Aburrido, manipulador y obsesionado con su ganado: así era “El Mayo” Zambada en el Cártel de Sinaloa, según “El Grande”
El testimonio que Sergio Villarreal Barragán dio a la periodista Anabel Hernández deja ver otra cara del capo más buscado del narcotráfico mexicano.
Durante décadas, Ismael “El Mayo” Zambada construyó una de las imágenes más discretas del narcotráfico mexicano: un capo que evitaba los reflectores, hablaba poco y prefería los ranchos y el ganado antes que las fiestas ostentosas.
Pero, detrás de esa fachada de hombre de campo, Sergio Villarreal Barragán, alias “El Grande”, describe a un líder capaz de manipular alianzas, enfrentar a sus propios socios y ordenar asesinatos mientras mantenía las manos aparentemente lejos del conflicto.
Cervezas, corridos y videos de ganado: las reuniones “aburridas” del Mayo

Un collage presenta cuatro fotografías de Ismael ‘El Mayo’ Zambada en distintos momentos de su vida. (Imagen Ilustrativa Infobae)
Según Sergio Villarreal Barragán, el cofundador del Cártel de Sinaloa nunca fue un hombre de fiestas estridentes, grupos musicales en vivo ni lujos exhibidos. Su estilo, en contraste con el de Amado Carrillo Fuentes o Arturo Beltrán Leyva, era más silencioso, monótono y calculado.
El Grande conoció a Zambada durante la década de 1990, en un periodo en el que él trabajaba para El Señor de los Cielos. Desde entonces, dice, pudo observar la diferencia entre ambos capos.
Mientras Carrillo Fuentes organizaba convivios con músicos reconocidos, alcohol, cocaína, modelos y mandos policiacos, el Mayo prefería reuniones más sobrias y, para Villarreal Barragán, tediosas.
“El Mayo no tenía música en vivo como Amado ni llevaba mujeres”, relata el Grande. “Tenía una pinche grabadorcita y ponía sus corridos, y le ponía y le ponía, y le regresaba, le ponía y le regresaba. Luego ponía videos de su rancho y pasaba una pinche vaca, y decía: ‘Ésta es hija de tal, esta otra de tal’. Unas borracheras aburridas, aburridas, aburridas”, menciona.
De acuerdo con el testimonio, Zambada solía beber cerveza en pequeñas cantidades, en particular botellas pequeñas y frías que le cambiaban constantemente. También consumía cocaína durante algunas reuniones, aunque, según El Grande, atravesaba periodos en los que abandonaba las drogas y recurría a supuestos medicamentos homeopáticos para controlar la ansiedad.
El exnarcotraficante sostiene que, en Mexicali, nunca vio al Mayo acompañado de mujeres, aunque asegura que en las fiestas de Amado Carrillo Fuentes llegaba a retirarse brevemente con alguna de las asistentes.
El contraste con Arturo Beltrán Leyva era evidente. Según el Grande, Beltrán era exuberante, aficionado a los trajes hechos a la medida, las joyas, las fiestas, los caballos, la música en vivo y las relaciones con actrices y modelos. El Mayo, en cambio, prefería cultivar una imagen de hombre de campo, reservado y aparentemente ajeno al espectáculo.
Sin embargo, detrás de ese perfil discreto, Villarreal Barragán ubica a un operador que entendía la importancia de mantener el control sin exponerse directamente.
“El Mayo no tenía amigos, él buscaba su beneficio propio”, afirma Villarreal Barragán en el libro. “Y si se chingaba a alguien, buscaba el pretexto para justificar por qué lo hizo”.
“Aventaba la piedra y escondía la mano”

