EL DESIERTO QUE ESTÁ PERDIENDO SUS CAMINOS
BITÁCORA INQUIETA
El Pinacate, el berrendo sonorense y la advertencia que México no puede ignorar
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Amanece en el Gran Desierto de Altar.
La primera luz del día se derrama lentamente sobre las dunas. El viento dibuja líneas invisibles sobre la arena. El silencio parece tan antiguo como la propia Tierra. A lo lejos, los volcanes dormidos de El Pinacate observan inmóviles el paso de los siglos, como si custodiaran una memoria que comenzó mucho antes de que existieran los mapas, las fronteras o los gobiernos.
En algún punto de esa inmensidad, un berrendo sonorense avanza siguiendo un camino que su especie ha recorrido durante miles de años.
No conoce aduanas.
No entiende de soberanías.
No sabe dónde termina México y dónde comienza Estados Unidos.
Simplemente camina.
Busca agua.
Busca alimento.
Busca sobrevivir.
Pero de pronto encuentra una barrera de acero.
Un muro.
Una frontera diseñada por seres humanos que interrumpe una ruta trazada por la naturaleza mucho antes de que alguien imaginara una línea divisoria sobre un mapa.
Y quizá esa imagen explique mejor que cualquier informe técnico el problema que hoy enfrenta uno de los patrimonios naturales más extraordinarios del planeta.
La Reserva de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar podría ingresar próximamente a la Lista de Patrimonio Mundial en Peligro de la UNESCO.
No se trata de una advertencia menor.
Tampoco de una diferencia burocrática entre organismos internacionales.
Se trata de una señal de alarma para México y para Estados Unidos.
Una alarma que advierte que uno de los ecosistemas desérticos más valiosos del mundo está perdiendo aquello que le permitió existir durante milenios: su conectividad ecológica.
Cuando México logró que la UNESCO declarara a El Pinacate y Gran Desierto de Altar como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 2013, presentó ante la comunidad internacional un tesoro natural difícil de igualar.
Un paisaje formado por volcanes dormidos, ríos de lava negra y roja, gigantescos cráteres casi perfectamente circulares y un océano de dunas móviles que parece extenderse hasta el infinito.
Los científicos lo consideran uno de los laboratorios naturales más importantes del planeta.
Un lugar donde la geología, la evolución y la adaptación de la vida pueden observarse casi a cielo abierto.
Pero la grandeza de El Pinacate no se encuentra únicamente en sus paisajes.
También vive en sus habitantes.
Más de mil especies de flora y fauna han logrado sobrevivir en condiciones extremas que parecerían incompatibles con la vida.
Por ello muchos especialistas lo consideran el desierto con mayor biodiversidad del mundo.
Sin embargo, hoy esa riqueza enfrenta amenazas que no provienen del clima ni de la evolución.
Provienen de nuestras decisiones.
El borrador de resolución que analizará el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO en Busan, Corea del Sur, identifica una preocupación central: el muro fronterizo que divide Arizona y Sonora.
La advertencia es contundente.
La fragmentación del hábitat está bloqueando corredores biológicos fundamentales para especies emblemáticas como el berrendo sonorense, el borrego cimarrón, el jaguar, el venado bura, el puma, el coyote y el zorro del desierto.
La expresión puede parecer técnica.
Fragmentación del hábitat.
Pero detrás de esas palabras existe una realidad simple.
La naturaleza funciona como una red.
Los ecólogos llaman a este fenómeno conectividad ecológica: cuando una sola pieza se rompe, ninguna permanece exactamente igual. En los sistemas vivos no existen daños aislados; toda fractura termina propagándose.
Los animales necesitan desplazarse para alimentarse, reproducirse y mantener poblaciones saludables.
Cuando una barrera rompe esa red, las poblaciones quedan aisladas.
Y cuando el aislamiento se prolonga durante años, disminuye el intercambio genético.
La diversidad se reduce.
La vulnerabilidad aumenta.
Y lentamente comienza el camino hacia la extinción.
Eso es precisamente lo que preocupa a los expertos respecto al berrendo sonorense.
Esta especie extraordinaria, considerada una de las más veloces de América del Norte, se encuentra en peligro de extinción.
Las estimaciones indican que sobreviven alrededor de quinientos ejemplares en México.
Pero incluso esa cifra está rodeada de incertidumbre.
Los censos aéreos permanecen suspendidos desde 2023 debido a la inseguridad y a la falta de recursos.
La vigilancia continúa únicamente mediante cámaras trampa.
Paradójicamente, sabemos menos sobre el estado real de una de las especies más emblemáticas del desierto precisamente cuando más información necesitamos para protegerla.
La preocupación no termina ahí.
La UNESCO y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza también observan con atención otros proyectos de infraestructura que podrían incrementar la presión sobre el ecosistema.
Entre ellos destaca el gasoducto Centauro del Norte Tramo II, cuya ruta propuesta cruzaría más de ciento setenta kilómetros del sitio y su zona de amortiguamiento.
Los análisis preliminares han identificado múltiples impactos potenciales sobre el patrimonio natural.
También permanece bajo observación el Parque Solar de Puerto Peñasco, uno de los proyectos de energía renovable más importantes del país.
Aquí aparece uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo.
