EL VECINO QUE TRUMP CRITICA, PERO NO PUEDE IGNORAR
BITÁCORA INQUIETA
México volvió a aparecer entre los países que, según Donald Trump, perjudicaron a Estados Unidos. Pero detrás de la retórica comercial existe una realidad más difícil de modificar que cualquier discurso: dos economías que después de décadas de integración ya no pueden lastimarse sin sentir ambas el golpe.
Jesús Octavio Milán Gil
Hay frases que se pronuncian frente a un micrófono y desaparecen cuando termina el aplauso.
Y hay otras que cruzan fronteras.
La que escuché esta semana salió de un casino de Las Vegas.
Donald Trump hablaba ayer miércoles 5 de agosto de 2026 ante una multitud en el Red Rock Casino Resort and Spa. Defendía su política económica, presumía los resultados de sus decisiones comerciales y volvía sobre una idea que lo ha acompañado durante buena parte de su vida política: Estados Unidos, sostiene, permitió durante demasiado tiempo que otros países se aprovecharan de él.
– China.
– Japón.
– Corea del Sur.
– Alemania.
– Canadá.
Y entonces apareció nuevamente el nombre que desde este lado de la frontera nunca podemos escuchar con indiferencia:
México.
Trump dijo que esos países habían perjudicado enormemente a Estados Unidos mediante sus políticas arancelarias. Cuando llegó a Canadá fue todavía más duro. Lo calificó de nasty, una palabra que puede traducirse, dependiendo del contexto, como desagradable, hostil o detestable. Después matizó diciendo que apreciaba a su gente, aunque mantuvo su crítica.
México no recibió exactamente ese calificativo.
Conviene decirlo con precisión.
Pero sí volvió a aparecer dentro de una narrativa que Trump ha convertido en una de las columnas vertebrales de su política económica:
Estados Unidos ha sido víctima de sus socios comerciales.
Y entonces me hice una pregunta.
¿Realmente México perjudica a Estados Unidos?
O quizá deberíamos formular una pregunta mucho más incómoda:
¿puede una economía perjudicar a otra cuando ambas han terminado dependiendo profundamente entre sí?
-•o•-
Para entender esta discusión hay que comenzar por una idea sencilla.
Trump concede una importancia extraordinaria al déficit comercial.
Cuando Estados Unidos compra a otro país más mercancías de las que le vende, suele presentar esa diferencia como evidencia de una relación desfavorable para su país.
Ellos venden más.
Nosotros compramos más.
Ellos ganan.
Nosotros perdemos.
Es una interpretación políticamente poderosa porque cabe perfectamente en un discurso.
Pero la economía contemporánea rara vez cabe en una frase.
Y México constituye probablemente uno de los mejores ejemplos.
Los datos de la Oficina del Censo estadounidense muestran que, en el acumulado disponible hasta abril de 2026, México era el principal socio comercial de mercancías de Estados Unidos: 317 mil 300 millones de dólares de intercambio, equivalentes al 16.4 por ciento del comercio estadounidense de bienes.
No estamos hablando de una relación marginal.
Estamos hablando de una de las arterias industriales más importantes del mundo.
Todos los días atraviesan la frontera automóviles, autopartes, maquinaria, dispositivos médicos, productos agrícolas, equipos electrónicos y miles de componentes destinados a fábricas ubicadas a ambos lados.
Pero aquí comienza lo verdaderamente interesante.
Muchas veces aquello que llamamos una importación mexicana contiene también trabajo estadounidense.
Una pieza puede fabricarse en Michigan, viajar a México, incorporarse a un conjunto industrial, regresar hacia Estados Unidos y terminar formando parte de un vehículo cuyo proceso productivo atravesó varias veces una frontera que políticamente separa dos países, pero industrialmente divide mucho menos de lo que imaginamos.
Por eso siempre me ha parecido insuficiente observar solamente la balanza comercial.
Una cifra puede decirnos cuánto compró un país.
Pero no necesariamente explica quién produjo realmente aquello que estamos comprando.
-•o•-
Existe además una paradoja que Trump difícilmente puede borrar.
El tratado que actualmente regula buena parte de esta relación lleva también su huella.
Durante su primer mandato combatió al viejo TLCAN, obligó a renegociarlo y convirtió el nacimiento del T-MEC en una de las victorias comerciales de su administración.
Estados Unidos lo negoció.
México lo negoció.
Canadá lo negoció.
Los tres países lo firmaron.
Y ahora Washington vuelve a examinar algunos de sus resultados porque considera que deben corregirse.
Eso es legítimo.
Los tratados comerciales no son escrituras sagradas.
