BITÁCORA INQUIETA
México anuncia miles de consultorios gratuitos; el desafío será acompañar al paciente hasta que reciba la atención que necesita.
Jesús Octavio Milán Gil
Una persona enferma comienza a buscar atención mucho antes de sentarse frente a un médico. Primero reconoce que aquello que siente no se le está quitando. Después calcula cuánto cuesta salir de casa, quién puede acompañarla, qué pasará si falta al trabajo y cuánto dinero quedará si necesita comprar medicamentos. Cuando finalmente llega al consultorio, lleva consigo algo más que sus síntomas: lleva el esfuerzo de haber llegado.
Por eso importa una puerta abierta.
Importa en una comunidad donde trasladarse exige tiempo y dinero. Importa para quien vive solo, para quien depende de otra persona para caminar, para una madre que debe organizar el cuidado de sus hijos antes de atenderse. La cercanía de un servicio médico puede cambiar una decisión que parece pequeña y tiene consecuencias enormes: acudir hoy o seguir esperando.
El Gobierno federal anunció el 6 de octubre que, a partir de enero de 2027, comenzará la apertura de 12 mil 750 consultorios del Servicio Universal de Salud en las 24 entidades incorporadas al IMSS Bienestar. Según lo presentado, ofrecerán atención gratuita sin importar la derechohabiencia, dispondrán de 60 medicamentos básicos y canalizarán a los pacientes que necesiten atención de mayor complejidad.
Es una propuesta que merece atención pública. Acercar la consulta y facilitar el acceso tiene valor. También merece preguntas que ayuden a conocer sus posibilidades y a vigilar su cumplimiento. La salud ocupa un lugar demasiado importante en la vida de las familias para examinarla únicamente desde el entusiasmo de un anuncio o desde la desconfianza automática.
La primera precisión es sencilla: se anunció una apertura que comenzará el próximo año. Todavía hay espacios que adecuar, equipos que adquirir y personal que contratar. La cifra expresa una meta; habrá que comprobar cómo se convierte en servicios funcionando, con horarios conocidos y capacidad para atender.
Anunciar miles de consultorios produce una cifra que cabe en un discurso. Sostenerlos exige presupuesto, personal y medicamentos todos los días. La prueba llegará cuando un paciente necesite algo más que la primera consulta y encuentre quién continúe su atención.
Pienso en la responsabilidad de quien recibe a un paciente, escucha lo que le ocurre, lo examina y decide qué hacer. Esa tarea requiere preparación, tiempo y condiciones materiales. Un médico puede tener disposición y conocimiento, pero necesita instrumentos, insumos y una organización que le permita ejercer. Una enfermera puede identificar una necesidad y acompañar al enfermo, pero su esfuerzo también depende de que encuentre respaldo.
Como maestro, sé cuánto importa comprender una explicación. En el aula, una duda que nadie se atreve a expresar puede acompañar al alumno hasta su casa. En un consultorio, esa duda puede afectar la manera de seguir un tratamiento. Explicar para qué sirve un medicamento, cómo debe tomarse y qué hacer si surge un problema exige tiempo y palabras claras. El paciente necesita salir con una indicación que pueda comprender y cumplir.
Allí empieza la parte más exigente del proyecto.
Un consultorio cercano puede reconocer una enfermedad, orientar un tratamiento y dar seguimiento. En otros casos deberá enviar al paciente a un centro de salud o a un hospital. Esa referencia tendrá que encontrar una respuesta. De lo contrario, la persona habrá avanzado hasta conocer mejor su problema, pero seguirá buscando cómo resolverlo.
Imaginemos una situación posible: alguien acude por una molestia persistente y el médico considera necesario solicitar estudios. La consulta ha cumplido una función importante. Ahora vienen las preguntas prácticas: ¿dónde se realizarán?, ¿cuánto tardarán?, ¿cómo regresarán los resultados al profesional que los pidió? Si hace falta un especialista, ¿quién ayudará a conseguir la cita?
Son preguntas sobre el recorrido completo del enfermo.
