BITÁCORA INQUIETA
Después de más de un año de cierres y pérdidas, el ganado mexicano vuelve a caminar hacia Estados Unidos. Pero detrás de cada res viajan también una amenaza sanitaria, una economía herida y la obligación de demostrar que México puede contener la plaga sin ocultar sus heridas.
JESÚS OCTAVIO MILÁN GIL
Esta vez la frontera no se abre con discursos, bandas de guerra ni apretones de manos.
Se abre con veterinarios, perros entrenados, lectores electrónicos, identificadores de radiofrecuencia y ojos acostumbrados a encontrar una herida diminuta entre el pelo del ganado.
Al amanecer, en los corrales del norte de Sonora, los becerros esperan sin saber que sobre su piel se libra una batalla económica y sanitaria entre dos países. Para el animal, la revisión representa apenas una molestia. Para el ganadero, puede significar la diferencia entre recuperar parte de lo perdido o continuar vendiendo en el mercado nacional por debajo del precio que habría obtenido al otro lado de la línea.
Estados Unidos programó para este 24 de agosto la reapertura del cruce ganadero de Agua Prieta-Douglas, entre Sonora y Arizona, para permitir nuevamente el ingreso de ganado mexicano a su territorio.
No es todavía la apertura completa de la frontera.
Es una puerta entreabierta, condicionada y reversible.
El movimiento comenzará de manera gradual: alrededor de 700 cabezas diarias durante la primera semana; después podría aumentar a 900 y, si los controles funcionan, alcanzar hasta mil 300 animales por día.
Los cruces de Santa Teresa y Columbus, en Nuevo México, permanecerán cerrados mientras las autoridades estadounidenses evalúan los resultados de esta primera etapa. Cada animal deberá cumplir los protocolos acordados contra el gusano barrenador del ganado y someterse a una inspección completa antes de ingresar a Estados Unidos.
Si aparece un riesgo sanitario que las autoridades consideren inaceptable, la puerta puede volver a cerrarse.
La reapertura no es, por tanto, un cheque en blanco.
Es un examen.
La noticia devuelve algo de esperanza a miles de productores, especialmente de Sonora y Chihuahua, donde la exportación de becerros forma parte de una tradición económica que atraviesa generaciones.
Pero la esperanza, en esta ocasión, camina con cautela.
Porque la plaga no ha desaparecido.
El gusano barrenador del Nuevo Mundo —Cochliomyia hominivorax— no es propiamente un gusano, sino la larva de una mosca. La hembra deposita sus huevos en las heridas abiertas de los animales de sangre caliente. Al nacer, las larvas penetran en la lesión y se alimentan del tejido vivo.
De ahí su nombre.
No busca materia muerta.
Busca una herida viva.
Puede afectar al ganado, la fauna silvestre, las mascotas y, en casos menos frecuentes, a los seres humanos. Sin atención oportuna, la infestación puede debilitar gravemente al animal e incluso matarlo.
El Departamento de Agricultura de Estados Unidos ha aclarado que no se trata de un problema de inocuidad de la carne disponible para el consumidor. Sin embargo, constituye una amenaza zoosanitaria capaz de ocasionar sufrimiento animal, pérdidas millonarias y restricciones comerciales de enorme alcance.
La paradoja resulta inquietante.
México se preparaba para reanudar las exportaciones cuando Sonora confirmó su primer caso, localizado en la región sur del estado, a casi 300 millas de la frontera estadounidense.
La detección obligó a activar medidas de emergencia, reforzar la vigilancia, revisar animales en un amplio radio y liberar cientos de miles de moscas estériles alrededor de la zona afectada.
A pesar de ello, Washington decidió mantener la reapertura de Agua Prieta-Douglas. Consideró que la distancia respecto del cruce, la respuesta sanitaria y los mecanismos de inspección permitían administrar el riesgo.
Eso no significa que el peligro haya terminado.
Significa que ambos países han decidido intentar controlarlo sin paralizar indefinidamente el comercio.
La diferencia es importante.
Cerrar una frontera puede hacerse mediante una orden administrativa. Recuperar la confianza sanitaria requiere meses de vigilancia, inversión, coordinación científica y disciplina.
En ese terreno, un solo animal infectado que consiga cruzar puede costar más que miles de inspecciones realizadas correctamente.
La crisis comenzó en noviembre de 2024, cuando el gusano barrenador fue detectado en Chiapas después de avanzar desde Centroamérica. Estados Unidos suspendió inicialmente las importaciones de ganado mexicano y posteriormente permitió una reapertura bajo nuevos controles sanitarios.
La tranquilidad duró poco.
Conforme la plaga avanzó hacia el norte, Washington impuso nuevas suspensiones durante 2025. La frontera quedó sujeta a cierres, reaperturas parciales y controles cada vez más estrictos. Desde mayo de ese año, el comercio de ganado mexicano en pie permaneció mayoritariamente interrumpido.
No fue, por tanto, un solo cierre continuo desde noviembre de 2024.
Fue algo quizá más desgastante: una sucesión de aperturas frustradas, restricciones y fechas inciertas que impidieron a los ganaderos planear con seguridad.
