La precariedad laboral, la debilidad sindical, las tensiones del T-MEC y la creciente inseguridad revelan un panorama crítico para el trabajo en México. Entre reformas cuestionadas y respuestas oficiales insuficientes, el país enfrenta una encrucijada institucional.

Por:  Alex Covarrubias V.

“Remedios” se esmera en atenderme y ofrece todo tipo de servicios para mi coche en la gasolinera. Al agradecer su actitud, descarga: “Tengo que aplicarme para ganar sus propinas pues de ellas vivo”. Perplejo repaso sus palabras. Así es el trabajo de gasolinera. Solo una parte tiene su sueldo y si bien va tiene un contrato. El resto debe hacer méritos laborando por propinas, por lo menos un año para aspirar a que un día le paguen un sueldo. O le ofrezcan un contrato. Sino es que la o lo despiden antes.

Una guardia de seguridad de mi colonia se despide de mí bañada en llanto. Deja el trabajo después de cinco años de labor, pues su empresa le ha comunicado que ya no es su empleada, que “pertenece” a otra empresa. Con el cambio vino a perder todo: su antigüedad, su servicio médico, su jornada regular, su sueldo. Ahora debe aceptar un sueldo menor y una jornada al gusto de su nueva empresa. “Artemisa”, mi amiga guardia, una joven madre soltera con cuatro hijos a cuestas, no se puede dar el lujo de ver disminuir su sueldo base –que escasamente ronda el mínimo–. Así que “me voy a buscar y empezar de cero en otra parte”, me dijo con la mirada perdida.

Los casos de “Remedios” y “Artemisa” son un recordatorio pesado y penoso de la fragilidad del mundo del trabajo mexicano. Fragilidad que ni la reforma laboral ni las reformas particulares –como la de subcontratación— han cambiado. Se desearía argüir que éstas son realidades del trabajo segmentado y precario de los servicios del país, en tanto una suerte distinta ocurre en el mundo industrial, donde radica el grueso del trabajo formal y la organización sindical en pro de los derechos de los trabajadores.

Pero el argumento es apenas parcial. Los empleos formales son los menos, y los que menormente crecen en México. Del lado sindical, la organización apenas se extiende a una fracción de los trabajadores y el grueso de los sindicatos son espurios o no personifican aquellos derechos. De ahí que los salarios sigan siendo extraordinariamente bajos.

No es casual que, ahora que arrecían los debates en torno al futuro del T-MEC, Eric Gottwald ha llevado la voz de los trabajadores organizados estadounidenses en AFL-CIO al Senado para señalar: “el Tratado ha fallado en su cometido de lograr un piso más parejo para los flujos de comercio e inversión en Norteamérica en la medida en que los salarios industriales en México no llegan a los tres dólares, persisten los sindicatos de protección y los trabajadores aún no ejercen sus derechos a la libre organización y contratación colectivas” (US Senate Hearings, Feb 12, 2026).

Lamentable e increíblemente no finalizan aquí los pesares del mundo del trabajo del país.

En estos días hemos debido procesar la desaparición de 10 mineros de la empresa canadiense Vizla Silver Corp en Concordia, Sinaloa. Es un evento que viene a signar la manera brutal en que la criminalidad e inseguridad están penetrando las esferas productivas, social y de gobierno todas.

Más grave es que frente a estos inmensos agujeros negros de lo laboral instituido, los funcionarios del gobierno de Sheinbaum vienen dando las respuestas equivocadas.

Considérese la jornada de 40 horas que han empujado y aprobado sus autoridades del trabajo. Una resolución engañosa, sino es que falaz, plagada de letras pequeñas. Como en un cuento de república bananera donde los dueños del dinero están facultados para actuar como en tiendas de raya para que los asalariados nunca ganen, jamás puedan pagar sus deudas y trabajen de sol a sol. No es sólo que hay un prorrateo para que las 40 horas empiecen en 2030. Es que no quedan fijados los días de descanso. Es que las horas extras se abrieron para extenderlas (¡luego podrá haber jornadas de hasta 52 horas!) mientras su pago se adelgazó para beneplácito de los empleadores.

O considérense las ideas –que no propuestas– que encabezan las autoridades de economía y de comercio frente a las renegociaciones del T-MEC. Inclinados como están a decir: “La mejor negociación es en la que nada cambia, pues tenemos el mejor Tratado y en México todo está tan bien que son los corporativos estadounidenses los que primero defienden dejar las cosas como están”.

O considérese la apertura del partido en el gobierno, Morena, para la migración en masa hacia sus filas de las grandes centrales sindicales de viejo cuño priista –corporativas, clientelares, corruptas y de protección–. Una acción temeraria que podrá terminar con la deformación –sino es que explosión– total de esa entidad política.

¿Dónde y cómo quedan las relaciones de trabajo e industriales del país en medio de esta vorágine de fuerzas extrañas y contra propósito? El ADN priista que cruzó siglos legó y dejó aquellas relaciones distorsionadas por la intervención de lo político y los intereses de grupos de poder en la vida de los agentes productivos, trabajo y capital.  Todo lo cual derivó en una economía débil, con una población empobrecida y empresas escasamente competitivas. Hoy la situación no es sólo la misma, sino que tiende a la ingobernabilidad por la extensión e intervención de la inseguridad y la ilegalidad en las esferas política, productiva y laboral –como se ha notado–.

Por eso el gran reto de México se resume en si se va a decidir a ser un país donde prevalezca el imperio de la ley, empezando con el respeto a los derechos humano-laborales y a la libre –y socialmente responsable– empresa. O sí termina por abandonarse a ser una sociedad sin ley, presa del crimen y la ilegalidad, en medio de una lucha encarnizada por el poder por el poder mismo. Sin metas, valores e ideales de ningún tipo.

Con infoirmación de El Economista

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *