Por:Javier castro

En Sinaloa no solo se disparan armas; también se disparan mensajes. El atentado contra Sergio Torres Félix no puede leerse únicamente como un acto criminal más en una entidad acostumbrada a convivir con la violencia. Este ataque cruza una línea peligrosa: la de una política que comienza a resolverse a balazos.

El pasado 28 de enero, mientras algunos daban por hecho el final de su carrera e incluso de su vida, la realidad se encargó de desmentir la prisa con la que suele dictarse sentencia en la arena pública. Hoy, Torres Félix pelea por sobrevivir tras una intervención médica extrema para contener la inflamación cerebral. Su estado no solo mantiene en vilo a su familia; también obliga a preguntarnos qué clase de estado permite que sus actores políticos terminen en un quirófano por razones que aún estremecen.

Porque aquí la pregunta no es únicamente quién disparó. La pregunta de fondo es qué clima político se está incubando en Sinaloa para que un atentado de esta magnitud sea siquiera posible.

Durante años, la clase política ha repetido el discurso de estabilidad mientras la realidad se ha encargado de contradecirlos. La violencia dejó de ser un fenómeno periférico hace tiempo; ahora roza, amenaza y alcanza directamente a quienes detentan o disputan el poder. Y cuando eso ocurre, la lectura es inevitablemente política.

Torres Félix no era al menos públicamente un político marcado por escándalos criminales ni por señalamientos que anticiparan un desenlace así. Por el contrario, era visto como un operador con influencia real en el centro del estado, un hombre con estructura, con redes y con capacidad de incidir en espacios estratégicos. Justamente el tipo de perfil que incomoda cuando los tiempos electorales comienzan a respirarse, aunque todavía no se declaren.

Por eso resulta imposible ignorar la sospecha que flota en el ambiente: cuando la violencia toca a un actor con peso político, la sociedad no solo exige justicia, también empieza a leer entre líneas.

Si alguien creyó que un atentado enterraría su futuro, el cálculo podría haber sido brutalmente equivocado.

La historia demuestra que los políticos que sobreviven a la muerte regresan transformados. No vuelven como simples aspirantes; vuelven convertidos en símbolos. Y en una tierra donde la ciudadanía vive agotada por la inseguridad, la figura del sobreviviente suele despertar algo más poderoso que el respaldo partidista: la empatía social.

Ese es el verdadero riesgo para quienes pensaron que las balas resolverían un problema político.

Porque la indignación colectiva ya comenzó a moverse. Y cuando la emoción entra en la ecuación electoral, cambia reglas, rompe pronósticos y fabrica liderazgos que antes parecían lejanos.

Seamos claros: si Sergio Torres Félix logra superar este episodio un escenario que médicamente no es descartable Sinaloa podría estar presenciando el nacimiento de un contendiente mucho más peligroso de lo que era antes del ataque. Más visible. Más fuerte. Más difícil de ignorar.

Las balas, lejos de borrarlo del mapa, podrían haberlo colocado en el centro de la conversación pública.

Y entonces vendrá la pregunta que incomoda al poder:

¿quién despertó al rival que nadie quería ver en la boleta?

Porque hay una verdad que la política nunca ha podido esconder: nada une más a la sociedad que la percepción de una injusticia.

Si el atentado buscaba silencio, puede haber provocado exactamente lo contrario.

En política, como en la guerra, los golpes fallidos suelen fabricar enemigos formidables.

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