Antes de las suspensiones, México exportaba aproximadamente 1.2 millones de cabezas de ganado al año hacia Estados Unidos, principalmente desde las entidades del norte. Ese comercio representaba alrededor de mil 200 millones de dólares anuales.
Al perder el acceso al mercado estadounidense, numerosos productores tuvieron que vender sus animales dentro del país por precios considerablemente menores.
El becerro siguió comiendo.
La deuda del productor siguió creciendo.
Pero el comprador que pagaba en dólares desapareció detrás de una barrera sanitaria.
El daño tampoco se quedó de este lado.
Estados Unidos enfrenta uno de sus inventarios ganaderos más reducidos de las últimas décadas, después de años de sequía, altos costos de alimentación y disminución de los hatos. La falta de becerros mexicanos agravó la escasez, presionó los precios de la carne y afectó a corrales de engorda y plantas procesadoras.
La frontera cerrada protegía a Estados Unidos de una plaga, pero también encarecía parte de su cadena alimentaria.
México necesitaba vender.
Estados Unidos necesitaba comprar.
Y entre ambos apareció una mosca para recordarles que la integración económica puede quedar a merced de unos cuantos milímetros de vida biológica.
La respuesta científica parece salida de una novela de anticipación: producir millones de moscas macho, esterilizarlas mediante radiación y liberarlas desde el aire.
Cuando estos machos se aparean con hembras silvestres, no producen descendencia. Repetido a gran escala, el procedimiento reduce progresivamente la población del insecto.
No se combate a la mosca únicamente matándola.
Se le derrota impidiéndole reproducirse.
México y Estados Unidos inauguraron en junio de 2026 una planta en Metapa de Domínguez, Chiapas, con capacidad proyectada para producir hasta 100 millones de moscas estériles por semana. La instalación, con una inversión conjunta superior a 50 millones de dólares, constituye una de las piezas centrales de la estrategia binacional.
La técnica no es nueva.
Gracias a ella, el gusano barrenador fue erradicado de Estados Unidos durante la década de 1960 y posteriormente desplazado hacia el sur del continente. Durante años, una barrera biológica establecida en Panamá ayudó a impedir su regreso.
Pero las barreras sanitarias también se debilitan.
La movilización irregular de animales, las rutas clandestinas de ganado, la vigilancia insuficiente, los cambios ambientales y el deterioro de las capacidades institucionales pueden abrir caminos que una mosca aprovecha sin necesitar pasaporte.
Por eso sería un error presentar la reapertura como una victoria definitiva.
Es apenas una oportunidad.
La fotografía de un veterinario revisando el ojo herido de un becerro resume mejor la realidad que cualquier ceremonia oficial. Mientras los gobiernos hablan de protocolos, cooperación y recuperación comercial, alguien debe acercarse al animal, separar el pelo, observar la lesión y decidir si está en condiciones de seguir adelante.
Allí se juega la credibilidad de México.
No solamente en las oficinas de la Secretaría de Agricultura, sino en el rancho más apartado; en la movilización legal de los animales; en los puntos de inspección; en la denuncia temprana; en la trazabilidad y en la capacidad de impedir que el ganado sin documentos atraviese estados y fronteras internas.
La sanidad animal no se construye con boletines.
Se construye con presencia territorial.
También exige que el pequeño ganadero no sea abandonado frente al costo de la prevención. Pedirle controles estrictos sin proporcionarle asistencia veterinaria, capacitación, medicamentos, infraestructura y compensaciones razonables equivale a trasladarle toda la responsabilidad de una emergencia nacional.
Cuando cumplir la ley resulta mucho más caro que evadirla, la clandestinidad encuentra terreno fértil.
La reapertura de Agua Prieta-Douglas debe recibirse con esperanza, pero no convertirse en propaganda. Devuelve oxígeno a la ganadería mexicana y puede aliviar algunas presiones de la industria estadounidense. Sin embargo, coloca a México bajo una lupa todavía más poderosa.
A partir de ahora, cada caso contará.
Cada omisión pesará.
Cada animal que cruce llevará consigo no solamente su certificado sanitario, sino la reputación de todo un país.
El verdadero éxito no consistirá en presumir cuántos becerros lograron pasar durante la primera semana. Consistirá en mantener abierta la frontera sin permitir que la plaga avance; recuperar los mercados sin ocultar los contagios; proteger al productor sin sacrificar la vigilancia, y demostrar que México puede responder con ciencia antes de que la emergencia se transforme en catástrofe.
Después de tantos meses, los corrales vuelven a mirar hacia el norte.
Los ganaderos hacen cuentas.
Los veterinarios preparan sus instrumentos.
Las autoridades hablan de optimismo prudente.
Y la frontera comienza a abrirse.
Pero del otro lado no solamente espera un comprador.
También espera una lupa.
Y bajo esa lupa estará el ganado mexicano, por supuesto, pero también algo mucho más delicado: la capacidad de México para cuidar lo que produce, cumplir lo que promete y entender que, cuando una herida permanece abierta, hasta la mosca más pequeña puede poner de rodillas a una economía entera.
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