BITÁCORA INQUIETA
La esperanza de vida: una medida estadística, no un destino individual.
Jesús Octavio Milán Gil
La esperanza de vida no es una promesa individual, sino el retrato estadístico de las oportunidades que una sociedad distribuye.
En una casa cualquiera, una silla permanece vacía junto a la mesa. No sabemos quién se sentaba allí ni por qué dejó de hacerlo. La silla no cuenta una historia completa, pero su silencio recuerda algo elemental: vivir no depende únicamente de la voluntad personal. También del lugar donde se nace, del agua que se bebe, de la escuela a la que se asiste, del trabajo que se consigue, de la clínica disponible y de la violencia que se logra evitar.
Cuando hablamos de esperanza de vida al nacer, hablamos de un promedio calculado con las tasas de mortalidad de un periodo. Si un país registra 75 años, una generación hipotética viviría, en promedio, ese tiempo si durante toda su existencia se mantuvieran aquellas condiciones de mortalidad. Es una fotografía de los riesgos de una población, no el calendario de cada persona.
Para quienes ya cumplimos 74 años, la pregunta tiene una cercanía especial. Leemos una cifra semejante a nuestra edad y podemos sentir que alguien ha colocado una raya al final del camino. Pero nuestra vida no se calcula restando lo vivido al promedio nacional. Haber llegado hasta aquí cambia el punto de partida: necesitamos conocer los años adicionales que se esperan entre quienes alcanzaron nuestra edad.
Esa es la esperanza de vida a los 74 años. Se calcula mediante una tabla de mortalidad correspondiente al país, al sexo y al periodo. Describe a una población; el porvenir de cada persona conserva su incertidumbre. A esta edad seguimos haciendo planes: una visita, una lectura pendiente, el cumpleaños de una nieta, una conversación que merece tiempo, viajar y escribir. El futuro también se reconoce en esas cosas pequeñas.
Y queremos vivirlas con salud. La esperanza de vida saludable estima los años que se vivirían en plena salud, teniendo en cuenta la enfermedad y la discapacidad. La diferencia entre ambos indicadores puede parecer técnica hasta que entra en una casa: entonces se vuelve dificultad para levantarse, dolor que interrumpe el sueño o necesidad de ayuda para salir a la calle.
La genética participa en ese recorrido. Heredamos variantes que pueden favorecer la longevidad o aumentar la susceptibilidad a ciertas enfermedades. Muchas familias guardan la memoria de una abuela que llegó a los noventa, todavía atenta a lo que ocurría alrededor de su mesa. Esa historia puede ser una señal favorable, aunque los genes actúan en relación con el ambiente y los hábitos. La herencia biológica acompaña nuestra vida; las condiciones en que transcurre también dejan huella.
Los años se distribuyen de manera desigual. Hay sociedades donde llegar a una larga vejez es frecuente y otras donde demasiadas personas mueren antes de alcanzarla. Entre unas y otras se acumulan historias de protección y abandono. Una vacuna aplicada a tiempo o un parto atendido con seguridad pueden modificar una biografía antes de que su protagonista tenga memoria de ello.
La longevidad se construye así, mucho antes de que alguien empiece a contar sus canas. También en el agua que sale de una llave y puede beberse sin miedo; en la consulta que descubre una enfermedad cuando todavía es tratable; en el trabajo que permite regresar a casa sin haber dejado la salud en él.
La pandemia mostró la fragilidad de esa construcción. Según las estimaciones publicadas por la Organización Mundial de la Salud en 2024, entre 2019 y 2021 la esperanza de vida mundial cayó 1.8 años y quedó en 71.4. La cifra corresponde a aquel periodo. Su dimensión humana permanece en las familias que todavía organizan su vida alrededor de una ausencia.
Durante aquellos días, quedarse en casa era una recomendación sencilla de pronunciar y difícil de cumplir para muchos. Quien podía trabajar a distancia cerraba la puerta y encendía una computadora. Quien necesitaba vender algo para comer debía salir. La exposición empezaba también allí, en la distancia entre una instrucción sanitaria y la posibilidad de obedecerla.
México sufrió ese retroceso. La ficha de capital humano del Banco Mundial consultada registra una esperanza de vida de 74 años para 2022. Es un dato histórico, útil para situar la discusión, pero insuficiente para describir cómo vivimos hoy. La recuperación de un promedio tampoco reconstruye los hogares que perdieron a quien aportaba el ingreso o sostenía los cuidados.
