EL PAÍS QUE DIJO ESTAR BIEN
EL PAÍS QUE DIJO ESTAR BIEN
¿Puede una nación sentirse satisfecha mientras convive todos los días con la incertidumbre? Quizá la respuesta revele más sobre el alma de los mexicanos que sobre sus estadísticas.
Jesús Octavio Milán Gil
Todavía no eran las siete de la mañana cuando un hombre abrió la cortina metálica de una pequeña tienda de abarrotes. Barrió la banqueta con la misma rutina de todos los días, acomodó las frutas en cajas de madera y encendió la cafetera. Los primeros clientes comenzaron a llegar. Una señora compró tortillas y leche; un estudiante pasó por un pan dulce antes de ir a clases; un repartidor saludó con la familiaridad de quien lleva años recorriendo las mismas calles.
Nada extraordinario parecía ocurrir.
Y, sin embargo, en esa rutina silenciosa ya estaba ocurriendo casi todo lo que después intentaría medir una encuesta: el trabajo, los afectos, las preocupaciones y esa obstinada costumbre mexicana de seguir adelante.
Sin embargo, en esa escena aparentemente común se escondía una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿qué significa vivir bien?
Horas más tarde, la presidenta Claudia Sheinbaum destacó un estudio del INEGI según el cual los mexicanos calificaron su satisfacción con la vida con un promedio de 8.62 sobre 10. La cifra llamó la atención porque parecía desafiar la lógica. En un país que convive con problemas de inseguridad, desigualdad, rezagos en salud, incertidumbre económica y profundas diferencias sociales, la mayoría de las personas afirmó sentirse satisfecha con su vida.
A primera vista, la cifra parece una contradicción.
Pero quizá no lo sea.
Tal vez estamos frente a una verdad mucho más compleja: la felicidad nunca ha obedecido únicamente a los indicadores económicos.
Durante décadas, los gobiernos del mundo midieron el progreso casi exclusivamente mediante el crecimiento del Producto Interno Bruto. La riqueza nacional parecía suficiente para explicar el bienestar de una sociedad. Sin embargo, la experiencia terminó demostrando que los países pueden crecer económicamente mientras aumentan la ansiedad, la soledad o la desesperanza. También puede ocurrir lo contrario: comunidades con ingresos modestos logran construir vínculos familiares, sentido de pertenencia y proyectos de vida que generan una percepción positiva de la existencia.
El bienestar, comprendieron numerosos investigadores, también se experimenta.
El psicólogo Martin Seligman, uno de los principales impulsores de la psicología positiva, sostiene que una vida plena no depende únicamente del placer, sino del propósito, las relaciones humanas, el compromiso con aquello que hacemos y el sentido que encontramos en nuestra existencia. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, distinguía entre las condiciones objetivas de vida y la manera en que las personas evalúan su propia experiencia. No siempre coinciden.
México parece ilustrar esa diferencia.
Aquí la felicidad suele construirse alrededor de la mesa familiar, de una conversación entre amigos, de una fiesta patronal, de un café compartido o del abrazo que llega cuando más se necesita. Existe una capacidad extraordinaria para reconstruir la esperanza después de los terremotos, los huracanes, las crisis económicas o las pérdidas personales. La solidaridad aparece donde muchas veces las instituciones llegan tarde.
Ese rasgo forma parte de nuestra identidad.
Pero precisamente ahí surge una pregunta incómoda.
¿Somos felices porque realmente vivimos mejor?
¿O porque aprendimos a sobrevivir emocionalmente en medio de la adversidad?
La resiliencia es una de las mayores virtudes humanas. Permite levantarse después de caer, encontrar sentido cuando todo parece perdido y continuar avanzando. Sin embargo, también puede convertirse en un riesgo cuando termina confundiendo adaptación con resignación.
Existe una enorme diferencia entre soportar una realidad y transformarla.