Pueden revisarse.
Pueden mejorarse.
Pueden corregir desequilibrios.
Pero una cosa es revisar aquello que un acuerdo puede hacer mejor.
Y otra muy distinta convertir cualquier déficit comercial en prueba automática de abuso.
-•o•-
También sería un error escribir esta columna desde México suponiendo que todas las preocupaciones estadounidenses carecen de fundamento.
No es así.
Las reglas de origen importan.
El contenido procedente de países externos que termina incorporándose a productos beneficiados por las preferencias del T-MEC importa.
La competencia de economías que operan bajo condiciones diferentes importa.
Las barreras comerciales importan.
El cumplimiento de las obligaciones laborales, agrícolas, ambientales y regulatorias también importa.
Precisamente por eso existen tratados y mecanismos para resolver controversias.
La propia negociación bilateral de 2026 demuestra que ambos gobiernos reconocen asuntos pendientes.
En marzo, Estados Unidos y México acordaron trabajar para reducir la dependencia de importaciones externas a América del Norte, fortalecer las reglas de origen y aumentar la seguridad de las cadenas regionales.
En mayo, Washington llegó a la primera ronda bilateral declarando expresamente entre sus objetivos reducir su déficit comercial con México y fortalecer las cadenas estadounidenses. Las conversaciones abarcaron automóviles, acero, aluminio y seguridad económica.
En junio continuaron las discusiones sobre reglas de origen, agricultura, trabajo, medio ambiente y sectores industriales.
Y en julio, una tercera ronda volvió a colocar sobre la mesa acero, aluminio, automóviles, seguridad económica, trabajo y agricultura.
Eso cambia completamente la manera en que escucho las palabras pronunciadas en Las Vegas.
Trump no está hablando solamente para México.
Habla para sus negociadores.
Para sus fabricantes.
Para sus agricultores.
Para sus sindicatos.
Para sus electores.
Y también habla desde una concepción de la negociación comercial en la que la presión pública, la amenaza arancelaria y la incertidumbre han sido utilizadas repetidamente como instrumentos políticos.
México conoce ya ese método.
Lo conoció durante la renegociación del TLCAN.
Lo ha conocido alrededor de la migración.
Lo ha conocido con el fentanilo.
Lo ha conocido con los aranceles.
Y ahora vuelve a encontrarlo en la discusión sobre el futuro del T-MEC.
-•o•-
Pero esta vez existe algo que México tampoco debería olvidar.
Nuestro país no llega a esa mesa con las manos vacías.
Estados Unidos necesita a México.
Decirlo no es nacionalismo.
Es geografía económica.
La competencia estratégica mundial ha convertido a América del Norte en una región todavía más importante.
Estados Unidos busca reducir determinadas dependencias de cadenas productivas externas.
Quiere fabricar más cerca.
Quiere fortalecer sus proveedores regionales.
Quiere aumentar la seguridad de sus cadenas de suministro.
Y los propios documentos de las negociaciones de 2026 hablan de reducir la dependencia de importaciones provenientes de fuera de la región y fortalecer la producción norteamericana.
Aquí aparece entonces una de las contradicciones más fascinantes de esta historia.
Trump quiere producir más dentro de Estados Unidos.
Quiere cadenas de suministro más seguras.
Quiere depender menos de competidores estratégicos.
Quiere fortalecer América del Norte.
Pero para alcanzar buena parte de esos objetivos necesita precisamente aquello que simultáneamente cuestiona:
una relación económica profunda con México y Canadá.
-•o•-
México también necesita a Estados Unidos.
Muchísimo.
Negarlo sería absurdo.
Nuestra economía depende enormemente del mercado estadounidense. Millones de empleos están directa o indirectamente vinculados con esa integración.
Una guerra comercial tendría consecuencias aquí.
En las fábricas.
En el empleo.
En la inversión.
En el tipo de cambio.
En las decisiones de las empresas que hoy calculan dónde instalarán su siguiente planta.
Pero también tendría consecuencias allá.
Porque romper una cadena productiva no significa simplemente castigar al país cuyo nombre aparece en la etiqueta final.
Puede significar cambiar proveedores.
Encarecer componentes.
Retrasar producción.
Modificar inversiones.
Y trasladar parte del costo hacia empresas y consumidores.
Por eso las guerras comerciales tienen una paradoja:
muchas comienzan buscando castigar al extranjero y terminan enviando parte de la factura a casa.
-•o•-
Mientras escuchaba las palabras pronunciadas en Las Vegas pensé también en algo más profundo.
Durante décadas nos acostumbramos a imaginar la frontera como una línea.
