EL DÍA EN QUE CULIACÁN DECIDIÓ CAMINAR POR LA PAZ
BITÁCORA INQUIETA
Jesús Octavio Milán Gil
Hay ciudades que caminan para celebrar una victoria. Otras caminan detrás de una procesión, de una bandera, de un equipo de futbol o de una causa política. Culiacán caminará por algo mucho más elemental: caminará para pedir paz.
Y quizá pocas imágenes expliquen mejor la dimensión de nuestra tragedia que esa: miles de personas vestidas de blanco recorriendo las calles de una ciudad mexicana para reclamar algo que ninguna sociedad debería tener que mendigar: poder salir de casa, abrir un negocio, mandar a los hijos a la escuela, conducir por una carretera, regresar por la noche, vivir sin preguntarse, antes de cerrar la puerta, qué estará ocurriendo afuera.
El próximo 9 de septiembre se cumplen dos años desde que Culiacán entró en uno de los periodos más dolorosos de su historia reciente. Dos años. Dicho así parece solamente una medida del calendario: veinticuatro meses, más de setecientos días. Pero el miedo no se mide con calendarios.
Se mide con negocios que cerraron temprano, clases suspendidas, calles que quedaron vacías antes de anochecer, familias que aprendieron a consultar el teléfono antes de salir de casa, restaurantes que perdieron clientes, comerciantes que bajaron las cortinas y madres esperando que sus hijos contestaran un mensaje. Se mide también con ciudadanos que incorporaron al lenguaje cotidiano palabras que jamás debieron convertirse en parte de la rutina: retenes, balaceras, desaparecidos, bloqueos, enfrentamientos, muertos.
La tragedia verdadera comienza cuando esas palabras dejan de sorprendernos. Porque una sociedad no solamente pierde la paz cuando comienzan los disparos. También la pierde cuando empieza a acostumbrarse a ellos.
El 4 de septiembre, la Diócesis de Culiacán emitió una convocatoria para realizar una marcha pacífica. La jornada comenzará la mañana del domingo 13 de septiembre al pie de La Lomita y avanzará hasta la Catedral. La gente irá vestida de blanco. Pero conviene entender lo que significa ese blanco: no debería ser el color de la resignación, sino el de una sociedad que todavía se niega a aceptar que la violencia sea su destino.
Y aquí comienza la parte incómoda de esta historia. Porque la paz no puede reducirse a una marcha, ni a una misa, ni a una fotografía aérea de miles de personas caminando por una avenida. Tampoco a discursos, desplegados o siquiera a oraciones, por profundas y legítimas que sean. Una marcha puede despertar una conciencia. Pero después alguien tiene que gobernar, investigar, detener a quienes delinquen, encontrar a los desaparecidos, proteger a los comerciantes, garantizar que los niños lleguen a la escuela y reconstruir la confianza.
Y ese alguien se llama Estado.
La paz comienza en la familia y se fortalece en la comunidad, pero la seguridad pública no puede privatizarse moralmente transfiriéndole al ciudadano la responsabilidad que corresponde a las instituciones. No basta pedirle a la sociedad que sea buena. El Estado tiene que ser eficaz.
Ahí se encuentra una de las grandes confusiones del debate mexicano sobre la violencia. Durante años hemos hablado de paz como si fuera simplemente lo contrario de la guerra. No lo es. La paz verdadera requiere instituciones capaces de hacer cumplir la ley, policías profesionales, fiscalías que investiguen, tribunales que funcionen, prevención social, escuelas que permanezcan abiertas, oportunidades para los jóvenes y comunidades que recuperen los espacios que el miedo les arrebató.
La paz necesita justicia.
Porque una paz sin justicia puede terminar siendo solamente silencio. Y los cementerios también son silenciosos.
Culiacán sabe algo de esto. Esta ciudad ya conoció aquel 17 de octubre de 2019 que terminó registrado en la memoria nacional como el Culiacanazo. Conoció después otros episodios. Pero lo ocurrido desde septiembre de 2024 pertenece a otra dimensión. Ya no se trató solamente de una jornada extraordinaria capaz de paralizar durante algunas horas a una ciudad. La violencia comenzó a instalarse en el calendario.
Y cuando la violencia consigue instalarse en el calendario, cambia la psicología de una sociedad. La gente aprende rutas, horarios, precauciones y silencios. Se desarrolla una especie de cartografía invisible del miedo: por aquí sí; por allá no; a esta hora, quizá; de noche, mejor no. La violencia termina modificando la geografía sin mover una sola montaña.
Pero sería un error pensar que ésta es solamente una historia sinaloense.
Culiacán es el espejo. México es la habitación.
Durante décadas, distintas regiones del país han aprendido esa misma gramática: Ciudad Juárez, Tijuana, Acapulco, Celaya, Zacatecas, Reynosa, Uruapan y tantas comunidades cuyos nombres aparecen durante unas horas en los noticieros y después desaparecen bajo la siguiente tragedia. Cambian los territorios, los grupos criminales, los gobernadores y los presidentes. Pero permanece una pregunta que México no ha conseguido responder: ¿cómo se recupera un territorio cuando el miedo se vuelve parte de la vida cotidiana?
