BITÁCORA INQUIETA
Una crónica no comienza buscando palabras difíciles. Comienza mirando alrededor, preguntando a los abuelos y descubriendo que detrás de un río, una iglesia, una escuela, una plaza o una vieja fotografía puede esconderse la memoria de Culiacán.
Jesús Octavio Milán Gil
Hay una frase en la convocatoria del XV Concurso de la Niña o Niño Cronista de Culiacán que debería quedarse mucho tiempo entre nosotros:
“No se puede querer lo que no se conoce”.
La he leído varias veces.
Y mientras más la leo, más pienso que no es solamente el lema de un concurso infantil. Es también una pequeña lección de ciudadanía.
Porque una ciudad no se conoce únicamente aprendiendo cuándo fue fundada, cuántos habitantes tiene o dónde se encuentran sus edificios principales.
Una ciudad se conoce caminándola.
Preguntándola.
Escuchándola.
Recordándola.
La convocatoria del Ayuntamiento de Culiacán, La Crónica de Culiacán y la Dirección de Educación Municipal invita a estudiantes de quinto y sexto grados de primaria a escribir sobre los símbolos de identidad de nuestra ciudad y sus sindicaturas.
Y me parece una oportunidad extraordinaria.
No solamente para escribir.
También para aprender a mirar.
Si yo tuviera hoy diez u once años y quisiera participar, probablemente comenzaría por hacer algo muy sencillo:
saldría a caminar.
No buscaría inmediatamente en Google.
Primero miraría alrededor.
Porque una crónica puede comenzar prácticamente en cualquier parte.
Supongamos que una niña decide escribir sobre los ríos de Culiacán.
Podría comenzar así:
Mi abuelo dice que cuando él era niño el río parecía más grande. Yo no sé si realmente tenía más agua o si los ríos también crecen cuando uno los recuerda.
Ahí ya comenzó una crónica.
Todavía no aparecen fechas.
Ni estadísticas.
Ni explicaciones geográficas.
Aparece algo mucho más importante:
una voz.
Después esa niña puede investigar.
Descubrirá que el Humaya y el Tamazula llegan desde lugares distintos y se encuentran dentro de la ciudad para formar el río Culiacán.
Entonces podrá ir al sitio donde ocurre ese encuentro.
Mirar el agua.
Escuchar los automóviles.
Observar los puentes.
Preguntarse cuántas generaciones de culiacanenses habrán contemplado esos mismos ríos.
La convocatoria ofrece precisamente varias rutas para hacerlo.
Los niños pueden escribir sobre edificios y monumentos con valor histórico y cultural: iglesias, escuelas, edificios de gobierno, instalaciones deportivas, industrias o monumentos.
Pero también pueden hacerlo sobre personas reconocidas que hayan contribuido al desarrollo de su comunidad.
Y aquí aparece otra posibilidad maravillosa.
Entrevistar a los mayores.
Una niña podría sentarse frente a su abuela y preguntarle:
—¿Cómo era esta colonia cuando usted llegó?
Tal vez la respuesta sea:
—Aquí no había pavimento.
Y detrás de esas cinco palabras puede aparecer una historia completa.
¿Cómo eran las calles?
¿Dónde compraban la comida?
¿A qué escuela iban los niños?
¿Había alumbrado?
¿Dónde jugaban?
¿Qué ocurrió cuando llegó por primera vez el agua potable?
Una buena crónica muchas veces nace precisamente de una pregunta pequeña.
También podría elegirse una sindicatura.
Costa Rica.
Quilá.
El Salado.
Eldorado.
Imala.
Tacuichamona.
San Lorenzo.
Las Tapias.
Cada comunidad guarda historias que no siempre aparecen en los libros.
Hay personas que recuerdan cuándo llegó la electricidad.
O cuándo se construyó una escuela.
O cuándo una creciente modificó la vida del pueblo.
O cómo era una fiesta hace cincuenta años.