Para las instituciones, ese recorrido puede dividirse en procedimientos, unidades y niveles de atención. Para quien está preocupado por su salud, todo forma parte de una misma necesidad. La persona quiere saber qué tiene y recibir ayuda. No debería convertirse en la encargada de descubrir por su cuenta cómo conectar las distintas partes del sistema.
El anuncio incluye un expediente electrónico que permita compartir información entre instituciones. Su utilidad deberá apreciarse en la continuidad de la atención: que el médico disponga de los antecedentes necesarios, que los resultados estén accesibles y que la información viaje con el paciente bajo condiciones de confidencialidad. Una computadora encendida adquiere sentido cuando ayuda a tomar mejores decisiones y evita pérdidas de información.
Los medicamentos pondrán a prueba la continuidad del servicio. Quien necesita tratamiento durante meses requiere un abasto que pueda sostenerse y orientación cuando su receta cambie. También habrá que mirar el gasto que permanece fuera del consultorio: transporte, estudios y compras que la institución no alcance a cubrir. Para una familia, la gratuidad se vuelve efectiva cuando puede completar la atención sin sacrificar lo indispensable para vivir.
La distancia tiene varias formas. Se mide en kilómetros, en horas de espera y en dinero disponible. También aparece cuando una explicación resulta incomprensible o cuando una persona sale sin saber qué debe hacer después. Acercar los servicios exige atender esas distancias.
Aquí la educación para la salud puede ocupar un lugar decisivo. Explicar un tratamiento con palabras claras, comprobar que se entendió y permitir preguntas forma parte del cuidado. Una indicación apresurada puede dejar incertidumbre. Una conversación bien conducida puede ayudar al paciente a participar en su atención y a reconocer cuándo necesita volver.
La promesa de recibir a cualquier persona debe traducirse también en un trato respetuoso. La edad, la forma de hablar, el origen o la condición económica no deberían convertirse en obstáculos dentro de un espacio creado para atender. Quien llega enfermo merece ser escuchado sin tener que demostrar que su preocupación es legítima.
Para distinguir una política pública de un discurso habrá que comprobar cuánto presupuesto está autorizado para abrir y sostener los consultorios, cuántos profesionales están contratados y dónde trabajarán. Después habrá que verificar cuántos espacios atienden efectivamente, en qué horarios y con qué abasto. La prueba más exigente será conocer si quienes necesitan estudios o atención especializada consiguen continuar su tratamiento. Contar consultas permite medir actividad; saber qué ocurre después permite evaluar la atención.
Esa información puede servir para corregir dificultades y reconocer lo que funciona. Una política pública mejora cuando encuentra mecanismos para escuchar a sus usuarios y a sus trabajadores. Quienes atienden todos los días pueden identificar carencias que no aparecen en una presentación; quienes buscan atención pueden explicar dónde se interrumpe el camino.
Las comunidades tendrán algo que decir sobre la ubicación y las condiciones de estos espacios. Un consultorio debe poder encontrarse, alcanzarse y utilizarse. Sus horarios deben considerar la vida de la población a la que servirá. La participación puede ayudar a que las decisiones respondan al territorio, siempre que las responsabilidades de financiar, equipar y sostener la atención permanezcan claras.
México necesita que este esfuerzo funcione. El acceso oportuno a una consulta puede evitar esperas innecesarias y ofrecer acompañamiento donde hoy resulta difícil conseguirlo. Para cumplir esa posibilidad habrá que cuidar tanto la instalación de los espacios como la conexión con los servicios que deberán recibir los casos más complejos.
El compromiso debe medirse por la atención que recibe el paciente y por su posibilidad de completar el tratamiento.
La apertura prevista para enero de 2027 será el comienzo de una tarea que necesitará continuidad. Después vendrán los días comunes: el lunes con pacientes esperando, la revisión de un tratamiento, el estudio pendiente, la llamada para confirmar una cita. En esos días se conocerá la capacidad del proyecto para sostener su promesa.
La salud empieza en una puerta abierta. Allí alguien debe escuchar, examinar y explicar. Si hacen falta estudios o atención especializada, el camino tendrá que continuar. El derecho se cumple cuando el paciente puede seguir su tratamiento sin quedarse solo frente a la siguiente puerta.

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