Cuba y la otra Machado
En la reunión de Trump en Miami con presidentes latinoamericanos aparecieron pistas sobre el futuro de la isla.
Los mandatarios latinoamericanos que arribaron este viernes a un resort de Miami para reunirse con Donald Trump se quedaron con la tesis de que los acuerdos de Washington con el régimen cubano han avanzado hacia un cambio de gobierno inminente. Al finalizar el cónclave no hubo una declaración estridente; solo un comentario del presidente boliviano, Rodrigo Paz, quien afirmó que en la isla habrá “un cambio antes de lo esperado”.
En las conversaciones que tuvieron lugar en el distrito de Doral, donde se lanzó el “Escudo Americano”, sonaron con fuerza dos opciones para la transición en La Habana: Esteban Lazo, presidente de la Asamblea Nacional y hombre de confianza absoluta de Raúl Castro, y, con aún más ímpetu, la vicepresidenta de la Asamblea, Ana María Mari Machado.
Como en un cuento de Jorge Luis Borges, la duplicidad y los antagonismos emergen en el despliegue tropical de Trump: Mari Machado, a diferencia de María Corina, estaría en posición de gobernar en breve. La dirigente es una opción con buen hándicap porque está elaborando los cambios legales para un sistema económico más abierto a los negocios y al mercado. Mientras el presidente Miguel Díaz-Canel habla en sus últimos discursos de un marco jurídico para las empresas privadas cubanas, en realidad, la letra de Machado solo tendría por destinatario al secretario de Estado, Marco Rubio.
Machado estuvo vinculada a los procesos de “deshielo” con Estados Unidos que propició Barack Obama en su segunda administración; era la encargada de las visitas de congresistas y senadores estadounidenses que tuvieron lugar antes del viaje del presidente demócrata en marzo de 2016. Tanto Lazo como Machado son opciones impulsadas por el coronel Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro, quien es secundado en las gestiones con Estados Unidos por el primer ministro Manuel Marrero, figura clave en el organigrama económico de la isla a través del conglomerado militar GAESA.
El jueves, antes de volar a Miami, Trump dijo a la prensa que, tras la guerra en Irán, llegaría el momento de Cuba. Kristi Noem, a cargo de la cumbre regional luego de ser relevada de la Secretaría de Seguridad Interior, fue aún más concisa ante un presidente sudamericano: “En enero fue Maduro, en febrero el ayatolá; en marzo la acción será en Cuba”.
La fórmula para La Habana sería similar a la aplicada en Caracas: liquidar cualquier nexo con Rusia y China en materia de seguridad e infraestructura crítica, favorecer las ahora llamadas “inversiones hemisféricas” y asumir, discretamente, la democracia como un horizonte lejano. Por lo pronto, la propia Noem habló en Miami de establecer una oficina en La Habana para que la capital cubana sea la base del “Escudo” que propone Trump. La política puede ser ingrata: hasta el jueves por la noche, la secretaria estaba en la primera línea del gabinete republicano, justo antes de que su gestión naufragara en una audiencia del Capitolio.
Sobre el esquema de la presunta transición se mencionó poco, pero, en un aparte con diplomáticos, el secretario de Comercio, Howard Lutnick, deslizó que los actuales gobernantes no enfrentarán un escenario hostil si facilitan las conversaciones en curso. En uno de los corredores del resort -construido en los años 60, pero adquirido por Trump en 2012- se rumoró que Díaz-Canel podría terminar como embajador en Brasilia.
En la retórica de los funcionarios estadounidenses, América Latina se ha convertido en una geografía de oportunidades: las principales economías dan señales de estabilidad y los resultados electorales acompañan, de momento, el interés de la Casa Blanca. Así ocurrió este domingo en Colombia con el buen desempeño de la candidata presidencial Paloma Valencia en la interna de la oposición a Gustavo Petro.
Fuera de la región, el escenario es caótico e incierto, como resumía este sábado un funcionario del Departamento de Estado en Doral: “Irán casi ya no tiene gobierno, pero la guerra sigue; esa es la mejor prueba de que las negociaciones para evitarla nunca iban a terminar bien”.
Como sea, Trump se encamina a una semana turbulenta. Este domingo, The Wall Street Journal -que defiende la guerra en Irán desde sus editoriales-, aseguró que Estados Unidos atravesará la peor crisis energética desde los años 70 como consecuencia del conflicto en el estrecho de Ormuz. Con solo 34 kilómetros de ancho en su tramo más angosto, este canal entre Omán e Irán permite el paso de una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado.
A la guerra se suman los avatares electorales domésticos, como las primarias de esta semana para el Senado en Texas, donde los contendientes demócratas generaron mayor atención y consiguieron 130,000 votos más que los republicanos en un estado que estos últimos gobiernan desde 1995.
En la política estadounidense, las paralelas siempre se cruzan. Cerca de Rubio consideran que controlar Cuba será un impulso para los republicanos de cara a las elecciones de medio término en noviembre; aseguran que el votante republicano respaldó la captura de Nicolás Maduro y que la caída del castrismo será un golpe de efecto todavía mayor: una salida por lo alto del complejo laberinto persa.