Cuando una sociedad se acostumbra durante demasiado tiempo a la violencia, a la corrupción, a los servicios públicos deficientes o a la desigualdad, corre el peligro de considerar normales situaciones que jamás debieron ser aceptadas. La capacidad de adaptación puede convertirse, silenciosamente, en conformismo.
Por eso las cifras sobre bienestar deben interpretarse con inteligencia.
No son un certificado de que todo marcha bien.
Tampoco una prueba de que todo está mal.
Son una fotografía del estado de ánimo colectivo en un momento determinado. Reflejan cómo las personas perciben su vida, pero no sustituyen otros indicadores igualmente importantes como la calidad de la educación, el acceso a los servicios de salud, la seguridad pública, la movilidad social o la confianza en las instituciones.
De hecho, la propia presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que “ha habido algunos problemas” en la administración de clínicas del IMSS, derivados de la falta de insumos y de las malas condiciones en algunos centros de salud. La admisión resulta significativa porque recuerda que el bienestar subjetivo no debe confundirse con la ausencia de carencias. Un ciudadano puede declarar sentirse satisfecho con su vida y, al mismo tiempo, enfrentar largas esperas para recibir atención médica, encontrar anaqueles vacíos de medicamentos o acudir a instalaciones que todavía están lejos de ofrecer el servicio digno que merece. La satisfacción habla del ánimo de las personas; la calidad de los servicios públicos habla de las responsabilidades del Estado.
Las encuestas sobre felicidad describen cómo nos sentimos; las políticas públicas explican por qué, con frecuencia, seguimos enfrentando las mismas dificultades. Confundir una percepción positiva con la solución de los problemas sería un error tan grave como ignorar la capacidad de esperanza de una sociedad.
Aristóteles afirmaba que la felicidad no consistía en acumular placeres, sino en vivir conforme a la virtud y desarrollar plenamente las capacidades humanas. Siglos después, Viktor Frankl escribió que incluso en las circunstancias más dolorosas el ser humano puede encontrar un motivo para seguir adelante cuando descubre un sentido para su existencia.
Ambos pensadores coinciden en algo fundamental: la felicidad no es la ausencia de problemas.
Es la presencia de significado.
Quizá eso explique por qué millones de mexicanos siguen calificando positivamente su vida aun cuando reconocen las dificultades que enfrentan todos los días. No porque ignoren la realidad, sino porque han aprendido a encontrar razones para seguir caminando a pesar de ella.
Sin embargo, ningún gobierno debería conformarse con esa fortaleza emocional de su pueblo.
Las sociedades no pueden descansar indefinidamente sobre la capacidad de sacrificio de sus ciudadanos. La resiliencia merece ser admirada, pero nunca utilizada como sustituto de políticas públicas eficaces.
El verdadero desafío consiste en construir un país donde la satisfacción con la vida no dependa únicamente de la fortaleza del carácter de las personas, sino también de instituciones confiables, escuelas de calidad, hospitales que funcionen, calles seguras, oportunidades de crecimiento y una justicia que no llegue demasiado tarde.
Porque una nación no alcanza su plenitud cuando sus habitantes aprenden a resistirlo todo.
La alcanza cuando ya no necesitan resistir tanto.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda detrás del 8.62 reportado por el INEGI. No habla solamente de optimismo. Habla de un pueblo que, pese a las dificultades, se niega a renunciar a la esperanza.
Y esa esperanza constituye uno de los patrimonios más valiosos de México.
Pero también representa una enorme responsabilidad para quienes gobiernan.
Porque un país verdaderamente feliz no es aquel cuyos ciudadanos aprendieron a sonreír en medio de la tormenta.
Es aquel que, con el paso del tiempo, logra ofrecerles menos tormentas y más horizontes.
Porque la grandeza de un país no se mide por la capacidad de su gente para soportar el dolor, sino por su decisión colectiva de impedir que ese dolor siga siendo cotidiano. Ese debería ser el verdadero significado del bienestar.