Sergio Villarreal Barragán ubica en el Mayo Zambada a un operador que sembraba envidia y desconfianza entre sus propios aliados.
La acusación más grave que formula El Grande contra El Mayo no tiene que ver con su estilo de vida, sino con su forma de ejercer el poder. Lo define como un hombre que evitaba dar la cara en los conflictos, pero que intervenía para dirigirlos, profundizarlos o sacar provecho de ellos.
“Era una persona reservada, de las que avientan la piedra y esconden la mano”, afirma Villarreal Barragán. “Era una persona que traicionaba, lo corroboré después, por lo que le vi hacer”.
En el libro de Anabel Hernández, una de las escenas más reveladoras ocurre durante una reunión en Sinaloa entre Zambada, Alfredo Beltrán Leyva, alias El Mochomo, Ignacio Coronel, Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, y un integrante de la organización conocida como los Números, grupo criminal que operaba en Sonora.
La reunión, según el relato, tenía como objetivo resolver diferencias territoriales y evitar un nuevo conflicto. Después de horas de conversación, las partes habrían llegado a un acuerdo. Pero, cuando aparentemente todo estaba arreglado, El Mayo se levantó de la mesa, se acercó por detrás al jefe de los Números y le disparó en la cabeza.
El asesinato, sostiene el Grande, ocurrió frente a Alfredo Beltrán Leyva, quien era compadre de la víctima y quedó salpicado de sangre. La ejecución provocó una tensión inmediata: escoltas de ambos bandos desenfundaron armas y por minutos pareció que se desencadenaría un enfrentamiento entre aliados.
“Alfredo estaba llorando. Le reclamó: ‘¿Por qué lo hiciste? Si ya habíamos arreglado’”, recuerda Villarreal Barragán.
Según su versión, el Mayo justificó el asesinato diciendo que se trataba de una decisión acordada con otros integrantes del grupo, incluido Arturo Beltrán Leyva. El Grande, sin embargo, asegura que Arturo desconocía el plan y que Alfredo nunca perdonó a Zambada por esa muerte.

Para Villarreal Barragán, una de las principales motivaciones de Zambada García era impedir que otros operadores alcanzaran un poder comparable al suyo. Esa lógica explicaría muchas de las tensiones internas que terminaron por fracturar al Cártel de Sinaloa.
“El Mayo era un envidioso corriente”, dice el Grande en el libro. “No quería que nadie fuera igual de poderoso que él”.
El exintegrante del grupo de Arturo Beltrán Leyva compara a Zambada con “un gallo que tiene muchos pollitos y no deja que crezcan porque quiere ser el único gallo”. Desde su perspectiva, el líder criminal veía con recelo el ascenso de Arturo Beltrán Leyva, quien había construido una red propia de tráfico de cocaína, control territorial, protección institucional y fuerzas armadas internas.
Ese crecimiento habría generado tensiones con el Mayo y con Joaquín “El Chapo” Guzmán. La ruptura definitiva llegó tras la detención de Alfredo Beltrán Leyva en enero de 2008.
El Grande sostiene que el arresto del Mochomo fue resultado de una traición interna. Asegura que el Chapo y el Mayo proporcionaron información para ubicarlo, mientras que funcionarios policiales y militares operaban en beneficio de una u otra facción.
La caída de Alfredo Beltrán Leyva detonó una de las guerras más violentas en la historia reciente del narcotráfico mexicano. Los Beltrán Leyva rompieron con El Mayo y El Chapo; las alianzas se reacomodaron; grupos como los Zetas y el Cártel de Juárez aprovecharon la fractura. “Fue Caín contra Caín”, resume el libro.
La discreción como estrategia que no evitó su caída

Joaquín Guzmán López e Ismael El Mayo Zambada, capturados el 25 de julio de 2025. (REUTERS)
A pesar de las acusaciones de traición y manipulación, el Grande reconoce que el Mayo poseía una habilidad que pocos capos lograron sostener: la capacidad de mantenerse fuera del foco público y de evitar la captura durante décadas.
En la reconstrucción de Hernández, el poder de Zambada se sustentaba en una extensa red de contactos políticos, empresariales, militares y policiales.
Esa estrategia de bajo perfil se sostuvo hasta el 25 de julio de 2024, cuando Zambada fue detenido en una pista aérea de Santa Teresa, Nuevo México, junto con Joaquín Guzmán López, hijo de El Chapo.
La versión de Zambada, presentada ante la corte, sostiene que fue engañado y secuestrado por su ahijado bajo el pretexto de resolver diferencias entre políticos locales.
El 25 de agosto de 2025, Zambada se declaró culpable ante el juez Brian M. Cogan, en la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York, de dos cargos por crimen organizado, de los 17 que enfrentaba. Admitió haber traficado más de 1,500,000 kilogramos de cocaína y haber sobornado durante tres décadas a policías, militares y políticos mexicanos.
El 20 de julio de 2026, el mismo juez que condenó a El Chapo en 2019 sentenció a Zambada, de 76 años, a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, además de ordenar un decomiso de 15,000 millones de dólares, la cifra más alta solicitada en un caso de narcotráfico ante ese tribunal.
Con información de Infobae

