Carnaval 102: cuando la fiesta volvió a ser del pueblo
Astrolabio Político
Por: Luis Ramírez Baqueiro
“El éxito es ese viejo trío: habilidad, oportunidad y valentía”. – Charles Luckman.
El reciente Carnaval 102 del puerto de Veracruz dejó algo más profundo que cifras espectaculares o escenarios abarrotados: devolvió el ánimo a una ciudad que, durante años, había comenzado a darle la espalda a su propia fiesta.
Durante demasiado tiempo, el Carnaval —orgullosamente llamado por la gobernadora Rocío Nahle García “el mejor carnaval del país”— fue víctima de la sobreexplotación política y comercial. Las anteriores administraciones lo convirtieron en escaparate de intereses, en vitrina de contratos y protagonismos, hasta desgastarlo. La cartelera podía presumir artistas de moda, pero la esencia se diluía entre vallas, excesos y desorganización. La gente dejó de sentirse parte y comenzó a sentirse espectadora incómoda. El resultado fue evidente: el Carnaval se repetía, se sentía ajeno y, en muchos casos, prescindible.
Por eso, lo más interesante de esta edición no fueron los llenos totales ni los nombres que hicieron vibrar la Macroplaza. Lo verdaderamente significativo fue el cambio de atmósfera. La ciudad volvió a sonreír. La Quema del Mal Humor, encabezada por Nelson Kanzela en el Zócalo, marcó un arranque festivo, cercano, popular. El Entierro de Juan Carnaval, con el concierto de Chiquito Team Band, cerró con la misma energía colectiva. Hubo coherencia, hubo narrativa y, sobre todo, hubo orden.
La alcaldesa Rosa María Hernández Espejo entendió algo que parecía olvidado: el Carnaval no se impone, se construye con la ciudad. Y esta vez, como diría la chaviza, “la rompió”. Desde los desfiles por el bulevar Bulevar Manuel Ávila Camacho hasta los eventos masivos en la Macroplaza, la organización sorprendió.
Los carros alegóricos, verdaderas piezas artísticas, devolvieron la sensación de orgullo estético. Familias enteras regresaron al Zócalo, al bule, a los callejones, ya no para resistir la fiesta, sino para vivirla.
Hubo otro elemento clave: la coordinación institucional. El acompañamiento de la mandataria estatal no fue decorativo. La presencia y la logística se sintieron.
No solo se cuidaron los perímetros del Carnaval; se atendió la ciudad en su conjunto. Porque no podía haber fiesta exitosa si el resto del entorno permanecía en el abandono heredado. La diferencia fue visible: limpieza, seguridad, movilidad. Condiciones básicas que, cuando faltan, convierten cualquier celebración en caos.
La ovación que recibieron la gobernadora y la alcaldesa durante el último Paseo no fue un gesto protocolario. Fue una señal política. El éxito de este Carnaval no se mide solo en asistencia, sino en percepción. La ciudadanía volvió a apropiarse de su celebración más emblemática. Y eso, después de años de desgaste y mercantilización, es quizá la victoria más importante.
El Carnaval 102 no solo fue una buena fiesta. Fue una recuperación simbólica. Y cuando una ciudad recupera su fiesta, recupera también parte de su identidad.
Al tiempo.
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