Las mujeres suelen vivir más que los hombres. Sin embargo, una vida más larga puede encontrar una vejez desprotegida. La mujer que durante décadas acompañó consultas, preparó alimentos y estuvo pendiente de los demás también envejece. Un día necesita que alguien haga por ella lo que tantas veces hizo por otros. Allí se prueba la calidad de nuestros vínculos y de nuestras instituciones.
En Sinaloa, pensemos en una situación posible: una persona mayor debe acudir a una consulta fuera de su comunidad. La noche anterior deja preparada una carpeta con estudios y recetas. Un familiar busca quién pueda llevarlos; otro calcula el gasto y avisa que faltará al trabajo. Antes de que el médico la examine, la atención ya ha exigido una pequeña organización doméstica.
La escena es ilustrativa, pero permite formular una pregunta concreta: ¿qué significa tener acceso? Una clínica puede aparecer en el mapa y seguir siendo difícil de alcanzar. Entre su puerta y la casa del paciente hay kilómetros, dinero y tiempo. A veces también hay miedo.
Por eso medir las diferencias entre territorios exige mirar lo que ocurre durante ese trayecto. El promedio estatal reúne a quien consigue atención cerca de casa y a quien debe preparar un viaje para recibirla. La estadística los coloca en una misma cifra; la política pública necesita distinguir sus circunstancias.
La salud se construye mucho antes del hospital. Una escuela ayuda a comprender indicaciones médicas; un ingreso suficiente permite sostener un tratamiento. La vivienda y el trabajo pueden proteger o desgastar. Esas condiciones se acumulan durante años, hasta que un día aparecen en el cuerpo como una enfermedad que parecía comenzar apenas ayer.
También por eso conviene escuchar con cuidado el lenguaje de los buenos hábitos. A una persona se le recomienda caminar, pero quizá la banqueta termina a media cuadra. Se le pide descansar, mientras su jornada apenas le deja tiempo para volver a casa y dormir. El consejo puede ser correcto y, aun así, quedar lejos de sus posibilidades.
La responsabilidad personal importa. Cada decisión favorable puede ayudar. Pero aconsejar exige conocer el terreno donde ese consejo tendrá que cumplirse. La prevención pierde fuerza cuando supone que todos disponemos del mismo tiempo, del mismo dinero y de la misma seguridad.
La violencia abre otra herida. Una muerte violenta interrumpe una biografía y cambia la vida de quienes permanecen: alguien deja de salir, modifica su ruta o pierde el sustento. Defender la salud incluye proteger esa posibilidad elemental de habitar el día sin temor.
Y después está la compañía. En una mesa puede haber un teléfono junto al vaso de agua y las medicinas. Importa que alguien responda del otro lado; que advierta una voz distinta, pregunte por la consulta o llegue cuando hace falta. Los vínculos facilitan el cuidado, aunque las familias también necesitan descanso y apoyo para sostenerlo.
Séneca escribió en Sobre la brevedad de la vida una idea que puede traducirse así: «No es que tengamos poco tiempo, sino que desperdiciamos mucho». Su observación nos invita a examinar cómo vivimos. La salud pública añade otra pregunta: cuánto tiempo se pierde esperando una atención que pudo llegar antes.
La pregunta de fondo es qué sociedad permite que los años sean habitables. A los 74, conservar autonomía puede significar seguir decidiendo sobre la propia vida, salir a comprar el pan o sentarse a escribir temprano. Cuando esas posibilidades empiezan a reducirse, hacen falta cuidados que acompañen sin borrar la voluntad de la persona.
Responder exige presupuesto y continuidad. La atención primaria debe detectar problemas antes de que se agraven; los tratamientos necesitan llegar y sostenerse. Las comunidades más desprotegidas requieren prioridad y resultados públicos. La promesa de cuidar adquiere valor cuando una persona encuentra ayuda al necesitarla.
La silla vacía junto a la mesa no nos dice cuántos años faltaron. Tampoco demuestra, por sí sola, que aquella muerte pudo evitarse. Pero nos obliga a preguntar si hubo atención oportuna, medicamentos, agua segura, protección y cuidados.
Cada gobierno debería convertir esas preguntas en compromisos verificables: identificar a las poblaciones con mayor mortalidad y menor acceso, dirigir recursos hacia ellas y publicar sus avances. La responsabilidad pública se mide también en las vidas que logra proteger.
Llegar a viejo, con salud, autonomía y compañía, debería ser una posibilidad compartida. Los años que nos deben no son una promesa de inmortalidad: son los que perdemos cuando una enfermedad tratable, la violencia o la pobreza llegan antes que la ayuda.

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