De un lado, México.
Del otro, Estados Unidos.
Pero económicamente esa línea se ha vuelto extraordinariamente porosa.
Trabajadores mexicanos producen para consumidores estadounidenses.
Agricultores estadounidenses venden a México.
Empresas estadounidenses producen aquí.
Empresas mexicanas invierten allá.
Camiones atraviesan diariamente los puentes.
Capitales cruzan electrónicamente en segundos.
Familias viven a ambos lados.
Y una pieza fabricada en cualquiera de los tres países puede terminar formando parte de un producto cuyo verdadero domicilio industrial ya no sea exclusivamente México, Estados Unidos o Canadá.
Sino:
América del Norte.
La política continúa pensando en fronteras.
La economía aprendió hace mucho tiempo a atravesarlas.
-•o•-
Eso no significa que México deba aceptar cualquier exigencia estadounidense.
Precisamente porque existe interdependencia, necesitamos negociar con inteligencia.
No desde la subordinación.
Pero tampoco desde la bravata.
La dignidad nacional no consiste en responder cada insulto con otro insulto. Consiste en saber exactamente cuánto vale aquello que llevamos a la mesa.
México necesita defender sus exportaciones.
Pero necesita también aumentar el contenido nacional de aquello que exporta.
Necesita atraer inversiones.
Pero también desarrollar tecnología.
Necesita fábricas.
Pero necesita igualmente investigación, patentes, proveedores nacionales, universidades capaces de innovar y empresas mexicanas capaces de ascender en las cadenas de valor.
Porque también debemos hacernos una pregunta incómoda desde este lado de la frontera:
¿qué hemos hecho nosotros con más de tres décadas de integración económica?
Hemos exportado muchísimo.
Pero todavía importamos demasiada tecnología.
Tenemos fábricas extraordinarias.
Pero muchas de las patentes continúan naciendo fuera.
Tenemos trabajadores altamente especializados.
Pero una parte importante del mayor valor agregado continúa generándose o concentrándose en otros lugares.
Defender el T-MEC no debería significar defender eternamente nuestras debilidades.
Debería significar aprovechar la oportunidad para corregirlas.
-•o•-
Por eso no me preocupa demasiado que Trump diga que México ha perjudicado a Estados Unidos.
Me preocupa mucho más que México no comprenda el mundo que está naciendo detrás de esas palabras.
La globalización despreocupada de finales del siglo XX está dando paso a otra época.
Ahora vuelven a importar poderosamente la geografía, la energía, los minerales estratégicos, los semiconductores, las cadenas de suministro, la seguridad económica y la capacidad de producir cerca de los grandes mercados.
Y México posee algo que ningún presidente, empresa o arancel puede fabricar:
una frontera de aproximadamente 3,145 kilómetros con la mayor economía del mundo.
Pero la geografía solamente se convierte en ventaja cuando existe inteligencia para aprovecharla.
-•o•-
Regreso entonces mentalmente al casino de Las Vegas.
Las luces.
Las máquinas.
El ruido.
Los aplausos.
Y un presidente estadounidense pronunciando nombres de países a los que acusa de haber perjudicado a su nación.
Entre ellos:
México.
Quizá Trump tenga razón en una cosa.
La relación comercial entre nuestros países necesita revisarse constantemente.
Todo acuerdo humano necesita hacerlo.
Pero revisar no significa destruir.
Negociar no significa humillar.
Y comerciar no significa necesariamente que uno tenga que perder para que el otro gane.
México y Estados Unidos pueden discutir migración.
Pueden discutir fentanilo.
Pueden discutir automóviles.
Pueden discutir acero y aluminio.
Pueden discutir agricultura, reglas de origen, aranceles y prácticamente cualquier mercancía que atraviese nuestra frontera.
Lo que difícilmente pueden discutir ya es una realidad mucho más profunda:
se necesitan.
Trump puede decir que México perjudicó a Estados Unidos.
México puede indignarse.
Los gobiernos pueden responder.
Los negociadores pueden endurecer sus posiciones.
Pero mañana por la mañana, cuando los discursos todavía circulen por las redes sociales, miles de camiones volverán a formarse frente a los cruces fronterizos.
Llevarán piezas.
Alimentos.
Máquinas.
Automóviles.
Mercancías.
Y mientras crucen de un país al otro estarán recordándonos algo que la política suele olvidar:
podemos levantar muros para separar nuestros territorios, pero después de décadas construyendo juntos una misma economía, cada ladrillo que coloquemos entre México y Estados Unidos corre el riesgo de terminar levantándose en medio de nuestra propia fábrica.
-•o•-

