Fred Alvarez
Ah!
Lo que asomó desde las entrañas del INE duele, no solo como un dato político, sino como una ofensa directa a la gente. Resulta profundamente desolador observar cómo la confianza de millones de mexicanos se negocia sobre una mesa, tratada con la ligereza de un botín personal. Las imágenes reveladas por Latinus, que exponen la presunta repartición de millones de dólares en los contratos de nuestras credenciales para votar, nos muestran la cara más cínica de la función pública.
En esa grabación se respira la frialdad del mercader. Escuchar el tono casual, casi administrativo, con el que se dividen las ganancias verdaderamente indigna: ‘Yo me llevo unos 300 y tú dos millones en la credencial para votar, ¿estás de acuerdo?’, se le oye decir a Alfredo Hernández Casillas a Taddei. Una frase que reduce nuestra identidad ciudadana a un vulgar cambio de monedas.
La escena avanza y el descaro se profundiza. Al revisar los recursos asociados con HuBOX, la aritmética de la impunidad se hace presente. Hernández Casillas propone hacer sumas y suelta una sentencia brutal: ‘Primero lo mío y luego lo tuyo. HuBOX es un millón 472’.
Primero lo mío. Luego lo tuyo.
Esa frase es la radiografía exacta de un sistema donde la corrupción se ha normalizado hasta convertirse en un simple trámite de oficina; donde los contratos públicos se rebajan a la libreta de un usurero.
Más allá de las renuncias – van 19- que el escándalo pueda arrancar, el verdadero golpe es a la credibilidad de las instituciones democráticas. Es un recordatorio crudo de nuestra vulnerabilidad ante la rapiña. Hoy, ante una evidencia tan explícita y dolorosa para la ciudadanía —esa misma que hace fila para tramitar su credencial con orgullo—, la exigencia se reduce a una sola pregunta: ¿a qué hora va a intervenir la Fiscalía General de la República?

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