No existe una respuesta sencilla. Pero sí sabemos cómo no se recupera. No se recupera negando, maquillando cifras, convirtiendo cada crítica en un ataque político, utilizando la tragedia para golpear al adversario o prometiendo que todo está bajo control cuando la experiencia cotidiana de la población dice otra cosa.
La primera condición para reconstruir la paz es reconocer la realidad. La segunda es medirla. La tercera es intervenirla. Y la cuarta, quizá la más difícil, es sostener durante años el esfuerzo. Porque destruir el tejido social puede tomar meses. Reconstruirlo puede tomar una generación.
Por eso la marcha de Culiacán debería importarle al país. No porque una multitud vestida de blanco vaya a derrotar al crimen organizado caminando desde La Lomita hasta Catedral. Sería ingenuo pensarlo. Importa porque una sociedad que sale nuevamente a ocupar sus calles está realizando un acto elemental de ciudadanía: está diciendo que la ciudad todavía le pertenece.
Las calles pertenecen a quienes llevan a sus hijos a la escuela, abren una papelería, venden tacos, conducen un autobús, atienden un hospital, enseñan química, matemáticas o literatura, barren una banqueta, se enamoran, envejecen o simplemente quieren vivir. Una ciudad comienza a perderse cuando sus habitantes sienten que tienen que pedir un permiso invisible para habitarla.
Por eso caminar importa.
Pero caminar no basta.
Después del domingo vendrá el lunes. Y ésa será la verdadera prueba. Porque el lunes habrá que volver a abrir los comercios, regresar a las escuelas, abordar el transporte, ocupar las oficinas y recorrer las colonias. Y entonces tendremos que hacernos la pregunta que ninguna fotografía multitudinaria puede responder: ¿qué cambió?
Ahí debería comenzar una agenda seria para Culiacán y para México. Una política de paz tendría que mirar mucho más allá de los operativos. Necesitamos policías locales profesionalizadas y protegidas de la infiltración criminal; fiscalías capaces de investigar homicidios y desapariciones; inteligencia financiera para seguir el dinero; recuperación de espacios públicos; protección efectiva a comerciantes y empresarios; atención psicológica a víctimas y familias; programas educativos y culturales en las zonas más vulnerables; oportunidades reales para los jóvenes; coordinación entre municipios, estados y Federación, y mecanismos públicos que permitan evaluar resultados.
Pero necesitamos algo todavía más difícil: recuperar la confianza.
La confianza es una infraestructura invisible. No aparece en los presupuestos, no se inaugura, no lleva placa ni se corta con un listón. Pero sin ella ninguna sociedad funciona. Es confiar en que la policía acudirá, que denunciar no empeorará las cosas, que un juez aplicará la ley, que el gobierno dirá la verdad, que el vecino no está solo y que nuestros hijos podrán construir aquí su futuro. Cuando esa infraestructura se derrumba, reconstruir carreteras resulta más sencillo que reconstruir una comunidad.
Las sociedades también se cansan. Se cansan de tener miedo, de escuchar explicaciones, de contar muertos, de esperar. Pero también he aprendido algo durante décadas frente a un salón de clases: ninguna generación está condenada a repetir exactamente los errores de la anterior. La violencia se aprende, pero la convivencia también. El miedo se contagia, pero la esperanza también. La indiferencia se reproduce, pero la solidaridad también.
Quizá por eso quiero mirar la marcha del próximo domingo no como el final de algo, sino como el principio de una pregunta. Cuando miles de personas comiencen a bajar desde La Lomita vestidas de blanco, cada una llevará consigo una historia que los demás desconocemos. Tal vez alguien camine por un hijo; alguien por un hermano; alguien por un amigo que ya no regresó; alguien por un negocio perdido; alguien por los alumnos que dejaron de asistir a clases. Alguien simplemente caminará porque está cansado de tener miedo. Y habrá también quienes caminen porque todavía creen.
Eso importa. Porque las ciudades no mueren solamente cuando destruyen sus edificios. Mueren cuando sus habitantes dejan de imaginar un futuro dentro de ellas.
Culiacán todavía imagina. Por eso caminará.
Pero cuando termine la marcha y las playeras blancas regresen a los armarios, comenzará la responsabilidad más grande: la de los gobiernos, las instituciones, las familias, las escuelas, los empresarios, las iglesias, los medios y nosotros mismos. No para sustituir al Estado, sino para exigirle que cumpla.
Dos años después, Culiacán no necesita aprender a convivir con la violencia. Necesita recuperar el derecho a sorprenderse ante ella, a indignarse, a denunciarla, a combatirla dentro de la ley y a negarse a considerarla normal.
El domingo 13 de septiembre, una ciudad caminará vestida de blanco. México debería mirar con atención. Porque quizá esas personas no estén caminando solamente por Culiacán. Quizá estén formulando, con sus propios pasos, una pregunta que tarde o temprano tendrá que responder todo el país:
¿Cuánto miedo estamos dispuestos a normalizar antes de decidir que ya fue suficiente?
Y cuando la última persona llegue a Catedral, cuando termine la marcha y las calles vuelvan poco a poco a su ruido cotidiano, quedará pendiente la respuesta. Porque la paz no consiste solamente en dejar de escuchar disparos.
La paz llegará de verdad el día en que un niño pueda salir de su casa sin saber siquiera que alguna vez tuvimos que organizar una marcha para pedirla.

