José Luis Parra

 

En Agua de Hermosillo no solo distribuyen agua. También reparten escenas dignas de carpa, de esas donde el payaso entra, hace su rutina y se va… pero aquí el chiste lo paga el usuario.

Porque lo que circula —y se observa con claridad quirúrgica— no es un error aislado ni una travesura espontánea. Es, más bien, una coreografía. Un empleado llegó el jueves 9 de abril, en un domicilio del sur de Hermosillo, pegó un aviso e inmediatamente lo arrancó con una convicción que ni el más aplicado burócrata muestra en quincena larga. Y en su lugar deja un papelito rojo, con tono de amenaza institucional.

Un pequeño detalle: el propio ejecutor incurre, en tiempo real, en la falta que el documento sanciona.

Treinta días de salario mínimo para quien violente el aviso.

El video —ese testigo incómodo que no cobra pero sí exhibe— no deja espacio a interpretaciones creativas. Ahí está el acto, la mano, el arranque, la evidencia. No es rumor. No es percepción. Es una postal burocrática en movimiento.

Entonces viene la pregunta que incomoda: ¿quién dio la orden?

Porque en estas estructuras nadie se manda solo. El romanticismo de la iniciativa individual no aplica cuando hay uniforme, gafete y ruta de trabajo. Aquí hay instrucciones. O consignas. O, en el mejor de los casos, una peligrosa tolerancia al absurdo.

Las hipótesis son varias, todas igual de inquietantes:

Que se busca retrasar la notificación al usuario para inflar recargos.

Que desde alguna trinchera sindical se impulsa el desorden como forma de presión.

O que, simple y llanamente, alguien decidió convertir la rutina en entretenimiento.

Cualquiera de las tres opciones es mala. Las tres juntas, peor.

El problema no es solo el acto, sino lo que revela: una cadena de mando que, o no existe, o se hace la invisible. Porque si la advertencia es clara —y lo es—, entonces también debería serlo la consecuencia.

¿Será sancionado el trabajador?

¿Aplicará Agua de Hermosillo su propio reglamento?

¿O el papelito rojo solo funciona cuando el ciudadano es el protagonista de la falta?

La identidad del empleado, por ahora, navega en el cómodo anonimato. Pero no debería. No cuando hay evidencia. No cuando la institución tiene —o debería tener— los mecanismos para saber quién hizo qué, cuándo y por qué.

Claro, siempre queda la opción institucional favorita: voltear para otro lado.

Porque aceptar el error implicaría algo más complicado que arrancar un papel: asumir responsabilidad.

Y eso, en ciertos círculos, sí que duele.

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