La convocatoria permite incluso escribir sobre experiencias relacionadas con el medio ambiente: recolección de basura, arborización, cuidado del agua.
Imagino entonces otra crónica.
Una niña observa todos los días un árbol enorme frente a su escuela.
Nadie parece prestarle atención.
Hasta que pregunta:
—¿Cuántos años tendrá?
Un maestro responde que quizá cincuenta.
La niña comienza a investigar.
Descubre que algunos padres de familia que hoy llevan a sus hijos a esa escuela jugaron debajo del mismo árbol.
Entonces deja de ser simplemente un árbol.
Se convierte en testigo del barrio.
Eso es justamente lo que hace la mirada de un cronista: descubre significado donde los demás solamente vemos cosas.
Pero la convocatoria contiene otro elemento que considero fundamental: las fuentes.
Los participantes pueden acudir a bibliotecas, archivos y documentos; utilizar medios electrónicos; realizar trabajo de campo mediante entrevistas con familiares o personas relacionadas con la historia oral.
Eso significa que una crónica no consiste en inventar.
Consiste en investigar para después contar.
Hay una diferencia enorme.
El niño puede preguntar.
Puede comparar versiones.
Puede buscar fotografías antiguas.
Puede visitar el lugar.
Puede anotar nombres.
Puede escuchar a los adultos mayores.
Y después debe hacer algo todavía más difícil:
contarlo con sus propias palabras.
En tiempos de inteligencia artificial, esa última parte adquiere todavía mayor importancia.
Una computadora puede proporcionar información sobre Culiacán.
Puede explicar cuándo se construyó un edificio o dónde nace un río.
Pero hay algo que ninguna máquina puede hacer en lugar de ese niño:
mirar Culiacán con sus ojos.
La convocatoria pide originalidad, secuencia narrativa, síntesis y buena ortografía.
Yo agregaría solamente una recomendación:
no intenten escribir como adultos.
Escriban como niños que descubren algo.
Si visitan una iglesia antigua, cuenten qué sintieron al entrar.
Si entrevistan a su abuelo, escriban aquella frase que les sorprendió.
Si caminan junto al río, describan qué escucharon.
Si investigan una plaza, averigüen quién se sentaba allí hace cincuenta años.
Si encuentran una fotografía antigua, pregúntense qué ocurrió con las personas que aparecen en ella.
Una crónica necesita datos.
Pero también necesita vida.
Quizá por eso este concurso me parece mucho más importante de lo que aparenta.
Estamos acostumbrados a pensar que la historia pertenece a los historiadores.
No necesariamente.
La memoria de una ciudad también pertenece al niño que pregunta.
A la abuela que recuerda.
Al maestro que explica.
Al vecino que conserva una fotografía.
Al campesino que conoce el nombre antiguo de un camino.
Al comerciante que ha visto transformarse una calle durante cuarenta años.
Y a esa niña que un día toma un cuaderno y decide escribirlo.
La convocatoria permanecerá abierta hasta el lunes 14 de septiembre de 2026, a las 15:00 horas. Los trabajos deben tener un mínimo de dos y un máximo de seis hojas, y el jurado seleccionará diez mejores crónicas y relatos para pasar a una votación final.
Habrá premios.
Una tableta.
Libros.
Reconocimientos.
Pero sospecho que puede haber un premio todavía mayor.
Que un niño termine su crónica, vuelva a caminar por su colonia, observe aquel río, aquella iglesia, aquel árbol, aquella escuela o aquella plaza sobre la que escribió y descubra que ya no los mira de la misma manera.
Porque ahora conoce su historia.
Y quizá entonces comprenda el verdadero significado de aquellas palabras que encabezan la convocatoria:
No se puede querer lo que no se conoce.
Yo añadiría solamente una línea:
y cuando un niño comienza a preguntar por la historia del lugar donde vive, una ciudad comienza a reconocerse en sus propios ojos.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *