja California Sur, Sonora y Sinaloa— suele enfrentar lluvias fuera de temporada y cambios importantes en la temperatura.
En la costa del Pacífico, desde Nayarit hasta Chiapas, aumentan los riesgos de lluvias intensas, crecidas de ríos, deslaves e inundaciones.
Mientras tanto, Veracruz, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo pueden experimentar periodos de lluvia extraordinaria o alteraciones en la actividad ciclónica del Atlántico.
Por eso las estrategias nacionales solamente funcionan cuando entienden las diferencias regionales.
Y Sinaloa merece un capítulo aparte.
Aquí, un episodio intenso de El Niño podría favorecer lluvias torrenciales concentradas en pocos días, inundaciones en zonas urbanas y agrícolas, crecidas de los ríos Fuerte, Sinaloa y Culiacán, deslaves en la Sierra Madre Occidental y daños a cultivos fundamentales como maíz, frijol, hortalizas y mango.
No significa que necesariamente ocurrirá.
Significa que la probabilidad aumenta.
Y cuando la probabilidad aumenta, también aumenta nuestra obligación de actuar.
Los datos científicos son demasiado claros para ignorarlos.
La Organización Meteorológica Mundial estima alrededor de un ochenta por ciento de probabilidad de desarrollo de un evento de El Niño durante junio-agosto de 2026 y una probabilidad superior al noventa por ciento de que permanezca activo, por lo menos, hasta noviembre.
La Comisión Nacional del Agua prevé entre dieciocho y veintiún ciclones tropicales en el océano Pacífico durante esta temporada, de los cuales entre cuatro y cinco podrían convertirse en huracanes mayores.
México recibe históricamente un promedio de 5.4 ciclones tropicales con impacto directo cada año.
Además, dos de los fenómenos más destructivos registrados recientemente en el Pacífico mexicano, Patricia y Otis, ocurrieron durante años con presencia de El Niño, razón por la cual especialistas del Servicio Meteorológico Nacional y de la NOAA mantienen vigilancia permanente ante un posible fortalecimiento del fenómeno hacia el invierno 2026-2027.
Estas cifras no buscan sembrar miedo.
Buscan sembrar responsabilidad.
Porque existe una diferencia enorme entre vivir con miedo y vivir preparados.
La primera paraliza.
La segunda salva vidas.
Con frecuencia creemos que los desastres comienzan cuando el agua entra por la ventana.
No es verdad.
Comienzan cuando permitimos que los drenajes se llenen de basura.
Cuando urbanizamos cauces naturales.
Cuando olvidamos limpiar los arroyos.
Cuando dejamos de invertir en prevención porque resulta menos visible que inaugurar una obra.
Cuando ignoramos la voz de la ciencia porque todavía no escuchamos el estruendo del río.
Los ríos siempre avisan antes de desbordarse.
La tierra también.
El océano también.
El clima también.
Quienes casi nunca escuchamos somos nosotros.
Escribo estas líneas pensando en mis nietas y en los millones de niñas y niños que heredarán el país que hoy estamos construyendo.
Ellos no nos preguntarán cuántas conferencias ofrecimos ni cuántos discursos pronunciamos.
Nos preguntarán por qué, si sabíamos lo que podía ocurrir, no hicimos todo lo necesario para evitarlo.
Ojalá que, cuando lleguen las primeras lluvias, México pueda responderles con hechos y no con excusas.
Porque la verdadera grandeza de un gobierno no se mide por la rapidez con la que entrega apoyos después de una tragedia, sino por la sabiduría con la que consigue que esa tragedia nunca alcance la dimensión que pudo haber tenido.
Al final, la naturaleza seguirá obedeciendo únicamente sus propias leyes.
La decisión de escucharla, aprender de ella y prepararnos a tiempo seguirá dependiendo de nosotros.
Y quizá esa sea la diferencia entre un país que sobrevive a las tormentas… y un país que aprende, por fin, a leer el lenguaje del cielo antes de que la primera gota toque la tierra.

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