El árbitro bajo sospecha
José Luis Parra
El INE entra a la elección del 2027 con demasiadas pelotas en el aire.
Y algunas son de fuego.
El problema no es solamente organizar una elección gigantesca. Son 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas y miles de cargos locales. El propio Instituto calcula más de 19 mil cargos en disputa y alrededor de 176 mil casillas. Nada sencillo.
Pero resulta que mientras prepara semejante monstruo electoral, dentro del INE hay pleitos, cambios administrativos, cuestionamientos sobre algunas reglas y una discusión presupuestal que apenas empieza.
Bonito momento para experimentar.
El Consejo General luce dividido.
Por un lado está el grupo que generalmente acompaña las decisiones de la presidenta Guadalupe Taddei.
Por el otro, consejeros como Carla Humphrey, Martín Faz y Arturo Castillo han cuestionado diferentes determinaciones. Uuc-kib Espadas también ha expresado diferencias en algunos temas.
Hasta aquí nada necesariamente anormal.
Un órgano colegiado no es un convento.
El problema comienza cuando las diferencias alcanzan cuestiones relacionadas directamente con la confianza en la elección.
Y ahí aparece una palabra bastante delicada:
Confianza.
Porque elecciones puede organizar cualquiera con suficiente dinero, papel, computadoras y funcionarios.
Elecciones creíbles es otra cosa.
Entre las discusiones recientes apareció la eliminación del cruce que permitía identificar si aspirantes a observadores electorales figuraban también como Servidores de la Nación. La decisión provocó críticas dentro del propio Consejo y entre representantes partidistas. También generó controversia el tratamiento que deberá darse a las llamadas boletas planchadas. Ambos asuntos fueron discutidos públicamente en la sesión del 3 de septiembre.
Quizá tengan una explicación técnica impecable.
Quizá.
Pero en materia electoral no basta con hacer las cosas correctamente.
También deben parecer correctas.
Vieja regla de la política.
Y más vieja todavía cuando quien arbitra tiene enfrente jugadores que desconfían hasta del volado para escoger cancha.
Las boletas planchadas son un buen ejemplo.
Si una boleta aparece dentro de una urna sin los dobleces naturales para introducirla por la ranura, evidentemente surgirán sospechas.
¿Fraude?
No necesariamente.
Pero sospechas habrá.
Y en una elección cerrada una sospecha puede valer más políticamente que mil explicaciones técnicas.
Ese es precisamente el problema.
El INE no solamente contará votos en 2027.
Tendrá que administrar desconfianzas.
Muchas.
Mientras tanto, los partidos llevan meses calentando motores con coordinadores, defensores, promotores y todas las palabras disponibles en el diccionario menos una:
Candidatos.
Todos saben de qué se trata.
Pero jurídicamente todavía no se llaman así.
Ingeniería electoral del lenguaje.
La discusión sobre reglas para los procesos políticos anticipados se ha prolongado dentro del Instituto. Incluso durante el arranque formal del proceso electoral representantes partidistas volvieron a cuestionar que esos lineamientos no hubieran sido emitidos oportunamente.
Y mientras los futuros candidatos recorren territorio, colocan espectaculares, reúnen simpatizantes y buscan posicionarse, el árbitro sigue afinando algunas reglas.
Primero empieza el partido.
Después vemos el reglamento.
No parece el orden ideal.
A esta película hay que agregar los movimientos internos.
Claudia Arlett Espino renunció el 9 de septiembre a la Secretaría Ejecutiva alegando motivos de salud. Guadalupe Taddei nombró como encargado del despacho a Roberto Carlos Félix López, entonces director ejecutivo de Organización Electoral. El propio INE sostiene que existen mecanismos para garantizar la continuidad institucional.
Esperemos.
Porque la Secretaría Ejecutiva no es precisamente la recepción de un hotel donde basta cambiar al encargado del turno.
Es una de las piezas centrales de la operación electoral.
Y la maquinaria ya está caminando.
Pero falta otro pequeño detalle.
Dinero.
Siempre el cochino dinero.
El Consejo General aprobó un anteproyecto presupuestal para 2027 por 31 mil 431 millones 887 mil 800 pesos. Dentro de la discusión están además los recursos destinados a partidos políticos y un presupuesto precautorio para ejercicios extraordinarios.
La presidenta Claudia Sheinbaum ya había considerado exagerada una propuesta presupuestal previa y pidió tomar como referencia el costo de las elecciones de 2024 actualizado por inflación.
El argumento presidencial es entendible desde la lógica de austeridad.
El argumento del INE también tiene elementos para discutirse: habrá más electores, más casillas y una operación concurrente enorme. El Instituto calcula 176 mil 741 casillas, contra 170 mil 181 utilizadas en 2024.
Entonces la discusión no debería reducirse a:
Es mucho.
O:
Necesitamos más.
Para eso existen presupuestos, partidas, auditorías y calculadoras.
Que saquen cuentas.
Lo peligroso sería recortar por razones políticas.
Igual de peligroso sería inflar gastos aprovechando que una elección no puede suspenderse por falta de dinero.
Ni cheque en blanco.
Ni tijeretazo a ciegas.
Porque después todos se lavan las manos.
Si sobra dinero, culpa del INE.
Si falta dinero, culpa del Congreso.
Si falla la elección, culpa de todos.
Maravilloso.
El mayor riesgo para el Instituto rumbo al 2027 quizá no esté en las urnas.
Está antes.
En llegar debilitado.
Con consejeros enfrentados, decisiones cuestionadas, cambios en áreas estratégicas, partidos adelantados y el presupuesto bajo la lupa.
Nada de esto significa necesariamente que la elección vaya a fracasar.
Pero sí obliga a cuidar algo que cuesta años construir y minutos destruir:
La credibilidad.
Guadalupe Taddei tiene enfrente una prueba bastante mayor que administrar sesiones del Consejo General.
Tiene que demostrar que el INE puede mantener distancia suficiente de todos los partidos y gobiernos.
De Morena.
Del PAN.
Del PRI.
De cualquiera.
Porque el árbitro puede tener amigos.
Lo que no puede es parecer jugador.
Y menos ahora.
El 6 de junio de 2027 habrá millones de votos dentro de miles de urnas.
Pero antes deberá existir algo mucho más difícil de conseguir.
Confianza.
Sin ella, hasta una elección impecablemente organizada puede terminar bajo sospecha.
Y para entonces ninguna calculadora electoral servirá.

