Segunda marcha contra la violencia
Que Culiacán tenga que volver a vestirse de blanco el próximo 13 de septiembre, dos años después del inicio de la ola de violencia que sacudió a Sinaloa, constituye por sí mismo una evaluación al gobierno. No hace falta una boleta electoral para medir el ánimo de una sociedad: basta observar que la ciudadanía vuelve a salir a las calles para exigir lo mismo que reclamó cuando comenzó la crisis.
Si hay que repetir la marcha, es porque el reclamo sigue sin una respuesta que convenza.
Las autoridades podrán presumir operativos, detenciones, decomisos y meses en los que los homicidios han disminuido respecto a los momentos más críticos. Pero la normalidad no se mide desde el peor día de la tragedia. Se mide desde la posibilidad de que una familia salga de casa sin preguntarse si regresará completa.
Y ahí está el problema.
En junio, el 90.8 por ciento de los adultos de Culiacán dijo sentirse inseguro, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del Inegi. Entre enero y julio, Sinaloa acumuló 735 víctimas de homicidio doloso y, al corte del 21 de julio, 1,743 personas denunciadas como desaparecidas desde el 9 de septiembre de 2024 seguían sin ser localizadas.
Frente a esas cifras, cualquier intento de presentar la crisis únicamente como una curva descendente resulta, cuando menos, insuficiente.
Porque bajar desde el abismo no significa haber regresado a tierra firme.
El gobierno tiene derecho a mostrar resultados, pero también tiene la obligación de escuchar aquello que las estadísticas oficiales no siempre alcanzan a explicar: el miedo cotidiano, los negocios que bajan sus cortinas antes de tiempo, las familias que modifican sus rutinas, los jóvenes que dejan de salir y las víctimas que siguen esperando respuestas.
La seguridad no se recupera con comunicados. Se recupera cuando la gente vuelve a confiar.
Pero tampoco la indignación ciudadana debe convertirse en patente de impunidad política.
La convocatoria a la marcha ha sido presentada como una expresión ciudadana sin fines electorales. Sin embargo, en la misma conferencia aparecieron señales que obligan a mirar con cautela. Manlio Abel Jacobo Miller llamó a los partidos de oposición a construir candidaturas comunes, mientras José Miguel Taniyama vinculó la movilización con el arranque del proceso electoral.
Ahí aparece una contradicción que no puede ignorarse.
Que algunos de los promotores tengan aspiraciones o intereses políticos rumbo a 2027 no invalida el reclamo ciudadano. Lo que sí hace es elevar la exigencia sobre ellos: demostrar que están marchando al lado de las víctimas y no intentando colocarse delante de ellas.
Porque el dolor de una ciudad no puede convertirse en escalón para una candidatura.
Y tampoco puede convertirse en escudo para un gobierno.
La próxima marcha tendrá, por eso, dos destinatarios. Al gobierno le corresponde explicar por qué, después de dos años, miles de sinaloenses siguen viviendo con miedo y por qué la desaparición y el homicidio continúan formando parte de la realidad cotidiana.
A los convocantes les corresponde demostrar que su indignación no terminará cuando se apaguen las consignas y que las víctimas no serán olvidadas cuando comience la disputa por las candidaturas.
La ciudadanía merece algo mucho más difícil que una marcha: merece resultados.
Una marcha blanca no debería ser necesaria cada aniversario para recordarle al poder que hay una sociedad cansada de contar muertos, desaparecidos y promesas.
El gobierno tendrá que responder por una paz que todavía no logra garantizar.
Los convocantes tendrán que responder por el uso político que puedan hacer de una causa legítima.
Y la sociedad tendrá que cuidar que ninguno de los dos convierta su dolor en mercancía.
La paz puede ser política, porque garantizarla es una responsabilidad profundamente política. Lo que no puede ser es utilería electoral.
Porque cuando una ciudad vuelve a vestirse de blanco, el mensaje no es que la violencia quedó atrás.
El mensaje es que todavía hay demasiadas heridas abiertas.
Con información de El Sol de Sinaloa

