BITÁCORA INQUIETA
El Pacífico vuelve a calentarse con una fuerza excepcional. Pero esta vez El Niño no llega solo: encuentra océanos más calientes, una atmósfera alterada por los gases de efecto invernadero y sociedades que todavía acostumbran prepararse para los desastres cuando los desastres ya comenzaron.
Jesús Octavio Milán Gil
El Pacífico parece tranquilo.
Uno podría quedarse frente al mar durante horas y no advertir nada extraordinario. Las olas llegarían con la misma obstinación de siempre, las aves continuarían buscando alimento y el horizonte seguiría pareciendo esa línea inmóvil donde el cielo y el agua llevan siglos fingiendo que se encuentran.
Pero debajo de esa aparente serenidad algo enorme está ocurriendo.
El océano está acumulando y redistribuyendo calor.
El Niño ha regresado.
No es un visitante desconocido. Existía mucho antes de que inventáramos los termómetros, los satélites, las computadoras y las conferencias internacionales sobre el clima. Es una oscilación natural del sistema océano-atmósfera del Pacífico tropical. Lo inquietante en 2026 no es su existencia, sino la fuerza que está adquiriendo y, sobre todo, el mundo que ha encontrado al despertar.
La Organización Meteorológica Mundial confirmó este 3 de septiembre que el episodio está plenamente establecido y continuará intensificándose durante los próximos meses hasta alcanzar una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026. Sus centros mundiales de predicción estiman una probabilidad prácticamente del cien por ciento de que persista hasta febrero de 2027. La OMM advierte que las aguas excepcionalmente cálidas del Pacífico tropical están alimentando esa intensificación.
La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, fue todavía más lejos al explicar que las temperaturas subsuperficiales del océano llegaron en algunas zonas a superar en más de 8 °C los valores normales durante julio y principios de agosto. Si la trayectoria continúa, señaló, el episodio podría terminar siendo más intenso que cualquiera observado desde que comenzó el monitoreo moderno.
La palabra importante es podría.
Porque la ciencia seria no convierte un pronóstico en acontecimiento consumado.
Todavía no podemos afirmar que estamos frente al mayor El Niño de la historia. Podemos decir algo suficientemente importante: estamos ante un fenómeno excepcional que tiene posibilidades de colocarse entre los grandes episodios de la era instrumental.
Ya conocemos algunos de sus antepasados.
El Niño de 1982-83 sorprendió a buena parte de la comunidad científica. El de 1997-98 se convirtió en referencia mundial por su enorme intensidad y sus consecuencias. El de 2015-16 volvió a demostrar hasta qué punto una alteración del Pacífico tropical puede repercutir sobre lluvias, sequías, agricultura, incendios y temperaturas a miles de kilómetros.
El de 2026-27 tendrá que esperar a que las observaciones escriban su lugar definitivo en esa historia.
El mecanismo parece sencillo hasta que uno intenta imaginar su tamaño. En condiciones normales, los vientos alisios empujan las aguas superficiales cálidas hacia el oeste del Pacífico. Cuando esos vientos se debilitan, una enorme masa de agua caliente se desplaza hacia el centro y el este. Cambian las temperaturas superficiales, cambia la presión atmosférica, cambia la formación de nubes y termina reorganizándose parte de la circulación de la atmósfera.
El océano mueve el cielo.
Y el cielo mueve las lluvias.
Por eso El Niño puede favorecer sequías en unas regiones e inundaciones en otras; aumentar el riesgo de incendios, alterar monzones, modificar cosechas y perturbar ecosistemas marinos. La propia OMM advierte que un episodio muy fuerte puede producir cambios importantes en los patrones mundiales de temperatura y precipitación y agravar determinados fenómenos extremos.
Pero existe una precaución que deberíamos colocar encima de cualquier mapa meteorológico: un El Niño muy fuerte no significa que todos sus efectos serán extremos en todos los lugares.
El clima no funciona como un interruptor.
Y aquí comienza la parte verdaderamente inquietante de esta historia.
El Niño es natural.
El calentamiento global actual, en cambio, está impulsado principalmente por las emisiones humanas de gases de efecto invernadero.
No son la misma cosa.
Pero ahora ocurren simultáneamente.
El Niño de 1997-98 encontró un planeta. El de 2015-16 encontró otro. Y el de 2026 está encontrando uno todavía más caliente.
Esa diferencia importa.
La investigación científica continúa tratando de determinar hasta qué punto el calentamiento provocado por las actividades humanas modificará en el futuro la frecuencia, intensidad o comportamiento del fenómeno conocido como ENSO -El Niño-Oscilación del Sur -, el gran sistema climático del Pacífico tropical que alterna entre las fases de El Niño, La Niña y periodos neutrales. No todas las respuestas están cerradas y sería irresponsable presentarlas como si lo estuvieran. Pero existe una certeza física mucho más elemental: cuando El Niño libera temporalmente más calor del océano hacia la atmósfera, ese impulso se suma a una tendencia de calentamiento planetario que ya estaba allí.
El Niño es como subir unos peldaños de una escalera colocada sobre un piso que también está subiendo. El fenómeno natural nos eleva temporalmente la temperatura; el calentamiento global eleva, año tras año, el suelo desde el cual comenzamos a subir. Y cuando El Niño termina, es cuando llega la niña y podemos bajar algunos peldaños, pero ya no regresamos al mismo piso de antes.
Por eso existe preocupación por 2027.
La OMM recuerda que el poderoso episodio de 2023-24 contribuyó a que 2024 se convirtiera en el año más cálido registrado y advierte que no debería sorprendernos que ese récord vuelva a romperse. Eso no significa que 2027 ya haya sido condenado a convertirse en el año más caliente de la historia. Significa que existe un riesgo suficientemente serio para vigilarlo.
Y mientras los científicos hablan de anomalías térmicas, circulación atmosférica y temperaturas oceánicas, la gente termina descubriendo el clima de otra manera.
En el precio del arroz.
En el café.
En el maíz.
En el recibo de electricidad.
En una presa.
En una cosecha que no llegó.
En un campo que esperaba lluvia y recibió polvo.
New Scientist, en el reportaje que motivó esta reflexión, llama la atención sobre la producción mundial de arroz y recuerda cómo los grandes episodios de El Niño han alterado históricamente las lluvias de importantes regiones productoras de Asia. También recupera la experiencia de Indonesia, donde episodios anteriores coincidieron con incendios gigantescos capaces de liberar enormes cantidades de carbono.
La cadena puede resultar brutalmente sencilla: menos lluvia seca el suelo; el suelo seco favorece incendios; el incendio libera carbono; las cosechas disminuyen; la oferta se reduce; los mercados reaccionan; los precios suben.
Y entonces un fenómeno nacido a miles de kilómetros termina sentado a nuestra mesa.
México tampoco observa esta historia desde la tribuna.
Nuestro territorio está colocado entre dos océanos y atravesado por sierras, desiertos y regiones tropicales. Los efectos de El Niño varían enormemente de una región a otra y de un episodio a otro. Nadie responsable puede anunciar desde septiembre exactamente cuánta lluvia caerá sobre cada estado durante los próximos meses.
Pero en Sinaloa sabemos que hablar del clima es hablar de algo más que del clima.
Es hablar de agua.
Y hablar de agua es hablar de agricultura.
Aquí la presa no es solamente una obra de ingeniería. Es una especie de calendario líquido del campo. Su nivel termina participando silenciosamente en decisiones sobre hectáreas sembradas, cultivos, riegos, créditos, empleo y expectativas familiares.
Tenemos una referencia reciente que ayuda a dimensionar esa dependencia: el 8 de septiembre de 2025, el gobierno estatal reportaba que el conjunto de presas sinaloenses almacenaba apenas 33.9 % de su capacidad, y ese solo dato era suficiente para determinar qué superficie podía programarse para el ciclo otoño-invierno.
No presento aquella cifra como el almacenamiento actual de 2026. Sería incorrecto hacerlo. La menciono porque demuestra algo más importante: en Sinaloa, unos cuantos puntos porcentuales de agua almacenada pueden modificar la planeación agrícola de toda una temporada.
Por eso El Niño debería interesarnos antes de que sepamos exactamente cuánto lloverá.
Maíz, frijol, garbanzo, hortalizas y ganadería dependen directa o indirectamente de una ecuación donde el agua sigue siendo la variable principal.
Y ahí encuentro una de nuestras contradicciones más persistentes.
Disponemos de satélites que observan el Pacífico desde el espacio, boyas que registran la temperatura del océano, modelos capaces de anticipar escenarios con meses de anticipación y organismos internacionales que están advirtiendo desde ahora que enfrentamos un episodio excepcional.
Sin embargo, seguimos administrando demasiadas veces el clima después de que ocurre.
Primero llega la sequía y después preguntamos por las presas.
Primero se inunda la ciudad y después limpiamos los drenajes.
Primero se pierde la cosecha y después buscamos el apoyo.
Primero arde el bosque y después contamos los árboles.
La OMM está haciendo exactamente el llamado contrario: utilizar esta ventana de pronóstico para fortalecer preparación, alertas tempranas y acciones preventivas. Incluso ha iniciado una movilización internacional con servicios meteorológicos y organismos humanitarios porque considera excepcional el episodio que se aproxima.
México debería aprovechar esa ventaja.
Necesitamos mejores sistemas de observación meteorológica, administración de cuencas basada en escenarios climáticos, infraestructura hidráulica mantenida antes de la emergencia, seguros agrícolas capaces de responder a nuevos patrones de riesgo, variedades de cultivos más resistentes, sistemas eficientes de riego y una comunicación científica que llegue al productor antes que el rumor.
Sinaloa necesita además aprender a convertir el pronóstico climático en una herramienta cotidiana de política agrícola.
Porque administrar una presa mirando solamente cuánta agua contiene hoy es como conducir un automóvil mirando únicamente el espejo retrovisor.
El futuro también viene por el parabrisas.
Tal vez este El Niño termine rompiendo récords.
Tal vez no.
Eso lo decidirán las mediciones de los próximos meses, no los titulares de septiembre.
Pero la pregunta verdaderamente importante no necesita esperar hasta diciembre.
El Pacífico está enviando una señal. La ciencia la está leyendo. Los organismos internacionales están advirtiendo sobre ella. Y nosotros tenemos todavía algo extraordinariamente valioso que muchas veces descubrimos cuando ya lo hemos perdido:
tiempo.
Tiempo para revisar las presas, planear las siembras, preparar las ciudades, fortalecer las alertas y decidir qué hacer si la lluvia falta o si llega donde no la esperábamos.
Porque El Niño nace muy lejos de Sinaloa, en ese inmenso océano que parece no tener memoria.
Pero el agua sí tiene memoria.
Recuerda los cauces que ocupamos, los bosques que quitamos, las presas que descuidamos y cada temporada en que confundimos abundancia con eternidad.
Algún día las aguas cálidas del Pacífico volverán a enfriarse y este Niño también se irá.
Lo que todavía no sabemos es qué encontrará cuando llegue a nuestra puerta: una sociedad sorprendida otra vez por lo que ya sabía que podía ocurrir, o un país que finalmente aprendió que gobernar el clima no es posible, pero prepararse para él sí.

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