La humanidad necesita energía.
Necesita infraestructura.
Necesita crecimiento económico.
Pero también necesita ecosistemas funcionales.
El verdadero desafío ya no consiste en elegir entre desarrollo o conservación.
Consiste en aprender a construir desarrollo sin destruir aquello que hace posible nuestra supervivencia.
La verdadera innovación del siglo XXI no consistirá únicamente en producir más energía o levantar más infraestructura, sino en demostrar que ambas pueden coexistir con la integridad de los ecosistemas. El progreso dejará de medirse solo por lo que edificamos y comenzará a medirse por aquello que somos capaces de preservar mientras avanzamos.
Porque incluso los proyectos impulsados con objetivos legítimos pueden producir consecuencias no previstas cuando se desarrollan en territorios ecológicamente sensibles.
La discusión, por tanto, no debe reducirse a una confrontación entre ambientalistas y desarrolladores.
Debe elevarse a una pregunta más profunda.
¿Qué entendemos realmente por progreso?
Durante décadas hemos medido el éxito mediante kilómetros construidos, toneladas producidas o megawatts generados.
Pero cada vez resulta más evidente que esas métricas son insuficientes.
Un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, empobrecerse ambientalmente.
Puede aumentar su infraestructura mientras reduce su biodiversidad.
Puede construir más, pero conservar menos.
Y cuando eso ocurre, la factura termina llegando tarde o temprano.
La biodiversidad no es un lujo.
No es una moda.
No es una causa reservada para especialistas.
Es una forma de capital natural indispensable para la estabilidad ecológica, económica y social.
Sin ella no existen ecosistemas resilientes.
Sin ella disminuye la capacidad de adaptación frente al cambio climático.
Sin ella se debilitan procesos ecológicos que sostienen la vida humana.
Existe una tendencia peligrosa a creer que los problemas ambientales pertenecen únicamente a los científicos, a los ecologistas o a los gobiernos. Como si la desaparición de una especie ocurriera lejos de nuestras vidas. Como si no tuviera relación con nuestros hijos o nuestros nietos. Sin embargo, cada vez que una población animal desaparece, cada vez que un ecosistema pierde una pieza de su compleja arquitectura, el mundo se vuelve un poco más pobre para quienes vendrán después de nosotros. La conservación nunca trata únicamente de plantas o animales. Trata también de la clase de herencia que decidimos dejar.
Quizá por eso el caso de El Pinacate tiene una dimensión que trasciende a Sonora.
Representa uno de los ejemplos más importantes de conservación transfronteriza entre México y Estados Unidos.
La fauna silvestre no reconoce pasaportes.
Los ecosistemas no entienden de discursos políticos.
Los procesos ecológicos no votan en elecciones.
Pero sí sufren las consecuencias de las decisiones humanas.
Y ahí radica una de las paradojas más inquietantes del siglo XXI.
Somos capaces de observar galaxias a miles de millones de años luz.
Podemos modificar genes.
Desarrollamos inteligencia artificial.
Construimos sistemas tecnológicos que habrían parecido magia hace apenas unas décadas.
Y sin embargo seguimos teniendo dificultades para garantizar que un berrendo pueda recorrer libremente el territorio que ha habitado desde mucho antes de que existieran México y Estados Unidos.
Quizá la verdadera medida de nuestra civilización no sea lo que somos capaces de construir.
Quizá sea aquello que somos capaces de conservar.
Por eso la advertencia de la UNESCO merece ser escuchada con seriedad.
No porque afecte una clasificación internacional.
No porque implique un costo político.
Sino porque nos obliga a responder una pregunta incómoda.
¿Qué valor tiene un patrimonio natural si permitimos que desaparezcan las especies que le dan sentido?
Mientras el debate continúa en oficinas gubernamentales, organismos internacionales y mesas técnicas, el berrendo sonorense sigue intentando recorrer los caminos de sus antepasados.
Sigue buscando una ruta entre el acero.
Sigue enfrentando obstáculos que nunca existieron durante miles de años de evolución.
Y quizá algún día la historia nos juzgue por ello.
Porque si una especie que sobrevivió glaciaciones, sequías, erupciones volcánicas y milenios de transformación natural termina desapareciendo por una barrera construida por nuestra generación, el problema no será únicamente ecológico.
Será moral.
Porque toda generación recibe la naturaleza en calidad de préstamo y no de propiedad. La ética ambiental comienza cuando comprendemos que no heredamos la Tierra de nuestros padres, sino que la tomamos prestada de quienes todavía no han nacido.
Quizá dentro de cien años nadie recuerde el nombre de los funcionarios que aprobaron o rechazaron determinados proyectos. Pero el desierto sí conservará la memoria de nuestras decisiones. La naturaleza posee una forma silenciosa de registrar la historia: en las especies que sobreviven y en las que desaparecen.
Y entonces comprenderemos, quizá demasiado tarde, que los caminos del berrendo nunca fueron únicamente los caminos de una especie. Eran también los caminos de nuestra propia inteligencia para convivir con la naturaleza. Porque cuando un desierto pierde sus caminos, no solo se extravía la fauna: también comienza a extraviarse la memoria de la Tierra y una parte de la conciencia de la humanidad.

