Salud Pública con Perspectiva 
Dr. Víctor Ruiz
dr.victor.ruiz.ruelas@gmail.com
El pasado 5 de agosto, El Debate publicó un dato que conviene leer con cuidado, porque tiene una buena y una mala noticia entrelazadas. La buena: Sinaloa dejó el segundo lugar nacional en prevalencia de obesidad infantil y cayó al octavo. La mala: eso no significa que el problema se haya resuelto. En 2025, 35.9% de las niñas y niños atendidos en consulta presentaron sobrepeso u obesidad; en lo que va de 2026, la cifra bajó a 31.7%. Dicho de otra forma: prácticamente tres de cada diez niños que hoy pisan un consultorio en Sinaloa cargan ya con este diagnóstico.
La estrategia nacional Vive Saludable, Vive Feliz visitó más de 3500 escuelas primarias este año. De los menores de 6 a 11 años revisados, 20% presentó sobrepeso y otro 20% obesidad. Y aquí hay un hallazgo que merece más atención de la que suele recibir: seis de cada diez de esos niños también tenían problemas de caries, y cuatro de cada diez niños, dificultades visuales sin diagnosticar. La obesidad no llega sola; suele ser la señal más visible de un acceso más amplio y deficiente a cuidados de salud básicos.
A nivel nacional el panorama es más amplio: México ocupa el octavo lugar mundial en obesidad infantil, uno de cada tres niños mayores de 5 años presenta sobrepeso u obesidad, y 48% de los menores de 2 años ya consume bebidas azucaradas a diario. El funcionario estatal Gerardo Kenny Inzunza fue claro al respecto: no hay un «foco rojo» geográfico en Sinaloa —el patrón se repite parejo en todos los municipios, empujado por ultraprocesados y sedentarismo, igual que en el resto del país—.
Más allá de las cifras del tamizaje, hay algo que rara vez se explica con suficiente claridad: hacia dónde va un infante con sobrepeso si nada cambia. Y aquí vale la pena ser claros, porque la evidencia es contundente en dos frentes que casi nunca se conectan en la misma conversación.
El primero es cardiometabólico. Un niño de 6 años con obesidad tiene 50% de probabilidad de seguir siendo obeso en la edad adulta; en un adolescente de 10 a 14 años con obesidad, esa probabilidad sube a 75%. Estudios de imagen cardíaca en niños con obesidad ya muestran, desde la infancia, presión arterial elevada, colesterol alto, resistencia a la insulina y un engrosamiento temprano del músculo cardíaco —el corazón empieza a remodelarse mucho antes de llegar a la vida adulta—. El riesgo de sufrir un evento cerebrovascular o cardiovascular en el futuro es entre 30% y 40% mayor que en quienes mantienen un peso saludable desde la niñez.
El segundo frente, menos discutido, es económico y social. Evidencia reciente muestra que la obesidad infantil afecta el rendimiento académico, con mayor impacto en niñas y en habilidades cognitivas y financieras, en parte por discriminación en el aula y por la expectativa —ya interiorizada desde la adolescencia— de que el mercado laboral también discriminará. Esa expectativa tiene base real: los adultos con obesidad enfrentan salarios más bajos y mayor dificultad para conseguir empleo, con estudios que apuntan a un efecto causal, no solo coincidencia. El patrón completo es una cadena conocida: peor rendimiento escolar, menor productividad laboral adulta, menor probabilidad de empleo, más estigmatización, y el consiguiente daño a la autoestima —ansiedad, depresión, aislamiento social— que también documentó el reportaje de El Debate en la voz de una especialista consultada.
Con este panorama completo, cobra más sentido un mensaje que se repite entre quienes tratan obesidad infantil todos los días: no se trata de prohibir, sino de enseñar a los niños a equilibrar su alimentación. Reducir ultraprocesados de forma progresiva, no abrupta; ofrecer alternativas reales en casa; y tener presente que agosto y las vacaciones son, precisamente por la falta de rutina, el periodo de mayor riesgo del año.
Y aquí me parece importante cerrar con una idea importante: el cuidado empieza en casa, sí, pero no debería quedarse solo ahí. Cuando hablamos de obesidad infantil, no estamos hablando únicamente del peso de un niño hoy. Estamos hablando de su corazón, de su desempeño escolar y de su lugar en el mercado laboral dentro de veinte años. Verlo así, con esa dimensión completa, es lo que debería mover tanto a las familias como a las políticas públicas a actuar con la urgencia que el problema merece.

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