CUANDO EL PETRÓLEO ARDE
BITÁCORA INQUIETA
Las guerras modernas ya no empiezan cuando suenan los cañones, empiezan cuando sube el precio del petróleo.
Jesús Octavio Milán Gil
En Medio Oriente la historia siempre ha tenido olor a petróleo.
Un olor denso, antiguo, que sale de las entrañas de la tierra como si el planeta guardara allí, desde hace millones de años, la memoria oscura de las guerras humanas. Y cada vez que la pólvora vuelve a encenderse en esa región del mundo —entre desiertos, estrechos marítimos y ciudades milenarias— el primer eco no se escucha en los campos de batalla: se escucha en los mercados energéticos del planeta.
El petróleo sube.
El gas se encarece.
Las bolsas tiemblan.
Y entonces el mundo entero recuerda algo que preferiría olvidar, que la economía global todavía camina sobre un suelo inflamable.
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El desierto que mueve la economía del planeta
Para comprender la magnitud del problema hay que mirar el mapa.
Entre Irán y Omán existe una franja de mar de apenas cincuenta kilómetros de ancho, el Estrecho de Ormuz. Por allí transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el mundo. Es una arteria energética del planeta.
Cuando esa arteria se vuelve inestable —por ataques, amenazas o bloqueos— el sistema económico mundial entra en estado de alerta.
Los analistas energéticos advierten que los precios del petróleo ya han reaccionado con rapidez ante la escalada militar. En cuestión de días los mercados han registrado incrementos importantes en el precio del crudo y del gas natural, mientras los inversionistas se preparan para un escenario más prolongado de inestabilidad.
Porque en los mercados energéticos no sólo cuenta la guerra real.
Cuenta también la guerra posible.
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El petróleo como impuesto invisible
Los economistas suelen describir los conflictos petroleros con una frase tan sencilla como brutal:
cada aumento del petróleo es un impuesto global.
Cuando el precio del barril sube, el impacto se extiende como una onda expansiva sobre toda la economía.
Sube la gasolina.
Sube el transporte.
Sube el costo de producir alimentos.
Suben los fertilizantes.
Sube la electricidad.
Y al final sube también el precio del pan que compra la familia en cualquier barrio del mundo.
Por eso las guerras en Medio Oriente no se quedan en Medio Oriente. Viajan en barcos petroleros, en contratos financieros y en cadenas logísticas que conectan al planeta entero.
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El regreso de la geopolítica del petróleo
Durante algunos años se creyó que el petróleo perdería poder frente a la transición energética y las energías renovables. Pero cada crisis internacional recuerda que el crudo sigue siendo una pieza central del tablero geopolítico.
Cuando el petróleo sube, los países productores recuperan influencia.
Arabia Saudita vuelve a ser un actor decisivo.
Rusia gana margen financiero.
Irán adquiere capacidad de presión estratégica.
Estados Unidos moviliza su diplomacia energética.
Y las potencias comienzan a hablar nuevamente de seguridad energética, una expresión que siempre aparece cuando el mundo teme quedarse sin combustible.
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La vida cotidiana bajo el precio del barril
Pero las estadísticas internacionales dicen poco sobre el verdadero rostro de las crisis energéticas.
Ese rostro aparece en la vida cotidiana.
Es el conductor que paga más por llenar su tanque.
Es el agricultor que compra fertilizantes más caros.
Es la familia que paga una factura eléctrica más elevada.
Las guerras del petróleo se sienten primero en las economías domésticas, donde cada aumento se convierte en una pequeña batalla diaria contra el costo de la vida.
Por eso los economistas advierten que un conflicto prolongado en Medio Oriente puede reactivar presiones inflacionarias globales y ralentizar el crecimiento económico.
En otras palabras:
la guerra no sólo destruye ciudades.
También desordena la economía del mundo.
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La paradoja energética de México
Para México la situación tiene un rostro contradictorio.
Un petróleo caro puede aumentar los ingresos petroleros del país. Pero al mismo tiempo encarece la gasolina, los alimentos y el transporte, porque gran parte de los combustibles que consume el país siguen dependiendo de mercados internacionales.
Es la paradoja de una nación petrolera que aún no logra liberarse completamente de su dependencia energética.
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Colofón
Cada generación cree vivir en tiempos nuevos.
Pero la historia insiste en recordarnos que algunas cosas cambian muy poco.
Mientras los misiles cruzan el cielo de Medio Oriente, el mundo vuelve a descubrir que su economía depende de un líquido oscuro que brota del subsuelo y que ha moldeado guerras, alianzas y revoluciones durante más de un siglo.
El petróleo.
Ese combustible antiguo que no sólo mueve motores.
También mueve la política, la historia…
y a veces, el destino del mundo.
Nos leemos en la siguiente columna.
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