México Norte
José Luis Parra
Ahora que algunos expertos pronostican que el próximo año podría convertirse en una pesadilla para los contribuyentes, por la necesidad del gobierno de conseguir más dinero, vale la pena desempolvar un tema viejo, trillado, pero vigente:
La clase política le sale demasiado cara a México.
Y obviamente a los mexicanos que pagan impuestos.
Porque cuando falta dinero en el erario la mirada siempre termina en el mismo lugar: El bolsillo del contribuyente.
¿Y la tijera?
Bien, gracias.
Si realmente se necesitan recursos, el Estado podría empezar por revisar el financiamiento a los partidos políticos, el costo del aparato electoral, las estructuras burocráticas obesas, las obras faraónicas heredadas y las nuevas que seguramente vendrán.
También podría revisar con lupa el costo de un Poder Judicial que cambió jueces, ministros y magistrados, pero no necesariamente los viejos vicios del sistema.
El Poder Judicial del acordeón.
Mucho cambio de nombres.
Mucho discurso.
Y la cuenta la sigue pagando el respetable.
Pero adelgazar al gobierno siempre resulta más complicado que adelgazar la cartera del ciudadano.
Hay una vieja frase que describe perfectamente la vocación de una buena parte de nuestra clase política:
No me des, ponme donde hay.
Sabiduría mexicana aplicada al servicio público.
Por eso las aduanas se convirtieron en un botín tan codiciado. Y ahora, con todo el escándalo alrededor del llamado huachicol fiscal, queda más claro por qué esos puestos despiertan tantos apetitos.
Donde pasa mucho dinero siempre aparece algún patriota dispuesto a sacrificarse por México.
Faltaba más.
Por todo ello el electorado debería empezar desde ahora a revisar con mucho cuidado a quién entregará su voto en las próximas elecciones.
El ejercicio es sencillo.
Antes de emocionarse con los discursos, fotografías, abrazos y promesas, habría que preguntarse qué hicieron por sus estados, municipios o distritos esos modernos tarzanes de la política que ya buscan cambiar de liana.
Diputados que quieren ser senadores.
Senadores que quieren ser gobernadores.
Alcaldes que quieren ser gobernadores.
Gobernadores que sueñan con la Presidencia.
Y así sucesivamente.
La política mexicana es una selva con muchas lianas y pocos tarzanes dispuestos a bajarse del árbol.
Si se revisan resultados, probablemente muchos saldrán debiendo.
Ahhh, pero eso sí:
Cada sexenio salen nuevas comaladas de ricos.
Milagros de la política.
En ese punto vale la pena voltear hacia Sonora.
Y aparece Luis Donaldo Colosio Riojas.
Su eventual candidatura a gobernador movería intereses mucho más allá de las fronteras sonorenses. Podría convertirse en un proyecto político regional con influencia en buena parte del norte del país.
Obviamente estamos hablando de un escenario hipotético.
Colosio todavía no define si buscará Sonora, Nuevo León o finalmente tomará otro camino.
Pero la sola posibilidad ya mueve fichas.
Y dinero.
Mucho dinero.
Una candidatura de Colosio en Sonora podría aglutinar intereses empresariales de Nuevo León, Sonora y otros estados norteños alrededor de un proyecto político distinto a los tradicionales.
Una especie de nueva clase político-empresarial.
Bueno, nueva es un decir.
En política mexicana casi todo lo nuevo trae algunas piezas recicladas.
El punto interesante sería otro.
Desde hace años existe en el norte la percepción de que esta región aporta demasiado a la economía nacional y recibe poco a cambio.
De ahí nacen periódicamente esas fantasías separatistas del llamado México Norte.
Unas veces como broma.
Otras no tanto.
Pero una cosa es hablar de separación y otra muy distinta construir un bloque político y económico regional capaz de negociar con el centro del país desde una posición de fuerza.
Ahí sí cambia la historia.
Sonora tendría ingredientes interesantes para ese experimento.
Minería.
Industria.
Agricultura.
Ganadería.
Energía.
Frontera.
Puertos.
Y hasta el famoso litio, que durante años ha estado esperando inversiones, tecnología y un proyecto serio que permita saber si realmente será la riqueza prometida o terminará convertido en otro monumento a la burocracia mexicana.
Porque recursos naturales hay.
Lo que a veces falta es sentido común.
La minería podría ocupar nuevamente un lugar estratégico si logra sacudirse trámites interminables, incertidumbre y decisiones tomadas desde escritorios muy alejados de las regiones productoras.
En un hipotético bloque norteño sería natural colocarla en primera fila.
Después vendrían las actividades productivas ya conocidas.
Nuevo León con su músculo industrial.
Chihuahua.
Coahuila.
Baja California.
Sonora.
Y detrás, obviamente, los grandes capitales.
Hasta los gabachos mirarían con interés un experimento de esa naturaleza.
Negocios son negocios.
Pero para todo eso primero tendría que ocurrir algo mucho más sencillo:
Que Colosio llegue.
Y antes todavía:
Que sea candidato.
Porque una cosa son los proyectos, otra las encuestas y una muy diferente los intereses que aparecen cuando alguien amenaza con modificar el reparto tradicional del poder.
Luis Donaldo Colosio Murrieta registró a su hijo en Magdalena de Kino.
El derecho de sangre quedó ahí.
Guardado.
Décadas después ese detalle adquiere valor político.
¿Forastero?
Seguramente esa será una de las primeras armas de sus adversarios si finalmente decide competir por Sonora.
Bah.
A estas alturas la pregunta importante no debería ser dónde nació, sino qué puede hacer.
Porque Sonora ya ha tenido suficientes políticos nacidos aquí que no necesariamente le han resuelto la vida a los sonorenses.
Si Colosio llega, gobierna bien e impulsa al estado, su lugar de residencia anterior sería peccata minuta.
Y si llega para hacer lo mismo que los demás, tampoco importará dónde nació.
Será simplemente otro Tarzán cambiando de liana.
El verdadero tema es otro.
México necesita dinero.
El gobierno buscará dónde conseguirlo.
Y antes de meter nuevamente la mano al bolsillo del contribuyente debería empezar por revisar cuánto cuesta mantener a una clase política que cada año exige más recursos y ofrece resultados bastante más modestos.
Ahí está la tijera.
Nada más falta saber quién se atreve a usarla.

