Lo que « huelen a baúl del recuerdo» revela sobre cómo tratamos a la vejez en México
Dr. Víctor Ruiz
dr.victor.ruiz.ruelas@gmail.com
El 21 de julio se viralizó un fragmento del pódcast Descasadas, conducido por la entonces diputada local de Morena en Puebla, Nayeli Salvatori, y Grace Palomares. En él, ambas se burlaban de los hombres adultos mayores: «huelen a baúl del recuerdo», dijo una; « ya se están pudriendo», agregó la otra, entre comentarios sobre arrugas, piel y vida sexual en la vejez. La controversia escaló al punto de que Morena abrió una investigación interna. Salvatori primero se amparó en la «libertad de expresión» y en que sus dichos habían sido «malinterpretados»; después, el 2 de agosto, ofreció una disculpa pública.
El episodio ya se discutió como polémica política. Lo que casi nadie discute es que, detrás de ese chiste, hay un fenómeno con nombre propio y con consecuencias médicas medibles: el edadismo.
La Organización Mundial de la Salud lo define como la forma en que pensamos, sentimos y actuamos frente a otras personas —o frente a nosotros mismos— en función de la edad: una combinación de estereotipos, prejuicios y discriminación. Y a diferencia de otras formas de discriminación, el edadismo goza de algo peligroso: tolerancia social. Casi nadie lo señala como tal cuando aparece en un chiste, en una publicidad o en un consultorio.
Aquí es donde la evidencia deja de ser abstracta. El Informe Mundial sobre el Edadismo de la OMS estima que 6.3 millones de casos de depresión en el mundo son atribuibles directamente al edadismo. No es una cifra menor ni una forma de hablar: es depresión clínica que existe porque una persona interiorizó, o sufrió, discriminación por su edad. El mismo informe documenta que el edadismo se asocia con peor salud física, mayor aislamiento social y, en el ámbito clínico, con negación real de tratamientos médicos —cuando un profesional de salud minimiza síntomas o descarta intervenciones «porque ya está grande»—.
Un estudio reciente en España, elaborado por HelpAge International junto con la OMS y la Universidad de Edimburgo, encontró que 62% de las personas mayores percibe que las políticas públicas de salud no responden a sus necesidades reales, y que la discriminación institucional —no la de un comentario aislado, sino la que viene incrustada en los sistemas de atención— es la forma de edadismo que más señalan. Es decir: el problema no vive solo en un pódcast, vive también en cómo diseñamos los servicios de salud para la vejez.
México no es ajeno a este debate. En 2022, la Cámara de Diputados reformó el artículo 123 constitucional para prohibir explícitamente la discriminación por edad en el ámbito laboral, después de que se documentara que nueve de cada diez ofertas de empleo en el país excluían a personas mayores de 35 años. Ese dato, por cierto, desmiente la idea de que el edadismo solo golpea a los adultos mayores: empieza mucho antes en la vida laboral, y se intensifica con los años.
¿Por qué debería importarnos esto más allá de la anécdota del pódcast? Porque el edadismo tiene un costo que termina pagando el sistema de salud completo: personas que evitan buscar atención médica por miedo a ser tratadas con condescendencia, diagnósticos tardíos porque un síntoma se atribuyó «a la edad» en lugar de investigarse, y un aislamiento social que por sí solo ya es factor de riesgo cardiovascular y de mortalidad, con evidencia tan sólida como la del tabaquismo.
Lo que hace incómoda esta reflexión es que el edadismo no requiere mala intención explícita. Se cuela en un chiste que parece inofensivo, en la manera en que hablamos de «los viejitos» con diminutivo y condescendencia, en el instructivo médico que no se molesta en explicar bien un tratamiento a un paciente mayor porque «para qué, si ya no va a entender». La pregunta que deja este episodio no es si Salvatori y Palomares merecían la crítica que recibieron —la merecían—, sino si el resto de nosotros estamos dispuestos a mirar con la misma incomodidad los chistes sobre la vejez que hacemos, escuchamos o toleramos todos los días, sin que nadie los grabe ni los suba a un pódcast.

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