BITÁCORA INQUIETA
2 de octubre de 1968.
Jesús Octavio Milán Gil
Antes de convertirse en una fecha, el 2 de octubre fue un día en la vida de muchas personas.
Alguien salió de su casa. Alguien llegó a la plaza. Alguien esperaba un regreso.
No conocemos todas esas historias. Sería injusto ponerles palabras que no dejaron escritas, inventar una despedida, atribuirles un presentimiento. Sabemos, sin embargo, que las personas reunidas en Tlatelolco tenían una vida anterior a aquella tarde. Una familia, un trabajo, una escuela. Cosas pendientes para el día siguiente.
La historia suele reunirlas bajo una palabra: víctimas.
A mí me interesa recordar que primero fueron personas.
El 2 de octubre de 1968 se celebró un mitin estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas. Allí, entre los edificios de una ciudad habitada, se desencadenaron los disparos, las muertes, las heridas y las detenciones. El Archivo General de la Nación llama matanza a lo ocurrido.
Esa palabra pesa. Hay que sostenerla con documentos y dejar que conserve su gravedad.
Pero para comprender aquella tarde debemos regresar unas semanas. Volver a los estudiantes golpeados en julio, al bazucazo contra la puerta de San Ildefonso, a la bandera a media asta en Ciudad Universitaria. Leer las demandas que se difundieron en agosto. Mirar a quienes caminaron en silencio en septiembre.
Los jóvenes pedían libertad para los presos políticos, límites a la represión, indemnizaciones y responsabilidades. Querían que el gobierno dialogara públicamente.
Públicamente: delante de quienes tenían derecho a conocer las preguntas y las respuestas.
Después vinieron las ocupaciones militares de Ciudad Universitaria y del Casco de Santo Tomás. Cuando llegó octubre, la fuerza ya había entrado en las escuelas.
Pienso en lo que significa aprender bajo esa amenaza. Un salón necesita cierta confianza elemental: poder preguntar, disentir, equivocarse. La presencia de un arma modifica esa relación. Hasta el silencio cambia de sentido.
Hay una escena recogida en Memoria documental del movimiento estudiantil de 1968, del IISUE de la UNAM, que me ayuda a mirar aquellos meses desde una distancia más humana.
Ana Ortiz Angulo, empleada de la Universidad, llevaba a sus hijos en un Opel rojo. Su nieto, Emiliano Ruiz Parra, recuerda que, cuando el semáforo detenía el automóvil, los niños bajaban a repartir volantes del Consejo Nacional de Huelga.
Me quedo un momento allí.
El automóvil detenido. Las puertas que se abren. Los papeles que pasan de una mano a otra.
En esa escena, el movimiento tiene el tamaño de una familia. La participación cabe en los segundos de un semáforo. Una madre encuentra la manera de acompañar a los estudiantes; unos niños entregan hojas que otra persona quizá doblará y guardará.
No sabemos qué fue de cada volante. Algunos sobrevivieron. Alguien comprendió que aquellas hojas merecían conservarse.
Hoy podemos leerlas.
Podemos reconocer las demandas y comparar lo que los estudiantes decían con lo que otros decían de ellos. Esa diferencia importa. A una persona también se le hace daño cuando se le quita la posibilidad de explicar por qué está protestando.
Después de Tlatelolco hubo que buscar a los detenidos y exigir su libertad. Hubo que continuar hablando cuando la violencia había hecho tan difícil reunirse.
Los Juegos Olímpicos se inauguraron el 12 de octubre. La huelga estudiantil continuó. El levantamiento de la huelga se comunicó el 4 de diciembre; dos días después se disolvió el Consejo Nacional de Huelga.
Entre esas fechas quedaron las vidas que necesitaban respuestas.
Una cronología puede ordenar los acontecimientos. Difícilmente alcanza a medir la duración de una espera.
¿Cuánto dura una tarde para quien no sabe dónde está su hijo?
No atribuyo esa pregunta a una madre determinada. La formulo desde el presente, al mirar lo que significan las detenciones y las ausencias para una familia. Los documentos necesitan ser leídos con rigor; también con la conciencia de que detrás de sus nombres hubo personas buscadas por otras personas.
El número de personas muertas sigue siendo una cuestión que exige investigación y rigor documental. No elegiría un número por su fuerza retórica. Cada cifra necesita una fuente, un método y una explicación.
Cada nombre necesita algo más: recuperar su lugar entre los vivos que lo conocieron.
Desde el presente, vuelvo a esa historia con las preguntas de un maestro. ¿Qué aprenderán nuestros alumnos si les damos solamente una fecha y una consigna? ¿Cómo comprenderán la responsabilidad si no les mostramos las decisiones que precedieron a la violencia?
Yo comenzaría por los volantes.
Pondría una reproducción sobre la mesa. Pediría leer lo que se exigía, identificar quién lo escribió, averiguar cuándo circuló. Después buscaríamos la respuesta gubernamental. Confrontaríamos versiones. Aprenderíamos a preguntar qué puede probar cada documento y qué deja todavía sin resolver.
La memoria necesita ese trabajo paciente.
También necesita un lugar para el dolor que los expedientes apenas alcanzan a nombrar.
El 2 de octubre no se olvida porque hubo personas cuya vida fue interrumpida, porque hubo familias que buscaron respuestas y porque la sociedad tiene derecho a conocer lo que hicieron sus autoridades.
Recordarlo exige escuchar a los sobrevivientes sin apropiarnos de su voz. Conservar sus palabras. Distinguir sus recuerdos de nuestras interpretaciones. Acercarnos a ellos con la humildad de quien sabe que no estuvo allí.
Yo no quiero inventar la última frase de un estudiante.
Quiero que podamos leer las palabras que alcanzó a dejar.
Quizá estaban en un volante. Quizá alguien lo recogió, lo dobló y lo guardó durante años.
Ese papel llega hasta nosotros.
Ahora nos corresponde abrirlo.

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